Una novela que cuenta la calle, una trama que se zambulle en la sociedad y describe la realidad de Buenos Aires, la Argentina y el mundo precrisis de 1929. Así podría ser considerada la novela El juguete rabioso, de Roberto Arlt.
El 26 de abril de este año Roberto Arlt (1900-1942) cumpliría 126 años y su primera novela, El juguete rabioso (1926) también está de aniversario y llega al primer siglo. Para algunos críticos o críticas es ya un clásico o piedra angular de una forma de narrar y escribir una novela en la literatura argentina, para otros no tanto y para otros, un paradigma de la literatura nacional.
El juguete rabioso se publicó en la década del 20, cuando en la Argentina o principalmente en Buenos Aires había una grieta en el arte, la literatura y la música, dos movimientos o dos corrientes definidas, dos vanguardias instaladas en la urbe porteña: la de el Grupo de Florida y la del Grupo de Boedo. La primera calle en el centro de Buenos Aires y la otra avenida que se ubica en el sur oeste de la capital argentina.

La primera corriente es más aristocrática, tenía poetas, novelistas, cuentistas y artistas plásticos, mientras que la segunda la erigieron los obreros o los intelectuales que estaban con los trabajadores y que se interesaban en los derechos civiles y los valores sociales, y principalmente en las categorías de la novela y el cuento. Roberto Arlt perteneció al Grupo Boedo y fue uno de los estandartes aunque, también fiel a su estilo de flâneur, más de una vez frecuentó Florida, como lo explica Florencia Ferreira de Cassone en su ensayo “Boedo y Florida en las páginas de Los pensadores“: “Este grupo, vinculado literariamente a un realismo social, fue el vocero de los nacientes movimientos sindicales, con el fin de lograr una ‘transformación histórica y cultural’ de la Argentina. En efecto, desde el punto de vista político, el aporte de la segunda generación de inmigrantes provino de las corrientes socialistas y anarquistas europeas. La revolución social, o el cambio hacia una sociedad más justa, era el sustento de las actividades culturales y literarias. Durante mucho tiempo se trató de vincular a este grupo, como su figura más importante, a Roberto Arlt”.
El juguete rabioso puede entrar en la categoría de novela popular para clase obrera o picaresca y tuvo la suerte de convertirse en clásico o en la piedra angular del realismo social en la literatura argentina.
Este ensayo va a analizar la peripecia de Silvio Drodman Astier, más conocido como Silvio Astier, en la primera novela de Roberto Arlt, aunque puede ser la segunda porque Diario de un morfinómano fue escrita en 1920, pero algunos historiadores dicen que es una obra perdida.
“Así es la vida“
En el primer capítulo, Silvio Drodman Astier comienza a narrar su vida, apenas tiene 14 años y es hijo de migrantes; huérfano de padre, vive con su madre, su hermana y su novia lo abandonó. La aventura de Astier por la Buenos Aires del 10 arranca con una descripción de la ciudad y empieza en el comercio de remendón de un zapatero andaluz en la Rivadavia entre Sud América y Bolivia, en el barrio de Flores. Ahí Arlt muestra al lector que la novela también será un relato geográfico y sociológico porque hablará sobre los oficios y la migración de la época.
Arlt escribe directo al hueso, al meollo, nada de giros lingüísticos; incluso coloca la jerga o las palabras que se usaban en ese entonces, y ese gesto es fundamental para comprender al protagonista, a los personajes que van apareciendo y a la ciudad que los albergaba.
Astier cuenta sus pasiones, como la de lector y su inicio de la literatura bandoleresca: “Decoraban el frente del cuchitril las policromas carátulas de los cuadernillos que narraban las aventuras de Montbars el pirata y de Wenongo el Mohicano. Nosotros los muchachos al salir de la escuela nos deleitábamos observando los cromos que colgaban en la puerta, descoloridos por el sol”.
