“¿Qué hay de nuevo, viejo?” La muletilla socarrona del inolvidable conejo de la suerte Bugs Bunny (traducida como aplicación de contacto directo en la era digital) puede servir de disparador para abordar el regreso de Eduardo Calvo a los escenarios porteños, luego de otra trajinada temporada de verano que lo tuvo presentándose por aquí y por allá.
El heavy rejodido de la audiencia masiva de Marcelo Tinellí, el habitante recurrente del under, el infiltrado en el circuito oficial, reaparece con sendas propuestas, donde se conjugan, un estreno (Este es el baile del monito) y un repaso de lo conocido (Crónicas de un jodido alegre), siempre en sábado y a pocas cuadras de distancia, como para andar a las corridas, mientras alterna las clases en su propia Escuela de Arte Cómico.
“En estos tiempos que corren, vuelan y hacen acrobacia, el teatro construye un lugar revolucionario capaz de apagar los celulares”, filosofa sin solemnidad.
–De chico, ¿eras el gracioso del grado o el tímido que se soltaba arriba de un escenario?
–No era el gracioso, ni con mi familia ni en la escuela, pero sí me gustaba actuar a escondidas en la florería de mi tío en Boedo, donde se ponían los floreros sobre una tarima. Cuando se retiraban los floreros, yo soñaba y hacía representaciones para mí, que en ese entonces tenía 8 años.
–¿Familia de artistas o nada que ver?
–Mi papá decía que de muy chico había actuado en el legendario programa de radio La Pandilla Marilyn, mi mamá era una genia haciendo ropa y llegó a diseñarme los vestuarios para mis primeros espectáculos; mi hermana Roxana, ocho años menor que yo, hizo la carrera de baile en el Teatro Colón. Mi mamá quería que me concentrara en los estudios formales, pero no lo conseguí, aunque logré ser guía de turismo y tuve distintos trabajos: fui cadete de una tintorería, de una agencia de autos y trabajé en una inmobiliaria con mi papá, que era martillero.
–¿Cuándo llegó la actuación?
–Fue él quien me acompañó a que tomara mis primeras clases de teatro, me ayudó a conseguir un maestro, cuando tenía 16, el actor Ricardo Passano. Porque para entrar en el conservatorio tenías que tener 18 años.
“Mi mamá me fue a ver a un bar donde actuaba, y me dijo ‘¿cuándo vas a trabajar en serio?’. Ella quería que yo hiciera dramas, después se dio cuenta con el tiempo de que uno con el humor trabaja muy en serio –advierte sin contradicción–. En la Escuela Municipal de Arte Dramático, mis profesores insistían en que escribiese cosas humorísticas, eso hizo que tomara impulso para adaptar tragedias al humor, como Hamlet, y surgió Hambret, príncipe de Catamarca. También me llevó a formar grupos, ensayar y gestionar teatros, bares, cualquier espacio que sirviese para representar lo que escribía”, apunta.
Así llegaron los fervientes años 80 y el ya-no-tan incipiente actor humorístico desembarcó en espacios emblemáticos de la época como Cemento, Paladium, El Vitral, El Bululú, El Pozo Voluptuoso, Liberarte, Off Corrientes, La Peluquería y otros tantos.
“En Babilonia trabajé en el Museo de Arte Cómico, dirigido por Héctor Malamud y Claudio Hoffman; también con la obra Deforme, bajo la dirección de Eva Halac; en Cemento hice mis personajes en distintos varietés. Una época increíble de mucho despliegue artístico en todas las disciplinas y lenguajes”, reseña.
Delicias de un improvisado

Con su coequiper de entonces y de ahora (comparten Este es el baile…), Mosquito Sancinetto, fundaron la Liga Argentina de la Improvisación, a partir de un curso que dictó en el Centro Cultural General San Martín el actor francés Claude Bazin, quien seleccionó como sus discípulos a Pedro Cano, Sancinetto y al propio Calvo.
“Para mí, fue muy efervescente ese momento, una verdadera usina, me pareció formidable la idea de improvisación como espectáculo en sí mismo, es un gran recurso y herramienta que uso actualmente tanto en mis espectáculos como en mis clases”, reseña el actor y docente.
