• Buscar

Caras y Caretas

           

Los grillos del lenguaje

Ana Blandiana

La poeta rumana Ana Blandiana (1942) juega con el lado oculto de la escritura a partir de un imaginario lúdico y vital.

Aunque las palabras están cansadas como el mundo, parafraseando un verso de Pasolini, las y los poetas seguimos batallando sobre el territorio de las sombras. En esa región aparte (la de las sombras, la de los sueños) la palabra poética recupera la clarividencia de lo insurgente en pos de una lucidez que nos regrese al origen, nos devuelva al mito y al fuego de la creación. El poema es contemporáneo de las primeras brasas de la tierra, agrega tan bellamente el filósofo antillano Édouard Glissant. Y corroboramos que el lenguaje va moldeándose al calor de lo insospechado y lo vehemente. “La poesía es una forma de seguir vivo en este mundo falso, en donde la mentira es la única materia prima y donde todo lo auténtico adquiere connotaciones peligrosas”, ruge la enorme poeta Ana Blandiana, nacida en Rumania en 1942. Y nos dona este poema, traducido exquisitamente al castellano como gran parte de su obra, por Viorica Patea y Natalia Carbajosa:

Nunca he corrido tras las palabras,
Todo lo que he buscado
Han sido sus sombras
Largas y plateadas.
Arrastradas por el sol sobre la hierba,
Impulsadas por la luna sobre el mar;
Nunca he cazado
Más que la sombra de las palabas…
Es una caza muy hábil,
Que aprendí de mis ancestros,
Que saben
Que de una palabra
Nada es más valioso
Que su sombra.
Y las palabras que han vendido su alma
Carecen de sombra.

Al calor de una “denuncia” que defiende el don de la lírica por encima de la corrupción y el engaño, Blandiana revela el lado oculto de la escritura, más ligada a la sustancia mágica de la materia derramándose sobre el lenguaje que a los malabares del logos. Sus poemas suelen rozar cierto rasgo típico de la fábula, aunque esquivando toda clase de moraleja, ya que atentaría contra la potencia del poema, enemigo esencial de la retórica.

Ángeles apedreados
Que aún tienen la fuerza
De no marcharse al cielo
Me piden, heridos
Y extenuados, hospedaje.
Y mientras aún aletean suavemente, algunos
Se duermen, humildes y frágiles, entre mis cuadernos;
Cuando tienen frío
Se cubren en sueños
Con una hoja blanca sobre sus alas.
Por la mañana sé que no lo he soñado
Por las huellas de sus plumas en las páginas,
Y me apresuro a memorizarlas
Antes de que me las confisquen
Y decreten, así, nuevas especies
De aves de presa.

Aunque su imaginario es luminosamente lúdico y vital, su obra se antoja cáustica y feroz con la realidad. “La poesía descubre un mal que no cesa y que está escondido como una semilla en el origen de las cosas. Esto ocurre en las condiciones en las cuales el mundo entero se está disgregando. Durante décadas los rumanos habíamos idealizado el mundo occidental y quisimos acceder a él en condiciones de libertad. Pero cuando llegamos, nos dimos cuenta de que este mundo también está amenazado; de que no tiene el color del sueño. Y he allí la causa del pesimismo de mi poesía”: “Caballos y poetas / Belleza de un mundo / Vencido por la técnica”. O: “Ya no hace falta / Destruir las apariencias: / Las apariencias se han podrido / Y se han escurrido como una espuma sucia / Sobre el rostro de la esencia, / Fea y eterna. / Solo puedo mirarla / Si tengo la fuerza suficiente”.

De abstracciones y de grillos

No hay padres ni madres ni hijas ni hijos en la obra de Blandiana. Ni semáforos ni tazas ni puertas ni mesas ni vestidos. En cambio, arrasan la sombra, el sueño, la palabra, la muerte, la eternidad, los ángeles, el tiempo. Cuestiones abstractas o impalpables propias de la filosofía y la mística que insisten obsesivamente y se vanaglorian de su oscura transparencia para finalmente materializarse en una escritura de trazos inquietantes. “Cuando estoy viva en el sueño / Estoy muerta en la tierra / ¿Y si estoy muerta en el más allá / Cuando sigo estando aquí?” O: “¿Y si decidiéramos soñar / El uno con el otro al mismo tiempo / Como citándonos en el sueño?” O: “¿Qué puede ser más frágil / Que la sombra de una brizna de hierba, / Una delgada línea de noche / En la luz cruel y avasalladora?” O: “Miles de palabras a gritos / para un significado que muere.”

También abundan los grillos, las raíces, las hierbas, las ciruelas, la nieve, todo un entorno natural y concreto que equilibra tanta abstracción: “Con un pincel de humo / Las ramas escriben en invierno / Poemas japoneses / Sobre la seda de la nieve”.

El mundo, entregándose al lenguaje, se organiza en el singular caos del poema, para nombrarse y compadecerse, para perderse y asumirse sueño y sombra de un decir secreto. Marca de estilo, rasgo pendenciero, Blandiana hace que el poema hable sobre sí mismo entrometiéndose en la zona muda de la naturaleza. Transmuta, trenza, combina. Rompe, quiebra, deshilacha. Deja que las palabras se enreden en la hierba, “en fango y lombrices, / Abrazando con temor a los muertos”. La voz del poema se aloja en la flor, en el mar, en el cielo, en la mirada de un ciervo y, en particular, en el murmullo de los grillos. “Reconozco que aún no he conseguido / Descifrar el idioma de los grillos, / Aunque desde hace años me preparo / Para eso”. O: “¡Cuántos idiomas sonoros hubiera podido / Inventar enteros / Si no hubiera escuchado / Al grillo indescifrable!”. O: “En el tierno silencio / Lentamente trenzado / En mi mente por un grillo / De la luna exiliado”.

El poema resbala sobre sí mismo para desorientar, remover, resignificar su sentido. Dicho de manera vernácula, Blandiana nos recalca que la poesía es tan misteriosa como aquello que nos rodea y nos habilita a funcionar en ecosistema: “Ser una roca en el mar, / Tímpano de lo infinito”.

Escrito por
María Malusardi
Ver todos los artículos
Escrito por María Malusardi

Descubre más desde Caras y Caretas

Suscríbete ahora para seguir leyendo y obtener acceso al archivo completo.

Seguir leyendo