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Caras y Caretas

           

Los Wernicke, en los márgenes del gran río 

Acaso sin conocerse, Rosa y Enrique Wernicke ambientaron sus novelas a orillas de un río, y en ellas retrataron la marginalidad y denunciaron la pobreza y la injusticia.

“Con la rosa encarnada en el pecho, Cándida se sintió atraída hacia la onda, dulce, serenamente, como si obedeciera a un amoroso reclamo. El barco que estrechaba contra su cuerpo se zafó de sus brazos. Las aguas se agitaron en violentos círculos. Una ola potente lo arrastró y lo estrelló contra las piedras del malecón (…) Minúscula, insignificante, la arboladura del pequeño barco, libre al fin, pugnaba por mantenerse desesperadamente a flote.” Acaso ese velero artesanal, encerrado por años en una botella, y que intenta flotar sobre las aguas del Paraná, sea el símbolo que une dos novelas. Dos narraciones que, en sus desembocaduras, muestran a dos mujeres solas, indefensas frente al gran río. A Cándida y a Susana. En Las colinas del hambre, una; y en La ribera, la otra. Desamparadas para siempre, en el final de los relatos de Rosa y de Enrique Wernicke.  

Rosa Wernicke publicó Las colinas del hambre en 1943. La novela que ganó el premio Municipal de Literatura Manuel Musto, en Rosario. Fue una de las primeras narraciones argentinas en pintar la vida en las villas miseria. Reeditada recientemente por Serapis, lleva ilustraciones de un realismo conmovedor que el pintor Julio Vanzo realizó especialmente para la obra, basándose en fotos de la propia Rosa.  

Para escribir la historia, Rosa vivió y caminó esos barrios del sur de Rosario que aún llevan la marca del matadero y del vaciadero municipal y que perdieron para siempre su cielo el día que se instaló sobre las barrancas del Paraná el frigorífico Swift, hace algo más de un siglo. 

Río abajo, en la costa de Vicente López, más allá de la última línea de las vías del ferrocarril Mitre, en medio de las toscas que buscaban ganarle espacio al río, Enrique Wernicke narra La ribera. La novela está ambientada a principios de la década del 40. Otra vez el río. Otra vez las casillas de chapa y madera. Y la marginalidad como única alternativa, mientras una destrucción lenta y corrosiva agobia a los personajes, entre el alcohol y la contemplación de las aguas marrones del Río de la Plata. Hay un taller. Un pequeño horno de fundición donde un hombre solo, una adolescente y un niño fabrican soldaditos de plomo, mientras el mundo se hunde en la Segunda Guerra Mundial.  

Rosa Wernicke.

El paisaje y el hombre 

“Tras el nudo central que encarna el Hombre con sus vivencias, cae la atención en el paisaje, dando campo o marco a la novela: este halla en mí una ubicación en relación directa con los personajes, vale nuevamente como explicación La ribera. Su ambiente: la orilla, el Río de la Plata, me es hondamente conocido y pude por ello describirlo con un detallismo minúsculo; pero no fue así, no era una vista panorámica, hecha como desde el cielo, la que me preocupaba, sino la observación, detenida o intrascendente de mi personaje, no la presencia del paisaje dentro del universo, y sí su presencia dentro del hombre, aflorando ajustado (y hasta deformado si se quiere) a sus estados anímicos”, explicaba Enrique Wernicke en el número 1 de la revista Polémica Literaria de julio de 1956. 

El sórdido paisaje suburbano también deforma a hombres y mujeres en Las colinas del hambre. La historia de Rosa Wernicke recorre calles que huelen a podrido, donde la gente hunde las piernas en el mismo barro donde, por las noches, miles de cerdos hambrientos se disputan los restos de carnes, huesos y basura con las ratas.  

Martín y Juan Ramón Fuentes guían la historia. Hermanos y antagonistas, nunca se cruzarán. Pero sus recorridos servirán vitales para espejar la marginalidad de ambos. Uno, Martín, ha estado preso (¿acaso por el asesinato de su hermana?). Transformado en curandero de la barriada, la tuberculosis lo está matando, pero resiste. Y en su resistencia se ha convertido en una figura capaz de enfrentar al concesionario del vaciadero y a los dueños de las jaboneras, que construyen sus fortunas con la explotación de familias enteras que entierran sus pies en la basura. Juan Ramón, su hermano, tal vez un compadrito sin coraje, un holgazán, vive en un gran chalet abandonado en el barrio Saladillo. Dice que escribe. Y justifica su miseria viviendo, de bar en bar, pidiendo dinero a sus viejas amistades de clases acomodadas. Lo carcome la narrativa del fracaso y la idea de muerte como salvación. 

