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Caras y Caretas

           

“El teatro es un lugar de experimentación y lucha”

Cristina Banegas. Foto: Nora Lezano.

Actriz, directora y docente de amplia trayectoria, Cristina Banegas celebra los cuarenta años de El Excéntrico de la 18, un emblema de la escena teatral independiente.

Pocas veces el contexto en el cual se escribe una nota se mete inesperadamente y genera un sentido inesperado. Cuando ocurre algo así se hace necesario contar al lector eso que habitualmente está oculto.

Hice la última revisión de la entrevista con Cristina Banegas, habíamos conversado unas semanas atrás, en la mañana del día en que murió el Indio Solari. Al releer la conversación me topé con la última frase que ella me dijo: “El futuro ya llegó”, al contar la potencia del final de la puesta de El padre, de August Strindberg, que montó Alberto Ure y ella protagonizó hace cuarenta años. La icónica frase del Indio en “Todo un palo” resonó en ese momento de otra manera.

Banegas conversó con Caras y Caretas por el aniversario de El Excéntrico de la 18, el espacio teatral que construyó a partir de un deseo y un proyecto propio, y que actualmente es uno de los puntos de referencia para la docencia teatral y la presentación de trabajos escénicos que interpelan y sorprenden. Una celebración que tendrá excelentes propuestas escénicas y memoria en cada uno de sus rincones.

¿Fue acaso casualidad que Banegas cerrara la charla con esa frase? Cuando se analiza la potente transformación que tuvo la cultura argentina en la posdictadura, a partir de lo que ocurría en los márgenes del mundo artístico porteño, se advierte que no. Los cruces de la poesía, la performance y la música que aparecían en Cemento, el Parakultural, el Café Einstein o espacios como El Excéntrico de la 18, con una escena independiente tremendamente ecléctica, donde convivían Banegas y Ure, Bartís y Briski o Noy, Urdapilleta, Tortonese y muchos otros. Un universo musical enorme donde los Redondos o Sumo, y por qué no Miguel Abuelo o Virus empezaban a transformar las experiencias totales del show. Y los nuevos poetas que se paraban a decir en voz alta cosas no dichas hasta ese momento. Nada esto fue posible sin una historia que se puede rastrear en los años 60, en los que según la propia Banegas “el teatro empezó a dialogar con otras disciplinas, la filosofía, la antropología, el psicoanálisis. Fue un punto de inflexión para el teatro en el mundo”.

Esta entrevista puede ser también leída en esa clave. Que el estudio-teatro creado por Cristina Banegas, actriz, dramaturga, directora y maestra cumpla cuarenta años no es un mero dato temporal. Es una clave de la memoria de lo que somos. La triste casualidad quiso que tuviera sentido tomar la frase de cierre para recontextualizar la charla.

Cristina Banegas. Foto: Nora Lezano.

–La historia del Excéntrico habla también de las condiciones de creación de un espacio que surge en un momento muy especial. La democracia estaba dando sus pasos aún titubeantes, pero también mostraba algunas carencias ¿Cómo pensás estos cuarenta años?

–Fueron cuarenta años en los que nos pasó de todo, desde el inicio de la democracia hasta los carapintada, la hiperinflación y 2001. Nos pasó todo, y todo lo que pasó en el país le pasó al Excéntrico. Pero no paramos nunca con los talleres, que son nuestra forma de trabajo. No quise hacer una escuela para no institucionalizar la docencia. Nuestros talleres son para diferentes edades y para diferentes niveles de experiencia. En estos cuarenta años tanto los talleres como los espectáculos, las performances, los recitales, las presentaciones de libros y todas las cosas que hacemos en el Excéntrico fueron imparables. Fue una manera de atravesar estos cuarenta años de historia desde un lugar como el teatro, de experimentación y de lucha. No es solamente resistencia, es resistencia y lucha. Lucha por nuestros derechos, por los valores. Sobre todo por lo que significan ahora con el desmantelamiento de los organismos de la cultura.

–Fueron parte del surgimiento del teatro independiente argentino, que si bien existía desde hacía algunas décadas, con el retorno de la democracia aparecieron nuevas estéticas y un crecimiento que llega a nuestros días.

–Cuando yo empecé éramos muy pocos los espacios. Al año siguiente empezó Bartís con el Sportivo Teatral y también Briski con Calibán. Lo que había cuando empezamos era lo de Francisco Javier, Los Volatineros, el Teatro El Parque y el Celcit. Ahora somos más de doscientos teatros independientes en Buenos Aires. Ure le puso el nombre El Excéntrico porque en ese momento Villa Crespo era muy lejos de la zona de los teatros. Y la 18 era la circunscripción política. Votabas en la 18.

