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Caras y Caretas

           

El finalista de la Copa que jugó para dos selecciones

Luis Monti.

Luis Felipe Monti jugó la final del primer campeonato mundial de fútbol con la albiceleste, y la del segundo, Italia 1934, que ganó con la camiseta del país fascista.

Julio 15, 1930. Estadio Parque Central, Montevideo. Faltaban pocos minutos para que el partido que marcó el debut de la selección argentina en el mundial de fútbol fundacional que se disputaba en Uruguay concluyera sin goles, ante su similar de Francia.

Dentro de un trámite parejo y bastante brusco, las eficaces intervenciones del arquero galo Alex Thépot le habían puesto candado al arco a los intentos albicelestes por desnivelar, hasta que el árbitro brasileño Gilberto de Almeida Rêgo (de rigurosos pantalones largos) marcó un tiro libre esquinado, a más de treinta metros de la valla. Quien asumió la responsabilidad de la ejecución fue un mediocampista de gran empuje y vitalidad, pierna fuerte y torso amplio. No por nada lo apodaban “doble ancho”. Se llamaba Luis Felipe Monti, era ídolo en San Lorenzo y su violento remate se transformó en el primer gol argentino en un mundial.

Ya era suficiente para ingresar en la historia, pero su racconto personal recién comenzaba. Con el tiempo, sería dueño de un récord singular e imbatible, cuando se convirtió en el único jugador en disputar dos finales de la Copa para selecciones distintas.

Esta es su historia y también su drama.

Nacido con el siglo, crecido futbolísticamente en Huracán, Monti encontró su lugar en el mundo y en la cancha en el tradicional rival de barrio, donde destacó como un centrojás con dominio de balón, incansable movilidad, temperamento y liderazgo.

Con San Lorenzo consiguió tres campeonatos en la era amateur (1923, 1924 y 1927) y mantuvo un invicto de veinte meses. Ya a mediados de esa década, era número puesto para vestir la albiceleste y tras obtener un título sudamericano en Perú (1927), capitaneó el seleccionado que se colgó la medalla de plata en los Juegos Olímpicos de Ámsterdam 1928.

La final contra la “celeste” uruguaya no fue una batalla, sino dos, porque se definió recién en un partido de desempate (1-2) preludio de otras tantas que lo tendrían como protagonista y víctima propicia.

Sin embargo, hacia 1930, con el primer mundial en el horizonte, las posibilidades de sumarse nuevamente al representativo nacional le estaban restringidas.

La convocatoria para integrar el team quedaba a cargo de una comisión de selección, que puso reparos iniciales acerca de Monti. No le faltaban méritos ni experiencia, acaso le sobraba (apenas) edad para los parámetros de la época. Iba a cumplir 29 años.

Además, trabajaba en la Municipalidad de Buenos Aires y debía ausentarse durante un largo mes de sus obligaciones. Todo un símbolo de ese “amateurismo marrón” que se vivía entonces.

La manera de disipar las dudas técnicas que encontraron los seleccionadores fue programar un partido de práctica entre titulares y suplentes. Monti pasó la prueba junto a Alberto Chividini, un defensor tucumano que militaba en el fútbol del interior.

Dolido en su orgullo, despachó una carta al titular de la Asociación Amateurs Argentina de Football (precedente de la actual AFA), en la que se comprometía a dejar todo en la cancha, en una mezcla de compromiso deportivo y patriotismo combativo.

Luis Monti con el equipo argentino que fue finalista en el Mundial de 1930.

Paso a paso

El certamen ecuménico de fútbol fue idea del dirigente francés Jules Rimet, presidente de la FIFA, y se plasmó en el Congreso de Ámsterdam (1928). Al año siguiente, se dirimió la sede, y a pesar de las aspiraciones de varios países europeos, resultó elegido ese lejano y pequeño país sudamericano, que anunció con bombos y platillos la construcción del Estadio Centenario, con conmemoración de la sanción de su Constitución.

El desplante a las potencias no resultó gratuito. La invitación cursada desde el Río de la Plata fue casi ignorada o rechazada por las asociaciones europeas. Finalmente, apenas Rumania, Yugoslavia, Bélgica y Francia (forzada por Rimet, ni siquiera envió a su jugador estrella ni a su técnico) aceptaron el convite.

El lote se completó con latinoamericanos (además del país anfitrión, participaron Argentina, Perú, Brasil, Bolivia, Chile y Paraguay) y los Estados Unidos. Alguna presencia exótica, como la Egipto, se quedó en la orilla. Perdieron el barco, literalmente.