Recordemos que el protagonista de El juguete rabioso vive en la época del folletín, donde la literatura hacía de las suyas, sobre todo el género de la novela. Así lo explica Sylvia Saítta en su ensayo “Traiciones desviadas, ensoñaciones imposibles: los usos del folletín en Roberto Arlt”: “Los relatos del folletín proporcionan, en el nivel simbólico, un mundo compensatorio frente a las relaciones reales de la sociedad en la que vive y, al mismo tiempo, un modelo de felicidad basado en la hipótesis de la conciliación entre el orden de los deseos y el orden social”.
Es que Astier en su peripecia por Buenos Aires siempre tiende a desear lo que no tiene, a aspirar el éxito, y cuando la realidad lo golpea se queja de su condición y analiza la experiencia que vivió junto a otras personas de su misma clase social: “Mirando el verdor de los ramojos y follajes iluminados por la claridad de la plata de los arcos voltaicos, sentí, tuve una visión en parques estremecidos en una noche de verano, por el rumor de la noche de verano, por el rumor de las fiestas plebeyas y de los cohetes rojos reventando en lo azul. Esa evocación inconsciente me entristeció”.
Según el estudio “El juguete rabioso de Roberto Arlt: la struggle for life del mito del folletín”, de Rubén Domínguez Quintana, Astier es un gran lector de folletines y sobre todo franceses, como Las hazañas de Rocambole, que fue publicado entre 1857 y 1870 por Ponson du Terrail: “Llegó a ser muy famosa por la avidez con la que sus ediciones se sucedían. Pronto se comercializaron ediciones populares tituladas Las aventuras de Rocambole (1859), La cuerda del ahorcado (1861), La última palabra de Rocambole (1865), La resurrección de Rocambole (1866) y La verdad sobre Rocambole (1867) que, según documenta Saítta (1999), llegaron a Argentina en ediciones de Maucci impresas en Barcelona en 1895″.
Este ensayo también quiere comparar a Astier con otro antihéroe o protagonista magistral de literatura francesa: Lucien de Rubempré, de la novela Las ilusiones perdidas (1843), de Honoré de Balzac (1799-1850). No sé si Arlt leyó a Balzac pero este relato que inauguró su novelística es una especie de odisea por Buenos Aires al igual que la novela de Balzac, pero en la París del siglo XIX. Lucien de Angulema viaja a la portentosa capital francesa y, al igual que Astier, vive una serie de peripecias, pequeños éxitos, fracasos rotundos, amistades y amores efímeros, traiciones, todo lo malo que corresponde al género humano si nos ponemos dantescos o balzaquianos.

La novela de Balzac es más voluminosa en hechos que la de Arlt, pero la segunda parte –Un gran hombre de provincias– es un símil de la peripecia de Astier. En este episodio Lucien va a París y se encandila con todo lo que sucede en la capital de las luces, se siente poeta pero ingresa por necesidad económica al periodismo y se sumerge en el mundo de los pasquines y folletines franceses, que después desembocarán en los periódicos de la urbe. Además Balzac describe con proeza la imprenta y la comercialización de toda clase de libros. Lucien se ve deslumbrado por ese mundo, que también esta invadido por la corrupción, la desidia, la desmesura y la traición: “Ya no estaremos más –exclamó Fulgence–. Siendo periodista tú no pensarás en nosotros más de lo que la muchacha de la Ópera que, brillando, adorada, en su coche forrado de seda, ya no piensa en su pueblo, sus vacas y sus zuecos. Tú tienes en demasía las cualidades del periodista: el brillo y la improvisación del pensamiento. Nunca te negarás un rasgo de ingenio, aunque haga llorar a un amigo. Veo a los periodistas en los salones de los teatros. Me causan horror. El periodismo es un infierno, un abismo de iniquidades, de mentiras, de traiciones, que no se puede atravesar y de donde no se puede salir en estado de pureza sino protegido, al igual que Dante, por el divino laurel de Virgilio”.
Astier, a diferencia del mundo intelectual clase media parisiense de Lucien, se encuentra en una clase social más baja, operaria, para ser más exactos, que deambulan en los barrios del centro porteño de principios del siglo XX, y ahí primeramente con sus amigos Lucio y Enrique fundan el Club de los Caballeros de la Media Noche, una organización de ladrones que poco a poco se va ordenando de mejor manera, hasta el atraco a la biblioteca. Después los chicos se asustan y deciden dar un paso al costado hasta que la policía olvide el hurto que cometieron.