La otra Chicago 

En su libro Chimeneas de carne,  Diego Roldán cuenta que, antes de la llegada de Swift, entre El Saladillo y La Tablada (Mataderos), había unos dos kilómetros de espacios suburbanos apenas habitados. En El Saladillo se levantaban los caserones de verano de la alta sociedad rosarina. En Mataderos, las casas de chapa y madera. Pero el poder del capital de las nacientes corporaciones globales iba a unificar esas geografías en despojos. Los grandes espacios baldíos eran propiedad de una urbanizadora: Sociedad Anónima “El Saladillo”. El proyecto de poblar la zona con mansiones hizo insostenibles las finanzas en el largo plazo. Entonces llegó Swift. Y su proyecto de exportar carnes argentinas desde las márgenes estratégicas del Paraná. La fortuna que ofrecieron los gringos por los terrenos bien valía dejar de lado la idea original. Las aguas termales se transformaron en aguas negras. 

El frigorífico funcionó poco más de veinte años. Para cuando su chimenea se apagó, toda la geografía se había transformado. El vaho y barro convirtieron las mansiones originales de El Saladillo, como esa que habita Juan Ramón Fuentes en Las colinas del hambre, en espectros de otro tiempo, de otros sueños, de otros hombres. 

Y en ese marco, el testimonio brutal de la pobreza en los alrededores del frigorífico lleva a pensar en otros suburbios. Y en historias como La jungla, la novela donde Upton Sinclair retrata fría y desgarradoramente la vida de los obreros de los frigoríficos de Chicago, Estados Unidos, a principios del siglo XX. Sin embargo, mientras la narración del escritor norteamericano muestra cómo los cuerpos se despedazan en el interior del frigorífico y las calles son un desierto donde la lucha por la supervivencia es siempre a muerte, en Las colinas del hambre los personajes apenas discurren en el barro de las sobras, resignados a respirar el vaho del frigorífico, en una especie de contemplación de su propio sometimiento. Sobrevuela entonces el tango. La tristeza de lo inevitable.  

“Un día, Anderson anunció en los periódicos que necesitaba doscientos hombres para cortar hielo; durante toda aquella jornada, todos los seres de la jungla que carecían de pan y de abrigo llegaron trabajosamente, a través de la nieve (…) A la mañana siguiente, antes de despuntar el alba, ya había más de tres mil hombres frente a la puerta de Anderson. Fue preciso llamar a las reservas de policía para prevenir desórdenes. Los capataces eligieron entonces a veinte de los más vigorosos. Lo de doscientos había sido un error de imprenta”, escribe Sinclair.  

En este sur, apenas unos años después, Rosa Wernicke reflexiona mientras describe el paisaje al otro lado de los muros del frigorífico: “La necesidad de subsistir engendra la codicia y la avaricia, hace mover los hilos de las marionetas; les levanta un brazo o los dos, les hace subir o bajar las piernas y girar a su antojo la cabeza. ¿Las clases sociales no son acaso el resultado de la esclavitud del hombre? (…) La hambrienta, sucia, cansada muchedumbre de trabajadores no hacía otra cosa que cumplir con su destino a las órdenes de su padre, a las órdenes del concesionario, o las órdenes de cualquier otro patrono más inescrupuloso o ladrón”. 

Traslucen esas escrituras una diferencia sustancial: la imposibilidad de esos hombres y (sobre todo) mujeres del sur de cambiar el curso inexorable de vidas perdidas. “Los niños tampoco necesitaban crecer para ser útiles. A los cinco años comenzaba la espantosa, tenaz, inicua lucha. Sus tiernos rostros infantiles estaban demacrados. Miraban con terror a sus padres, a sus hermanos mayores, les odiaban y temblaban ante ellos dominados por el espanto. Cuando no andaban clasificando en el vaciadero, se dedicaban por su cuenta y riesgo a buscar frutas podridas o cualquier otra cosa que pudieran aprovechar sus estómagos estragados desde la cuna. Habían sido amamantados con leche agria, cargada de toxinas, único regalo del seno materno.” 

Humo y kerosene 

Enrique Wernicke.

