El espectáculo Abajo la ópera presentó su última función del año el pasado sábado 1 de noviembre en el hermoso y particular Club Casa Blanca, en Balcarce 668 del barrio porteño de San Telmo. Integrado por la soprano Rocío Giordano, el tenor Santiago Sirur y el pianista Lucas Iriarte, tiene por objetivo acercar la ópera a aquellos que no irían a escucharla a un teatro tradicional. Caras y Caretas estuvo en el estreno y conversó con Rocío Giordano, protagonista y creadora de la obra.
–¿Cómo surgió Abajo la ópera?
–La idea surgió de una inquietud que me acompaña desde hace tiempo: cómo acercar la ópera a públicos que quizás nunca irían a un teatro tradicional. Abajo la ópera nace de mi deseo de cruzar la excelencia musical con el humor, la actuación y la narrativa, en un formato más íntimo y descontracturado. Encontró su oportunidad ideal en Club Casa Blanca, que propone experiencias innovadoras de cena-show. Así nació esta comedia romántica en la que la ópera se ríe un poco de sí misma, sin perder belleza ni intensidad.
–Este espectáculo rompe con el formato tradicional, sumado a la propuesta de Club Casa Blanca con mesas y copas. ¿Cómo lo vivís?
–Es una experiencia muy distinta. En los espacios académicos oficiales (Teatro Colón, el Coro Polifónico Nacional) trabajamos en un marco institucional y solemne, con repertorios de gran tradición. En cambio, en Abajo la ópera nos permitimos jugar, romper la cuarta pared y acercarnos al público de manera directa. El formato de cena-show de Club Casa Blanca crea un ambiente cálido y distendido, donde la ópera se disfruta entre copas y platos. Ese marco cambia totalmente la forma en que se recibe el género: lo vuelve más accesible, divertido y cercano.
–¿Cómo fue la selección de los temas de Abajo la ópera?
–La selección del repertorio fue un trabajo cuidadoso: busqué arias y dúos que fueran bellísimos en lo musical, lucidos para nuestras voces, y que también nos dieran juego escénico para la comedia romántica. Así, fragmentos de distintas óperas se entrelazan en una trama irónica, divertida y poética. Quisimos que la música fuera reconocible para algunos, sorprendente para otros, y que siempre tuviera la fuerza de sostener la historia. En definitiva, cada pieza se resignifica dentro de este guion donde el amor y el desamor son protagonistas.

–¿Cómo se armó el grupo humano y artístico de Abajo la ópera?
–La química del grupo es fundamental. Santiago Sirur y yo trabajamos juntos en varios proyectos y compartimos una complicidad que se refleja en escena. A eso se suma Lucas Iriarte, nuestro pianista y narrador, que con su humor y virtuosismo le da un sello único al espectáculo. La dirección escénica de Alejandro Ibarra aporta el marco teatral preciso, mientras que la producción de Club Casa Blanca & Music Experience nos brinda el apoyo para que todo fluya. Es un equipo pequeño pero muy sólido, que combina profesionalismo y entusiasmo.
–La idea y el guion son tuyos. ¿Ya habías hecho espectáculos de este estilo?
–Sí, siempre me interesó explorar formatos no convencionales. Participé en intervenciones en espacios como el Cementerio Británico, donde la ópera dialogaba con el patrimonio histórico, y en propuestas como la que llevamos junto a la escritora Diana Arias en que sus relatos y las voces de Santiago Sirur y mía se entrelazan. Estas experiencias me confirmaron que la ópera puede habitar múltiples escenarios, que no se limita a un teatro tradicional. Me entusiasma llevarla a nuevos públicos, mezclando géneros y lenguajes para que cada función sea una vivencia única.
–¿Qué perspectivas hay para Abajo la ópera?
–El recibimiento fue excelente: nuestras funciones estuvieron agotadas. Eso nos confirma que hay un público ávido de propuestas frescas que resignifiquen la ópera. Proyectamos llevar el espectáculo a otros espacios que combinen música y gastronomía. La idea es que Abajo la ópera crezca como formato adaptable, que pueda viajar y llegar a distintas ciudades, siempre manteniendo su espíritu retro-pop, su humor y, por supuesto, la fuerza de la ópera en vivo.