En el segundo capítulo, llamado “Los trabajos y los días”, Astier, ya con 16 años, casi un hombre, ingresa en el mundo laboral, pero ahora Arlt lleva la aventura del joven al barrio de Floresta. Cada vez que Astier se mueve por Buenos Aires, Arlt muestra la migración europea que llegó a la capital y a toda la Argentina a partir de 1860.
Entonces, con mirada filosa y sensibilidad de antropólogo, el autor de El juguete rabioso hace una radiografía de ese fenómeno. Recordemos que todas esas familias europeas, o la mayoría, cuando llegaban a la Argentina, su nuevo terruño para comenzar de cero, arribaban por el puerto. Ahí ocurría un fenómeno particular: les transformaban el nombre o el apellido, por ejemplo, a una familia que se apellidaba Pilansky que llegó a Buenos Aires desde Polonia le cambiaron la y por la i y quedó registrada como Pilanski.
La necesidad de la familia de Astier cada vez se agudiza en el relato del joven y su madre necesita que él trabaje. Así que en esa búsqueda encuentra una librería en Lavalle al 800, de un napolitano llamado don Gaetano. Ahí vive penurias, porque el italiano es avaro y mal intencionado, siempre busca su beneficio y no le importa el otro: “Su mala fe era estupenda. Jamás pagaba lo estipulado, sino lo que ofreciera antes de cerrar trato. Una vez que yo había guardado la vitualla en la cesta, don Gaetano se retiraba del mostrador, hundía los pulgares en el bolsillo del chaleco, sacaba y contaba, tornaba a recontar el dinero, y despectivamente lo arrojaba encima del mostrador como si hiciera un servicio al mercader, alejándose aprisa después. Si el comerciante le gritaba, él respondía: –Estate buono”.
En el capítulo tercero, después de tan amarga experiencia, Astier se siente frustrado pero necesita refugiarse en una de sus mayores pasiones, la lectura. Si bien le gusta la literatura bandoleresca, el lector o lectora se percata de que también le gusta leer ciencia: “Evidentemente, hoy no me encontraba dispuesto a la lectura del novelón truculento y, entonces, decidido cogí la Electrotécnica y me puse a estudiar la teoría del campo magnético giratorio. Leía despacio y con satisfacción. Pensaba, ya interiorizado de la complicada explicación acerca de las corrientes polifásicas”.
En este episodio Astier, gracias a una amiga de su mamá y su conocimiento autodidacta de física y mecánica, tiene la oportunidad de ser parte del equipo de ingenieros del ejército argentino. La cosa arranca bien. Astier, con apenas 16 años, convence al capitán Bossi de su talento innato para la mecánica industrial y este le indica que vuelva al día siguiente para charlar con el Capitán Márquez, a quien convence, y así logra ingresar. Pero la alegría dura poco por un suceso infortunado. Astier propune la construcción de un cañón novedoso pensando que Márquez quedará impresionado, pero este advierte que se equivoca y le aconseja que estudie para que ser alguien en la vida. Él acepta de buena manera, pero: “Drodman, venga –me gritó el sargento. Detenido frente a la cuadra me observaba con seriedad inusitada. –Ordene, mi sargento. –Vístase de particular y entrégueme el uniforme, porque está usted de baja. Le miré atento. –¿De baja? Sí, de baja. –¿De baja, mi sargento? –temblaba todo al hablarlo. El suboficial me observó apiadado. Era un provinciano de procederes correctos, y hacía pocos días que había recibido el brevet de aviador. –Pero si yo no he cometido ninguna falta, mi sargento, usted lo sabe bien. –Claro que lo sé… Pero qué le voy a hacer… la orden la dio el capitán Márquez”.
