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CFK y el fantasma del loco perfecto

El autor traza un paralelismo entre el magnicidio de Kennedy y el atentado que sufrió Cristina Fernández de Kirchner. La investigación es muy incipiente, y la incertidumbre hace proliferar todo tipo de teorías y análisis contrafácticos.

La novela se titula Libra (1988) y se la reseña en general como la pieza más accesible dentro del universo narrativo de Don Delillo, una de las plumas más sólidas y veneradas de la literatura estadounidense actual, mencionado incluso hace unos años como candidato al Nobel. Tal vez se trate del tema subyacente, el magnicidio del presidente John F. Kennedy, aunque el personaje central del libro es su asesino, Lee Harvey Oswald, otro nombre retenido en la memoria colectiva, indeleblemente asociado a su víctima.

Fundiendo hábilmente los hechos históricos con los ficcionales hasta el punto que cuesta divorciarlos, Delillo instala a su criatura en el medio de una conspiración gestada por un ala de la CIA disgustada con Kennedy por el abandono de los elementos antirrevolucionarios que llevaron a cabo el frustrado desembarco en Bahía de los Cochinos en la Cuba de Fidel Castro y el Che. Un ex marine con bizarras ideas comunistas y años de residencia en la URSS, donde además se casó con una ciudadana rusa, Oswald es el brazo armado ideal, el emergente de una trama mucho más compleja que lo adopta como su ejecutor. Un Frankenstein de laboratorio aun más sofisticado que su predecesor, que cumple exactamente con el deber impuesto.

El intento de asesinato, o cuando menos, el atentado con riesgo de muerte de la vicepresidenta CFK, perpetrado por un loco, un lunático, un “lobo solitario”, sin vínculos (aparentes) con estamentos o grupos o sectores concretos, se inscribe, con obvias salvedades de tiempo y espacio, en la lógica que habita la novela de Delillo.

Los factores de poder, centrales o marginales, generan su propio Oswald. Aquí, allá y en todas partes.

Resulta raro o decepcionante que ningún/a intelectual de los/as que pregonan en ciertos cenáculos ni siquiera haya reparado en los paralelismos. Más raro sería que no hayan leído a un autor como Don Delillo, al que seguramente admiran y no muy improbablemente, le envidian a las letras estadounidenses, porque acá “no se consigue”, al revés de los botines Fulvence del Ratón Ayala, promediando los años 70.

En cambio, resulta tan conveniente como falsario interpretar lo sucedido esa noche templada de principios de septiembre en las puertas mismas del concurrido edificio de Recoleta como obra imperfecta de un simple desquiciado. Hasta en eso somos tan inferiores los americanos del sur respecto de nuestros primos angloparlantes, podrían apostrofar con ironía. Tenemos magnicidas aficionados y con mala puntería.

No fue eso lo que pensaron las personas que construyeron multitudes al día siguiente en calles y plazas de todo el país, con la centralidad mediática recurrente en una ciudad hostil, en los hechos y en los votos, al discurso político e ideológico de la ex presidenta.

El fallido intento de asesinato pudo haber sido obra de un individuo de nacionalidad brasileña llamado Fernando Sabag Montiel, actuando en solitario o con la colaboración incompetente de su novia argentina, pero los que pusieron la pistola Bersa en su mano, como los que armaron a Harvey Lee y se desprendieron de él, más pronto que ligero, manipulan esa y otras muchas voluntades desde y en las sombras.

Más coincidencias anecdóticas dignas de mención salen a la luz mientras se escriben estas líneas. Sabag Montiel y cía. se fotografiaron con el arma en cuestión, casi firmando al pie un contrato simbólico. Lo mismo hizo Oswald con el fusil que portó a la terraza de la biblioteca de Dallas desde donde efectuó los disparos mortales. La novela sostiene la tesis siempre polémica de que hubo fuego cruzado, no identificado. En la trama de ficción, efectuado desde un grupo de exiliados cubanos asentado en el parque vecino a la comitiva presidencial.

El magnicidio de Kennedy puso en estado de shock a la nación entera y desparramó su onda expansiva al resto del mundo. Era un lugar común hasta no hace mucho tiempo en la cultura popular estadounidense preguntar dónde se había estado en el momento del hecho, tan grabado como quedó en la conciencia colectiva de su sociedad.

Quizás el intento de magnicidio cuya investigación avanza más o menos prolijamente, después de algunos tropiezos iniciales, despierte ecos semejantes entre sus seguidores de aquí en más.

Recuerdos del futuro

El asesinato de Kennedy y la personalidad sinuosa de Oswald alumbraron un abanico de producciones en una descomunal industria del espectáculo capaz de fagocitarlo todo, especialmente la muerte. Sería ocioso hacer una lista de libros y películas que tomaron de eje o telón de fondo el magnicidio. Además del Libra, de Delillo, su par Norman Mailer (Oswald, un misterio americano) y el director de cine Oliver Stone (JFK) le dedicaron sendas y escrutadoras miradas.

Sin embargo, aquel episodio, por traumático que fuese en la vida de la nación, no alteró la vida cotidiana de sus habitantes.

La Argentina, y este momento particular de la Argentina, no está en condiciones de sufrir un cimbronazo semejante, sin padecer drásticas consecuencias.

Foto NA

En las marchas de apoyo a CFK, además de los cantos alusivos, se escucharon en voz baja suposiciones inquietantes y alarmadas por las posibilidades contrafácticas de una tragedia de esa naturaleza. La discronía es un subgénero prototípico de la mejor ciencia ficción especulativa (El hombre en el castillo, de Philip Dick, es un buen ejemplo). Qué hubiera pasado si… Alemania ganaba la Segunda Guerra Mundial.
En el caso del atentado, es alarmante siquiera plantearlo. Algunos manifestantes arriesgaron el conato de una guerra civil. Seguramente exageraban, atravesados por la conmoción emocional del momento.

¿Exageraban?

La inimputabilidad que benefició al militante fascista que llamó “héroe” a Sabag Montiel o la ausencia de conexiones políticas del atacante de la vice sirven para decantar en las explicaciones más digeribles.
Aunque esas declaraciones, todavía incipientes, todavía parciales, chocan contra un estado de exacerbación permanente. Sabag puede no estar un poco en sus cabales, aunque diste de ser inimputable. Pero un diputado de la oposición se jactó menos de dos semanas antes del atentado de haber presentado un proyecto de implantación de la pena de muerte en los casos de corrupción… que tendría como primera inculpada a CFK. No muy atrás se queda la mística Carrió cuando descarga verborrágicamente a diestra y siniestra la acusación de “traición a la Patria””, que no existe en la Constitución Nacional, excepto en casos de conflicto bélico.

La locura puede ser tan contagiosa como el covid, todavía latente, pero en este caso no hay vacuna en contra que valga.

Escrito por
Oscar Muñoz
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