–También fueron parte del nacimiento de un modelo de gestión del teatro independiente.

–¡Claro! No había ni Instituto Nacional del Teatro ni Proteatro, estábamos solitos. Existía el Fondo Nacional de las Artes. Pero no era nada fácil. En un momento tenía que hacer un cielorraso acústico porque el techo del galpón, que era nuestra sala, tenía cien metros cuadrados y era de chapa. Los vecinos estaban por matarnos porque ensayábamos de noche tarde. Entonces pedí un préstamo hipotecario en el Fondo Nacional de las Artes, poniendo El Excéntrico como garantía, donde también vivíamos con Valentina (Fernández de Rosa, su hija). Vino la hiperinflación y como el Fondo Nacional de las Artes era lento para entregar los fondos, cuando recibí el préstamo hipotecario eran monedas. Antes había pedido dinero prestado para hacer ese techo, porque era una urgencia, que iba a devolver con lo que me diera el FNA. Pero cuando me lo dieron era un chiste, así que tuve que devolver un montón de dinero. Eso fue consecuencia de la realidad política y económica del país.

–Por suerte el teatro independiente creció mucho y no solo en Buenos Aires.

–Sí, porque el Instituto Nacional del Teatro hizo una gestión federal muy importante, con subsidios para crear teatros y centros culturales en todo el país, no solamente en las ciudades importantes. Además, apoya festivales regionales y nacionales, y giras de elencos por todo el país. Realmente el Instituto Nacional del Teatro siempre hizo una gestión muy transparente, muy federal y muy generosa hacia los teatros independientes. Después, el teatro en sí está sujeto a las decisiones económicas de cada gobierno, que en estos últimos años han sido demoledoras para la cultura y el teatro, como para la ciencia, la salud y la universidad. Lo que sucede ahora con el federalismo es una catástrofe, estamos en problemas muy serios. En muchos lugares de nuestro país están padeciendo mucho más que aquí en Buenos Aires.

–¿Por qué elegiste Molly Bloom, la correspondencia entre Cooke y Perón y la poesía de Quevedo para celebrar estos cuarenta años? Parecen propuestas vinculadas por la importancia de la palabra, la palabra como cuerpo.

–Sí, pensá que el taller que doy se llama “La palabra: puesta en boca”.

–Y qué palabras…

–Altas palabras. Cada trabajo tiene sentido en sí mismo, con su propia poética, estética e ideología. Lo que los conecta es por qué fueron elegidos. Cada elección tuvo que ver con necesidades de poner en la boca esos textos, de enunciarlos, comunicarlos, de compartirlos, de crear comunidad. El teatro, si hay algo que tiene de extraordinario, es que siempre se trabaja en comunidad. Esa es la fuente de la elección, más allá de que no lo hice todo yo, sino que siempre he trabajado en comunidad con otras personas que han participado en cada uno de esos proyectos.  

–¿Cómo surgió este Proyecto Quevedo?

–Tengo un amigo muy querido que vive hace muchos años en Madrid y me dijo: “Este año no te quiero llevar aceite de oliva, te quiero llevar un libro, un libro de poesía”, porque sabe que amo la poesía. Asé que le pedí que me trajera poemas de Quevedo. Me trajo dos tomos así de altos con la poesía completa de Quevedo, un tesoro. Entonces me dije que tenía que hacer algo con eso. Después surgió la idea de usar la mesa de mi mamá, que estaba en su departamento después de que murió. Esa mesa enorme de vidrio sobre la cual hago algunas peripecias. Decidimos que fuera el escenario del escenario, y trabajo por fuera, alrededor, por arriba y por abajo de esa mesa. Estoy acompañada por Lucía Gómez en cello y en voz, que es una soprano fantástica. Este trabajo es puro goce y placer.

–¿Qué viene para El Excéntrico?

–Además de las tres obras que haremos hasta agosto, estamos preparando con el estudio del gran maestro Rubén Fontana, un genio contemporáneo del diseño, el libro Biblioteca del Excéntrico. Es una biblioteca digital con la historia de los cuarenta años. Haremos una súper fiesta y estamos preparando programaciones especiales para seguir celebrando como corresponde.

