“Ante la vastedad de la intemperie,
el poema se hace morada a habitar,
parcial cobijo, como una tienda de campaña,
que pronto debe hacer lugar a otra cosa.
Para que ningún sentido se cristalice.
O permanezca”
(Javier Galarza).
El poema se conmociona cuando intenta, especulativa, creativamente, definirse durante su despliegue. Se refiere a sí mismo por lo general desdibujándose de toda previsibilidad, escabulléndose de toda hermenéutica, resbalándose de la “vaina” que pretende enclaustrarlo, si seguimos la idea de Percy Shelley.
En estos tiempos de zozobra, estremece encontrarse con un ars poética de la autora cubana Carilda Oliver Labra, una de las voces latinoamericanas más radiantes y combativas del siglo XX:
“En esta conjura de los cepos,
de las pinzas;
en este imperio de pústulas,
en esta ronda de la sed y el látigo,
socórreme.
Yo no tengo más que tu espada
y tu consolación.
Yo no tengo más que tu seña y tu libertad.
Baja a mí para los otros”.
Oliver Labra propone un yo intermediario entre los horrores del mundo y el lenguaje como espacio de lucha y refugio. Si prolongamos esta idea, la afinamos y la herimos hasta su claudicación, podremos entender que la poesía habilita el ingreso a regiones intransitables. El poema se origina y desarrolla en los bordes del lenguaje, en la precariedad de su cima, ya zona de disolución de sentidos, donde toda idea de existencia se rompe, se descompone en pos de una reconfiguración de significados entre las sombras. Una experiencia tan peligrosa como excitante. Tan osada como inevitable cuando se nos presenta (¿como vocación, como batalla?) y nos copta.
Tanto los versos del colombiano Raúl Gómez Jattin (“La poesía es la única compañera / acostúmbrate a sus cuchillos”), como los de la cordobesa devenida patagónica fueguina Niní Bernardello (“Camino dentro de un poema / es como caminar descalza / sobre un cielo de brasas”) y los de la peruana Blanca Varela (“Un poema / como una gran batalla / me arroja en esta arena / sin más enemigo que yo”) asumen que no hay retorno, una vez que se habilitó esa zona de intemperie y desasosiego, donde la vida arrulla a la muerte como a una entenada. Y el lenguaje hila su nido de tramas inservibles.
Entre la paradoja y lo imposible
“Al poema le incumbe todo, aún la tierra más ingrata,
la prueba más dura. De su confrontación consigo
mismo no está ausente la guerra con lo ajeno.
Todo y nada están ahí para ser dichos. El poema es
el puente que une dos extremos ignorados. Pero es
también esos extremos. El poema es una venturosa
incursión por lo ignorado.
Para el lector brillará otro elemento no previsto:
una raíz, una rama. El poema total sería entonces
un resultado de sumas infinitas, de confrontaciones,
contradicciones y memorias, de recuperaciones y
pérdidas, de olvido, muerte y ser: (sería como un dios)
algo inmortal nacido de criaturas mortales”.

Susana Thénon plantea el universo del poema como un caos de experiencias emotivas y fácticas despojadas de toda moral y prejuicio y donde la diversidad implica riqueza, expansión y un más allá. No hay lugar en el poema para una vida pusilánime donde imperen el bienestar y el éxito. El poema, como ya se dijo, es intemperie, desnudez velada, turbia transparencia. No se ve lo que se ve. No se oye lo que se oye. No se sabe lo que se sabe. Y viceversa. Lo imposible es inevitable. Y lo inevitable hace de la lucidez un compost de dolor: “En la extraña poesía, donde cada paso es un secreto, / Donde hay abismos a izquierda y derecha, / Donde bajo el pie, como una hoja marchita, está la Gloria, / Por lo visto, en ella, para mí no hay salvación”, reza, ya sin fe, la autora rusa Anna Ajmátova.
Ningún ars poética se declara definitiva y certera. Más bien busca refractar y repartir emociones y saberes, evadiéndose de lo frugal y lo aséptico. Toda definición que calce en un poema resulta prepotente y espinosa. Como lo apreciamos en Juan Gelman:
“la mala tentación el poema
que se asoma con cara de
pobre y pide lástima humilde
nunca busca otra cosa que
arrinconarte una vez más
entre la sangre y la pared
entre la espada y el papel
entre la sangre y el papel”.
“La poesía también busca su identidad al hablar de sí misma”, expresa con buen tino Ariel Schettini en El relámpago perpetuo. Artes poéticas en América Latina, notable y exhaustivo ensayo que aborda, acaso por vez primera, esta condición autorreflexiva del poema. “La poesía no invita a los lectores o a los escuchas a formar parte de un debate y, de ese modo, fracturar sus cosciencias. Quiere arrastrarlos indómitos a una revelación. El sueño, su voz, la pasión”, profundiza Schettini y de alguna manera nos acerca al accionar profano que plantea Gelman en el primer verso: el poema como una tentación que tuerce los caminos.
Precisamente las desautorizadas “definiciones” que surgen a partir de un sinnúmero de ars poéticas nos obligan a reverenciar las paradojas, las contradicciones, los contrasentidos y demás antagonismos, tal cual lo expresa Thénon. Y, más metafóricamente, el poeta italiano Giuseppe Ungaretti, que escribió una de las ars poéticas más excelsas y puntillosas:
“Los días y las noches
suenan
en estos nervios míos
de arpa
vivo de esta alegría
enferma de universo
y sufro
por no saberla
encender
en mis
palabras”.
Esto es la poesía, nos impone magistralmente Ungaretti. El sufrimiento ante la imposibilidad de “encender” en las palabras la común vida (“los días y las noches”), percibida de una manera extrema e inconcebible, dolorosa y musicalmente vibrante (“suenan en estos nervios de arpa”) y que experimentamos como una paradoja de elevada singularidad poética: “Alegría enferma de universo”.