Luego de superar con esfuerzo a Francia, Argentina batió con autoridad a México (6-3) y se enfrentó por un lugar en las semifinales contra Chile. El resultado fue favorable (se ganó 3 a 1), pero las secuelas físicas tendrían incidencia en la definición. Francisco “Pancho” Varallo (todavía ídolo en Gimnasia y Esgrima de La Plata, luego goleador histórico de Boca hasta la llegada de Palermo) recibió un golpe que lo dejó afuera de la semifinal.

En medio de los festejos por el categórico 6-1 frente a Estados Unidos (Monti volvió a marcar un tanto), asomaban los nubarrones por la lesión persistente de Pancho y la hostilidad manifiesta del público local que comenzaba a resultar intolerable para los argentinos.

Una previa caliente

En los días previos al choque, que volvía a enfrentar a los vecinos del Plata en una final que trascendía sus geografías, sucedió de todo.

Una murga se instaló a ensayar en las inmediaciones del hotel donde se hospedaban los argentinos para perturbar su descanso. Los más agresivos lanzaban piedras a las ventanas.

El principal afectado era Monti, y tenía motivos particulares. Después de recibir en su habitación una nota que amenazaba su vida y la de su madre si Argentina ganaba ese partido decisivo, se plantó en la negativa de jugar. Tuvo que viajar expresamente el presidente de San Lorenzo, Pedro Bidegain, para convencerlo de lo contrario.

Una versión oscura e incomprobable desliza incluso que la amenaza partió de un par de agentes secretos del régimen fascista de Benito Mussolini que le ofrecían el oro y el moro por emigrar, si perdían el partido. Suena más a novela de espionaje que a crónica futbolera.

Solo un personaje podía mediar en semejante clima. Quién sino el inefable Carlos Gardel se hizo presente en ambas concentraciones para distraerlos con su canto y desearles suerte por igual, en nombre de la “hermandad” rioplatense.

Se calcula que unos 30 mil compatriotas intentaron cruzar el “charco” en embarcaciones comerciales y particulares para alentar a los nuestros. No todas lo lograron. La espesa niebla que envolvía las dársenas del puerto de Buenos Aires resultó un serio impedimento para zarpar, o desorientar el rumbo de algunas de las más arriesgadas.

No todos los simpatizantes que arribaron a Montevideo llevaban entradas y hubo denuncias de reventa ilegal desde la dirigencia que acompañaban a la delegación.

A la hora de la verdad, el árbitro belga Jean Langenus, llegado especialmente para el acontecimiento, dio el pitazo inicial y se encomendó a su destino. Aunque con ciertos recaudos. Además de un seguro para toda su familia y custodia policial, exigió que lo esperase en el puerto de Montevideo un barco con los motores encendidos.

Vestuarios adentro

Como no se habían puesto de acuerdo con el balón a utilizar, el primer tiempo se jugó con la pelota (todavía con tiento) provista por los argentinos, y después de un revés inicial (gol del uruguayo Pablo Dorado a los 12 minutos) ese detalle anecdótico pareció favorecer su suerte.

Sendas conquistas de Carlos Peucelle (’20) y Guillermo Stábile (’37) pusieron al visitante arriba 2-1, y así se fueron al descanso.

Pero el clima que se respiraba en ese vestuario distaba de ser triunfalista. Más bien era digno de un drama shakesperiano. Un equipo que estaba con ventaja para consagrarse campeón del mundo y jugadores derrotados anímicamente antes de volver a la cancha.

“Si ganamos acá, nos matan”, escuchó Varallo, que jugaba lesionado (no había cambios), y miró las caras que lo rodeaban, presas de la angustia.

“Muchachos, pongan ustedes, porque yo estoy marcado”, se le achacó confesar a Monti, el blanco predilecto de los insultos.

Cuando ingresaron al campo de juego, tomaron noción de los cientos de uniformados que prestaban seguridad, exhibiendo sus fusiles en ambigua muestra de advertencia. Al público circundante a o los jugadores visitantes.

“Si acá hay desmanes, a nosotros no nos van a defender”, seguramente pensó más de uno.

“Tuve mucho miedo cuando jugué ese partido, porque me amenazaron con matarme a mí, y a mi madre. Estaba tan aterrado que ni pensé que estaba jugando al fútbol. Lamentablemente, perjudiqué a mis compañeros”, admitió el apuntado por la derrota, muchos años después.