–El Excéntrico es un lugar de surgimiento de estéticas y testigo de las nuevas búsquedas. Una de las claves que sirven para entender el recorrido de los primeros años es tu trabajo con Alberto Ure. Pero hay muchos momentos para señalar.

–En principio todo lo que hicimos con Alberto Ure fue absolutamente revolucionario estética y políticamente. Tanto Puesta en claro de Griselda Gambaro, donde hicimos ensayos públicos, para después hacer la obra en un sótano que estaba debajo del sótano del teatro Payró. Después hicimos El padre, de Strindberg, solo representado por mujeres, lo cual era muy transgresor en ese momento. Yo era el padre y todas éramos mujeres muy femeninas, muy erotizadas, con escotes y tacos agujas, en un mundo sin hombres. Era una pesadilla. Los hombres salían muy deprimidos y las mujeres salían muy angustiadas. Después hicimos Antígona, de Sófocles, con la cual estuvimos un año y medio ensayando porque a Ure prácticamente había que amenazarlo de muerte para estrenar. Nada le gustaba en el mundo más que ensayar. Y como era la época de los carapintada, entonces a Ure se le ocurrió militarizar toda la impronta de la puesta, usábamos ropa de fajina militar, había personajes embetunados. A la cooperativa le habíamos puesto “Comando Cultural Cartonero Báez”, que fue el testigo del asesinato de Alicia Muñiz, por lo que le hicimos un pequeño homenaje. Después hubo cientos y cientos de obras, de performances, de danzas, de encuentros. En los últimos dos años, por ejemplo, hicimos “El antiguo arte de la conversación”, un ciclo con Diego Sztulwark, al que un día vino Albertina Carri y otro día María Pía López y presentó un libro. Después vino Liliana Herrero; también vinieron los de Ciudad Futura, que luego ganaron en Rosario. Hemos hecho eventos como Canciones excéntricas, donde han cantado Teresa Parodi, Liliana Herrero y Rita Cortese. Hay un arco de variantes muy grande en lo que buscamos hacer en El Excéntrico.

–¿Cómo se llega de comprar una casa para armar el espacio de estudio, taller y vivenda, a un teatro que ahora cumple cuarenta años?

–Compré esta casa de 1917 pensando que ese era mi estudio y que ahí iba a dar clases Valentina, no pensé en un teatro. Lo que ocurrió fue que después de un año y medio de ensayar allí El padre y de no ser elegidos por Kive Staiff para hacerlo en el Teatro San Martín, no teníamos dónde hacerlo. Entonces Ure dijo “hagámoslo acá”. Empezamos a hacerlo para cincuenta personas. Teníamos unos cuarzos, con una consolita de diez dimers, que llamábamos “la chatarrita”, que era una pobreza, con la que Jorge Pastorino armó la puesta de luces. Entonces hubo que ponerle un nombre, porque en Clarín salía anunciado como “Auditorio Lerma”. La gente venía buscando dónde era, porque era una casita que no tenía ningún cartel, no tenía habilitación, no teníamos nada. Se corrió mucho la voz porque era una puesta muy revolucionaria. En el final, que lo recuerdo de memoria, me ponían un chaleco de fuerza auténtico y me sentaban en un silloncito. Me tapaban con una sábana e iban apareciendo todas las mujeres de la obra como para una foto familiar. Y yo debajo de la sábana, con el chaleco de fuerza, gritaba: “¡Malditas sean todas las mujeres! Los hombres no tenemos hijos, los hijos son de las mujeres y como morimos sin hijos, el futuro es de ellas”. Así terminaba El padre hace cuarenta años.

–Debe haber sido muy potente ese final hace cuarenta años.

–Sí, el futuro ya llegó.

En cartel

Los cuarenta años de historia de El Excéntrico de la 18 incluyen la presentación de tres obras, en el espacio ubicado en Lerma 420 (CABA).

Molly Bloom. Basada en el último capítulo del Ulises de James Joyce, con adaptación de Ana Alvarado, Cristina Banegas y Laura Fryd, protagonizada por Banegas y dirigida por Carmen Baliero, se presenta los sábados a las 20.30.

La bala de plata – Correspondencia entre J. D. Perón y J. W. Cooke. Con actuación de Cristina Banegas y Karina Elsztein y dirección de Graciela Camino, se presenta los viernes a las 20.30.

Proyecto Quevedo. Con Cristina Banegas como performer y Lucía Gómez como música en escena, los textos son de Banegas y Carlos Gamero y la dirección de Jorge Thefs. Se presenta los domingos a las 20.30.

Escrito por
Daniel Cholakian
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