Desolado Astier por la terrible noticia, todo lo que se había imaginado, todas esas expectativas de ser un hombre trabajador, de tener un futuro asegurado, de poder ayudar a su madre y hermanita, todas esas ilusiones se esfumaron en un santiamén: “Calor de fiebre me subía a las sienes; olíame sudoroso, tenía la sensación de que mi rostro se había entosquecido de pena, deformado de pena, una pena hondísima, toda clamorosa. Rodaba abstraído, sin derrotero. Por momentos los ímpetus de cólera me envaraban los nervios, quería gritar, luchar a golpes con la ciudad espantosamente sorda… y súbitamente todo se me rompía adentro, todo me pregonaba a las orejas mi absoluta inutilidad. ¿Qué será de mí?”.
En su ensayo “Astier, el indigno. La influencia del pesimismo filosófico en El juguete rabioso de Roberto Arlt”, Fernando Agustín Urrutia explica que Astier, mientras más se aleja de la literatura penetra en la realidad “tal cual es, cuanto más irrecuperables son las ilusiones perdidas, más se sumerge en el pesimismo y la decadencia, que en la novela no son un hecho, sino un destino, pues son consecuencia de la pauperización absoluta del héroe que empieza, lentamente, a corromperse”.
El Astier de Arlt, como el Lucien de Balzac, cayó en depresión en un hueco sin fondo tras perder sus ilusiones: “El pobre gran hombre de provincia regresó a la calle de la Lung, en donde sus impresiones fueron tan vívidas al ver el piso vacío, que se alojó en un fonducho de la misma calle. Los dos mil francos de la señorita Des Touches pagaron todas las deudas, pero añadiendo el producto del mobiliario. Bérénice y Lucien se quedaron con cien francos cada uno, lo que les permitió vivir durante dos meses, que Lucien pasó en una depresión morbosa; no podía escribir ni pensar, se dejaba llevar por el dolor; Bérénice sintió lástima de él”.
Mientras que Arlt, en el capítulo “El juguete rabioso”, cuenta cómo Astier entra en un abismo e intenta suicidarse: “De las calles de sombra formadas por los altos muros de los galpones, pasaba a la terrible claridad del sol, a instantes un empellón me arrojaba a un costado, los gallardetes multicolores de los navíos se rizaban con el viento; más abajo, entre la muralla negra y el casco rojo de un transatlántico, martilleaban incesantemente los calafateadores, y aquella demostración gigantesca de poder y riqueza, de mercaderías apiñadas y de bestias pataleando suspendidas en el aire, me azoraba de angustia. Y llegué a la inevitable conclusión. Es inútil, tengo que matarme. Lo había previsto vagamente”.
En su ensayo “Entre la depresión y la agresión; la búsqueda de la identidad en El juguete rabioso de Roberto Arlt”, Dolores M. Combes de Guembe explica la intención del autor en la peripecia de Astier: “De alguna manera, él es también un desecho, un desechado, un marginado del saber. Para poder iniciar otra vida es necesario quemar todo. Su espíritu muestra una psique en continuo cambio, en donde predomina el desprecio por la vida que lleva y el rencor hacia la sociedad que lo vulnera. Arlt acierta a testimoniar estos vaivenes anímicos en una escritura en la que la abundancia de signos de puntuación, en especial los suspensivos, sumada a la reiteración obsesiva de una palabra, dan cuenta de esta oscilación entre lo depresivo y la exaltación”.
En el último episodio, Astier vuelve a renacer como vendedor de papeles. Arlt muestra toda su potencia de cronista y describe los oficios que existen en Buenos Aires en esa época: papeleros, carniceros, farmacéuticos, mondongueras, verduleros, hueveras y las ferias de mercado, en este caso, la feria de Flores que él bien conoce.