La ironía también es bella
“La poesía no va a misa,
no obedece a la campana de la parroquia,
prefiere azuzar a sus perros
contra las piernas de dios y de los cobradores
de impuestos.
Lengua de fuego del no,
camino estrecho
y sordo de la abdicación, la poesía
es una especie de animal
en lo oscuro rehusando la mano
que lo llama.
Animal solitario, a veces
irónico, a veces amable,
casi siempre paciente y sin piedad.
La poesía adora
andar descalza por la arena del verano”.
El portugués Eugénio de Andrade deja en claro que el poema, en tanto inclemente y salvaje, siempre quedará ligado a un accionar misterioso y antojadizo. Así también lo devela nuestro enorme Raúl Gustavo Aguirre: “El poema te desea, te hace jugadas crueles, te obliga a destrozar tus herramientas y, una vez ocurrido, malogra tu deslumbramiento incorporándose a ti”.
Si bien el humor (más específicamente en estos casos una ironía sutil) es uno de los condimentos menos usados en la poesía, no faltaron poetas que se valieran de este rasgo para afilar más aún el acero cortante de todo buen poema. Así, el brasileño Manuel Bandeira lanza “la teoría del poeta sórdido”:
“…Poeta sórdido:
Aquel en cuya poesía está la marca sucia de la vida.
Hay un sujeto,
Sale un sujeto de casa con la ropa blanca muy bien almidonada, y en la primera
esquina pasa un camión, le salpica el saco o el pantalón con una mancha de barro:
Es la vida.
El poema debe ser como la mancha en la ropa:
Hacer que el lector satisfecho de sí se desespere.
Sé que la poesía es también rocío.
Pero este queda para las nenitas, las estrellas alfa, las vírgenes ciento por ciento y las amadas que envejecieron sin maldad”.
Hay que dejarse ensuciar por el poema, dice Bandeira. Hay que entregarse a la incomodidad para entender. En línea paralela, el mexicano José Emilio Pacheco nos entrega un ars poética intertextual que se descalza y pisa fuego, empujándonos a una ciénaga de luz que, en el instante que dura el relámpago, desalienta.
“La poesía tiene una sola realidad: el sufrimiento.
Baudelaire lo atestigua, Ovidio aprobaría
afirmaciones semejantes.
Y esto por otra parte garantiza
la supervivencia amenazada de un arte
que pocos leen y al parecer
muchos detestan,
como una enfermedad de la conciencia, un rezago
de tiempos anteriores a los nuestros
cuando la ciencia cree disfrutar
del monopolio eterno de la magia”.
Andrade, Aguirre, Bandeira y Pacheco se asoman, baudelerianamente, a la zona maldita trágica, a la interpelación que desacomoda desde la rabia (o más bien desde una belleza rabiosa) y no desde una lírica delicada y punzante como consigue Alejandra Pizarnik:
“Tú eliges el lugar de la herida
en donde hablamos nuestro silencio.
Tú haces de mi vida
esta ceremonia demasiado pura”.
Un poema que es masa madre
Existe una cualidad que distingue a toda verdadera poesía, según el ensayista español Miguel Casado: “La de constituir un lugar privilegiado y eficaz para la ampliación del pensamiento, para la lucha del pensamiento –sueño y vigilia– contra sus límites”. La poesía, en oposición a la filosofía (atractivo y urgente el diálogo entre ambas), es dispersa, no ofrece sistema ni conduce hacia ninguna claridad naciente. Lo cierto es que quienes nos sumergimos diariamente en ella (leemos, estudiamos, nos dejamos arrastrar, nos dejamos destruir e iluminar) despilfarramos albor en pos de un carnaval de desaciertos que nos ubican en la más cruda realidad: la de la incertidumbre perpetua.
Existen cientos de ars poéticas de autoras y autores de todas las lenguas y todos los tiempos que inducirían a armar una antología entrópica de verdades estalladas en permanente choque: se dicen y se desdicen, iluminan y enceguecen, esclarecen y ocultan, conmueven y perturban. Y este artículo podría extenderse hasta la saturación.
Entonces dejo el cierre abierto por donde emerge un ars poética que funciona como masa madre: aquella que cobija, impulsa, desparrama. Su autor, el chileno Vicente Huidobro:
“Que el verso sea como una llave
Que abra mil puertas.
Una hoja cae; pasa volando;
Cuanto miren los ojos creado sea,
Y el alma del oyente quede temblando.
Inventa mundos nuevos y cuida tu palabra;
El adjetivo, cuando no da vida, mata.
Estamos en el cielo de los nervios.
El músculo cuelga,
Como recuerdo, en los museos;
Mas no por eso tenemos menos fuerza:
El vigor verdadero
Reside en la cabeza.
Por qué cantáis la rosa, ¡oh Poetas!
Hacedla florecer en el poema;
Solo para nosotros
Viven todas las cosas bajo el sol.
El poeta es un pequeño Dios”.
Las y los poetas citados ya no están en este mundo y sus obras son representativas de los siglos XX y XXI. Javier Galarza (1968-2022), Carilda Oliver Labra (1922-2018), Raúl Gómez Jattin (1945-1997), Niní Bernardello (1940-2020), Blanca Varela (1926-2009), Susana Thénon (1935-1991), Anna Ajmátova (1889-1966), Juan Gelman (1930-2014), Giuseppe Ungaretti (1888-1970), Eugénio de Andrade (1923-2005), Raúl Gustavo Aguirre (1927-1983), Manuel Bandeira (1886-1968), José Emilio Pacheco (1939-2014), Alejandra Pizarnik (1936-1972) y Vicente Huidobro (1893-1948).