–Muchas pelucas para un solo Calvo fue un punto de inflexión, tanto por su repercusión como por su continuidad.
–Creo que permaneció muchos años en cartel porque se hizo de diferentes maneras. El público venía varias veces, se generaron fanáticos del show y eso es mágico. Muchos amigos me ayudaron al comienzo y formaron parte del show: Claudio Lafalce, un musico increíble con quien mantengo una amistad y una hermandad hasta la actualidad, y también pasaron por ahí María Eugenia Esquivel, Claudio Santa María, Rodolfo Samsó, Mario Martínez, Daniel Ortiz, Fernando Alcalde, los hermanos Biondo, Galileo Santagada y tantos otros. Se convirtió en un clásico.
Por aquella otra época, comienzos de los 90, data su incursión en el humor gráfico en la revista 13/20, un fenómeno editorial independiente, que tiraba cien mil ejemplares por semana, donde trabajó en equipo con Augusto Costanzo, hoy cotizado ilustrador y artista plástico.
–¿Cómo salta un habitante del under porteño al mainstrean de la TV, y nada menos que a VideoMatch, uno de los programas más vistos?
–Facundo Feldman, productor de Telefé, que conocía mi trabajo, me llamó para un casting en el canal y era para VideoMatch, hice la audición con mis personajes y participé en el concurso “Cómic 2002”, hasta que me quedé haciendo el “Heavy rejodido”, como lo bautizó el público. Pero el Heavy venía de antes, se llamaba Charly y nació en 1988 como maestro de ceremonias. El personaje se gestó a partir de una peluca que me regaló la actriz Betty Di Marino y de querer hacer un guapo con cierta modernidad, realizando transgresiones un poco inútiles, rompiendo un poco las formas. En la Escuela de Arte Dramático tenía un profesor muy cálido, Jorge Fontenla, que decía: “Por favor no me hagan gritar, no ven que estoy gritando”, pero todo lo expresaba siempre con una voz muy suave. Creo que mi personaje tiene mucho de ese momento.
Si el Heavy antes llamado Charly se hizo famoso, y catapultó a su intérprete al reconocimiento popular, otras criaturas quedaron en el tintero, mejor dicho, en el piloto, como el Maestro Gagliardi, inspirado en el célebre poeta de los cien barrios porteños.
“Lo escuchaba de chico a Héctor Gagliardi, y me llamaba la atención ese estilo único, porque actuaba sus poemas. Cuando tenía 16 años, hacía textos de otros y tenía ese personaje, que después recuperé para un piloto para TV, como un poeta cómico, Marcelo de Turdera”, recuerda.

El profesor de la risa
“El off sigue siendo un movimiento cultural amplio, importante, emergente y poderoso, en nuestro país representa un espacio de resistencia. Saludablemente no salí nunca del off, aunque también trabajé en teatros oficiales, en grandes producciones, pero nunca abandoné del todo ese espacio alternativo que tanto me representa. El arte moviliza y nos moviliza, no importa de dónde provenga”, reflexiona.
–Sos docente, tenés una escuela de humor. ¿Se enseña a hacer reír?
–Dirijo la Escuela de Arte Cómico donde también doy clases y tengo una socia, Anahí Suray Veiga, artista visual y gestora cultural de varios de mis proyectos, que hace posible que cada año tengamos más alumnos y profesionales que quieren seguir aprendiendo. Enseñar comicidad es trabajar con la incomodidad, con el absurdo, reírnos de este mundo tan hostil, generar pensamiento crítico, trabajar desde la contemporaneidad jugando con los nuevos lenguajes incorporando los nuevos medios. Enseñar es un aprendizaje constante que agradezco cada año.
–¿Es más difícil hacer humor en tiempos ingratos como los que vivimos?
–A los imberbes que complejizan el mundo hay que darles con un caño, y para eso, mejor que un caño, está el humor. Herramienta por excelencia de la crítica social.
Este es el baile del monito se presenta los sábados en el Centro Cultural de la Cooperación. Crónicas de un jodido alegre, el pibe que vió Titanic y no lloró reestrena el sábado 21 de marzo en el Paseo La Plaza.