Antes de instalarse como frecuentador de la Feria de Flores, se encuentra con Lucio, su antiguo amigo con el que fundó el Club de los Caballeros de la Media Noche. Ahora Lucio es investigador privado, tiene una buena pilcha y parece que gana muy bien porque incluso lo invita a tomar dos cervezas y ponerse al día. En ese encuentro le cuenta a Astier que Enrique está en cana por falsificar un cheque: “Envidiable. Con razón que lo llamaban el Falsificador. Después callamos. Recordaba a Enrique. Me parecía volver a estar con él, en la covacha de los títeres. En el muro rojo el rayo de sol iluminaba su demacrado perfil de adolescente soberbio. Con voz enronquecida, Lucio comentó: –La struggle for life, che, unos se regeneran y otros caen; así es la vida… pero me voy, tengo que tomar servicio… si querés verme acá tenés mi dirección –y me entregó una tarjeta”.
Arlt bautiza el último episodio como “Judas Iscariote”. Parece que el estado depresivo y de ansiedad de éxito del personaje Astier está tomando su existencia y su mente. Si bien como papelero consigue una estabilidad laboral, una rutina, su sed de aventuras propia de la adolescencia hace, acaso, que encuentre en la Feria de Flores su lugar en el mundo para observar y aprender más de la vida y del universo operario-sociológico de la clase trabajadora. Para eso necesita de un guía y entonces ingresa el personaje de Rengo, el cuidador de carros del mercado de ese barrio porteño.
Rengo es un trabajador informal u ocasional, casi un linyera. Según cuenta, fue un gran jockey, pero quedó cojo por un accidente y ya no pudo ser el mismo: “Cuando hablaba de minutos y segundos se creía escuchar a un astrónomo, cuando hablaba de sí mismo y de la pérdida que había tenido el país al perder un jockey como él, uno sentíase tentado a llorar”.
Pero para Astier, Rengo debía haber sido más un bostero en alguna caballeriza. Es interesante este vínculo porque Astier se siente más que Rengo pero al mismo tiempo le genera una simpatía e incluso parece que lo estima. Hasta que Rengo le propone dar un golpe en la casa del ingeniero Arsenio Vitri.
En ese momento, Astier comienza a transformarse, a confundir los valores, a creer que ser un traicionero lo llevará a la gloria. Cree y está convencido de que traicionando al Rengo alcanzará una especie felicidad porque ha llegado a una oscuridad total de su alma que está reinada por el delirio, y lo traiciona: va donde el ingeniero Vitri y le cuenta todo. Lo más interesante del final es que Vitri, después de haberlo escuchado denunciar a Rengo y después de la captura de este junto a su cómplice, la empleada mulata, lo llama al siguiente día y le suelta una interpelación interesante al buchón Astier: “Palideciendo, me levanté: –Cierto, a mí solo se me puede pagar. Guárdese el dinero que no le he pedido. Adiós. –No, venga, siéntese… ¿dígame, por qué ha hecho eso? –¿Por qué? –Sí, ¿por qué ha traicionado a su compañero?, y sin motivo. ¿No le da vergüenza tener tan poca dignidad a sus años? Enrojecido hasta la raíz del cabello, le respondí. –Es cierto… Hay momentos en nuestra vida en que tenemos necesidad de ser canallas, de ensuciarnos hasta adentro, de hacer alguna infamia, yo qué sé… de destrozar para siempre la vida de un hombre… y después de hecho eso podremos volver a caminar tranquilos”.
El lector y la lectora se pueden percatar de que Astier ya está ganado por su pesimismo y fracaso y desvaría la realidad. Después Vitri dice que lo va a ayudar a cumplir un sueño –ir al sur a ver las montañas de Neuquén– y le sugiere que nunca pierda la alegría, una paradoja o una ironía. ¿Qué alegría podría tener un tipo que traicionó y que se comportó como un canalla?
Así finaliza la aventura de Astier por la Buenos Aires de principios de siglo XX. Pasó de todo. Utilizó la literatura como oráculo para enfrentar la realidad y fracasó, se hizo ladrón para sentirse poderoso pero también erró, quiso ser inventor y ese sueño le permitió ilusionarse con un futuro mejor tanto en lo material como en el espíritu, pero volvió a perder y sus expectativas se esfumaron, como su ganas de vivir. Sin embargo, al final de su peripecia, sus ilusiones porteñas encuentran en la bajeza de la traición su ascenso, pero ya se ve que es un delirio y que está fuera de la realidad.