La imparcialidad del árbitro, que quería sacarse el partido de encima, también se puso en duda en las duras entradas a los jugadores de campo y hasta el arquero Botasso, que sufrió un golpe en las costillas, gentileza del Manco Castro, quedó afectado para llegar a las pelotas altas.

En ese segundo tiempo, según la leyenda, jugado con el balón provisto por los uruguayos, la “celeste” lo dio vuelta, rubricando un engañoso 4-2.

En Montevideo, y por extensión toda la banda oriental, hubo algarabía y festejos.

En Buenos Aires, incidentes y consecuencias. Manifestantes enfurecidos quisieron asaltar el consulado del país vecino y la Asociación argentina rompió relaciones con su par de enfrente.

Calcio para todos

Un año de duelo le llevó a Monti procesar el traumático episodio y solo lo logró aceptando el ofrecimiento formal de la Juventus de Turín, donde desembarcó excedido de peso, pero dispuesto a revalidar sus condiciones.

En efecto, con la Vecchia Signora repitió los logros obtenidos en San Lorenzo, cosechando cuatro scudettos de liga entre 1931 y 1935.

En ese contexto y bajo el régimen mussoliniano, se organizó la segunda Copa del Mundo, ahora sí con masiva asistencia europea.

Para el Duce, aquella instancia era una cuestión de Estado y así se lo hizo saber al DT Vittorio Pozzo y sus dirigidos, de manera implícita y explícita.

Entre los dirigidos por Pozzo no solo estaba el antihéroe de la historia, sino otros tres jugadores argentinos nacionalizados de manera exprés para reforzar las filas azurras. Eran los “oriundi”, con raíces peninsulares, que, por esos raros designios de un fútbol todavía no globalizado, militaban en el calcio.

Ellos eran Raimundo Orsi, Enrique Guaita y Atilio Demaría, compañero de Monti en el plantel subcampeón de cuatro años antes, aunque presente como titular en un solo partido, contra México.

Mientras tanto, otras tantas cosas habían acontecido en el país futbolero de este lado del mundo, como la implantación de una liga profesional, pero aun en coexistencia con otra, plenamente amateur. Una reunía a las instituciones más poderosas, la otra retenía derechos federativos. Cuando la primera rechazó la invitación a participar de Italia 1934, la modesta Asociación despachó un equipo integrado por jugadores casi desconocidos para el gran público, varios provenientes de equipos de provincias. El “seleccionado chacarero” lo llamaron.

Su participación fue debut y despedida, contra Suecia (2-3).

Luis Monti fue campeón del mundo jugando para la selección italiana en 1934.

A vencer o morir

“No sé cómo lo harán, pero Italia debe ganar este campeonato.”

El pedido (la orden) partió de Benito Mussolini hacia el presidente de la Asociación italiana, Giorgio Vaccaro, y desde su cargo dirigencial, llegó a Pozzo y los jugadores, en definitiva, quienes tendrían la responsabilidad (el deber) de cumplirlo.

La “azurra” pasó el primer compromiso sin problemas (goleó 7-1 a Estados Unidos), pero en la siguiente instancia, se enfrentó a la dura España y fue empate en un gol. Aunque las lesiones en los ibéricos se multiplicaron por siete, incluyendo al Divino Zamora. El legendario arquero recibió una murra de Monti que le costó dos costillas rotas, ante la pasividad del árbitro. El partido de desempate se superó por la mínima diferencia.

En vísperas de la final frente a Checoslovaquia, Mussolini se dio otra vuelta por la concentración, para bajar línea y recordar a los jugadores la promesa previa expresada en un telegrama.

“Victoria o muerte”, sentenciaba escuetamente.

Con ese estado de ánimo, salió Monti a hacer historia en el Stadio Nazionale del Partido Fascista, jugando su segunda final por una Copa del Mundo, con otra camiseta y el mismo sentimiento de angustia padecido cuatro años atrás en el Centenario colmado.

Esta vez, pudo festejar el título (Italia venció 2-1, su compatriota Guaita aportó una cuota de gol) y volver a respirar aliviado.

En ambas ocasiones, la suerte, el destino y la necesidad estuvieron de su lado.

Retirado de las canchas y después de dirigir técnicamente a varios equipos en Italia, de regreso en la patria, donde tuvo un fugaz paso por su Huracán iniciático, alejado del fútbol, solía evocar con menos épica que sarcasmo: “Si en Uruguay ganaba, me mataban, y si en Italia perdía, me fusilaban”.

Escrito por
Oscar Muñoz
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