En La ribera, Enrique Wernicke muestra otros colores de la misma marginalidad: “Tu casa es como me la imaginaba. Tal vez más linda. Pero también más triste. Hay algo de perdido, de abandonado en todas las cosas. Ese portón que llora cuando uno lo abre. Y ese perro que casi no ladra”. El personaje recién llegado de Buenos Aires recorre el barrio tan asombrado como si llegara a Nepal. Después, la realidad, lejana, incomprensible, se vuelve pintura a los ojos de un personaje de clase media alta. Como si, para comprender el río y sus márgenes, fuera necesaria la referencia al arte que habita los museos. “¡Viste, parece un grabado de Vidal, ‘Buenos Aires, 1810!’ (…) –¡Qué lindo chico! –murmuró Adelita. Un chico Murillo.” En el libro de Rosa Wernicke, Vanzo transforma las carencias de lo real desde un doloroso compromiso con la belleza. 

Y en esos márgenes, los oficios casi carcelarios aparecen como parte de la vida de los personajes, como modo de subsistencia. En La ribera, bruñen soldados de plomo. En Las colinas del hambre, Martín Fuentes guarda en el interior de la pieza de chapa y madera ese velero dentro de una botella, fabricado en sus días de encierro. Y esos objetos (todos) huelen a humo. Al humo del tabaco. Pero también el humo negro del kerosene de los calentadores Primus. Amarillas llamas que todo lo cubren de negro. 

“Ellas le huían. Conocían sobradamente todas las artimañas de aquel Caburé. Daban grandes rodeos por no pasar delante de su covacha y si alguna había sucumbido al abrazo lascivo del porquero, en alguna zanja o en cualquier oscuro y propicio hueco de la barriada, silenciaba aquel atropello por miedo a la venganza”, relata Rosa Wernicke, confirmando el sometimiento que mujeres y niños soportaban en aquellas villas miseria sobre las que bajaba el hedor del frigorífico, de las fábricas de jabón, que transformarían la grasa sobrante en panes con los que otros, más allá de la calle Ayolas, lavarían sus ropas. 

“Hágame su mujer”, le dice Susana a Eduardo, en La ribera. Él pasa los 40. Ella apenas tiene 15 o 16. Cuando no trabaja fabricando soldaditos, zurce ropa, lava trastos y limpia la casa. Eduardo suele emborracharse en el boliche de la ribera. “Las mujeres cocinaban, lavaban o despiojaban a sus hijos (…) Ellos se dedicaban a reparar desperfectos de sus miserables viviendas (…), jugaban a las bochas o estaban tranquilamente sentados, ocupados en cebarse mates”, escribe Rosa en Las colinas del hambre

El destino de Susana será demasiado cruel sobre las orillas olvidadas de La ribera. Y Cándida –la chica de la narración de Rosa– se encontrará en una encerrona, sentada junto a las barrancas del río. Los caminos no son opciones: o entregarse como presa a los deseos sexuales de uno de los dueños de la fábrica de jabón o resignarse a un intercambio oscuro y someterse para siempre como esposa del cuidador de chanchos, a cambio de 500 pesos.  

Rosa Wernicke deja un final abierto. Cándida lleva una rosa en el pecho, que le acaba de regalar un gaucho que pasó a caballo. ¿Acaso se hunde con la botella que se rompe o flota junto al barco que estaba atrapado dentro? Un bote flota vacío en el final de La ribera

Entre ambas historias surge un hilo insoslayable, una pregunta o dos. ¿Fueron familiares Rosa y Enrique Wernicke? ¿Acaso se conocieron? No hay voces que lo afirmen o nieguen. Ante una pregunta hecha al pasar, alguien pareció confirmarlo. ¿Fueron tía y sobrino? Buscar respuestas trajo silencios. Un silencio comparable con ese del velero dentro de la botella. 

Wernicke es el apellido de uno de los padres de la neurología moderna. Alemán, Carl Wernicke trabajó y descubrió regiones del cerebro que tienen que ver con el uso de la palabra. Wernicke se llama esa geografía cerebral relacionada con la afasia, un trastorno del lenguaje que nos vuelve incapaces de reconocer, de nombrar, de recordar. Eso que suele sucederle a la Argentina con la pobreza o con la injusticia, por ejemplo. Eso que Rosa y Enrique Wernicke denunciaron con sus narraciones. Esa costumbre de esconder las palabras para pretender que el río deje de existir. Pero que nunca evitará que ese río vuelva a crecer, que desborde, que haga flotar la mugre. Y que, cuando las aguas sucias se hayan ido, brote, desde el barro, otra primavera. 

Escrito por
Roy Rodríguez Nazer
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