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Caras y Caretas

           

Alma de protagonista

Ilustración: Juan José Olivieri

El mejor tenista del siglo XX argentino trascendió las canchas y llegó a la pantalla grande, a la TV y a las plataformas, donde participó de películas, documentales y publicidades.

Apriori suena raro, ¿no?, “Guillermo Vilas y el cine”; ¿qué puede haber en común entre un ídolo del tenis y el séptimo arte? Sin embargo, todo cobra otra dimensión al repasar la historia de Vilas: toda su vida podría haber sido una película. En Vilas, los límites entre ficción y realidad se volvieron difusos conforme avanzaba en una carrera profesional que inevitablemente repercutía en su vida personal: fue promesa, ídolo y leyenda, y como tal, el arte también se encargó de narrar su historia, a veces nombrándolo, y a veces no. O quién puede dudar de que cuando Moncho Alpuente cantaba aquello de “Mi amor entero es de la hija de Rainiero, una chica divina que se llama Carolina” no pensó en el argentino. Ah, sí: la versión de Virus era un cover del tema original, grabado por el artista contracultural español en 1980.

Claro que también con la fama llegaron a la vida de Guillermo Vilas algunas propuestas audiovisuales, que el hombre oriundo de Mar del Plata aceptó gustoso. Porque la vida del deportista no solo fue digna de una o varias películas, también lo fue él.

Con la sucesión de títulos obtenidos, especialmente Roland Garros en 1977 y el Abierto de Australia en 1978 y 1979, el tenista trascendió, a fuerza de popularidad, el ámbito deportivo. Así llamó la atención del cine, que lo convocó para que debutara de sí mismo en Players (1979), dirigida por el británico Anthony Harvey, y protagonizada por Ali MacGraw, Dean Paul Martin (hijo del crooner Dean Martin) y Maximilian Schell. En este melodrama ambientado en el mundo del tenis participan también otros ídolos de la época, como Ilie Nastase, Tom Gullikson y John McEnroe. Sin embargo, es el argentino quien se lleva el papel más importante, al vencer al protagonista en el duelo final en Wimbledon.

Fue la primera vez que se pudo ver a Guillermo Vilas en la pantalla grande, pero solo porque un proyecto anterior había quedado trunco. En 1974, Guillermo gana el Masters Grand Prix en Melbourne, victoria que marca el despegue definitivo de su carrera. Por entonces, el tenista tenía una buena relación con el joven director estadounidense Mike Marcus, quien, subyugado por su talento, le propuso filmar un corto para proyectarse previo a las películas programadas.

El propósito quedó trunco, y el material registrado, perdido. Al menos hasta 2020, cuando Marcus decidió dar a conocer ese material, con el nombre de Vilas. El campeón con alma de artista. El corto de diez minutos puede verse en YouTube, y más allá de las declaraciones del tenista (algunas en español, otras en inglés), cuenta con algunas joyas como el testimonio de su padre, José Roque Vilas, hablando de su infancia, y el de Luis Alberto Spinetta, por entonces uno de sus grandes amigos. Guillermo, al que también le gustaba mucho escribir, cristalizó su colaboración creativa con el autor de “Muchacha ojos de papel” en el tema “Children of the Bells”, incluido en el disco del Flaco Only Love Can Sustain, grabado en Nueva York en 1979.

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Si el cine y la música no soslayaron el talento del marplatense, tampoco lo hizo la publicidad. El carisma de Guillermo era directamente proporcional al interés de las marcas por sumarlo a su nómina de artistas. La década del 90 fue especialmente fructífera en este aspecto, y coincidió con el lanzamiento de su disco como cantante, Milnuevenoventa, que también ayudó a instalar el género house, poco transitado localmente hasta entonces. El “tenista cantante” incluso llegó a participar en la Warehouse Party que se realizó en el Estadio Obras en mayo de 1990, hoy considerada por muchos especialistas como la primera fiesta electrónica hecha en la Argentina.

Ese mismo año, el pelo al viento, la vincha y la sonrisa coparon también la televisión. Visa, Topper y Diet Pepsi, entre otras, fueron algunas de las marcas que aprovecharon la icónica imagen del tenista para seducir al consumidor con sus productos. De todas aquellas publicidades, todavía hoy la más recordada es la de Quilmes Light de 1997, en la que se podía ver al jugador acodado en una barra, riéndose de sí mismo y de su talento como compositor, mientras se burlaba de su colega Pete Sampras. De aquel aviso surgió la frase “Maremoto de hazañas”, que los fans solían gritarle afectuosamente cada vez que lo veían.

Pero de todos los proyectos, tanto de ficción como documentales, que lo tuvieron como protagonista, uno de los mejor logrados y más emotivo es Vilas. Serás lo que debas ser o no serás nada. Estrenado en octubre de 2020 en la plataforma Netflix, el trabajo de Matías Gueilburt se corre de la biografía convencional para poner el foco en la pregunta que torturó durante décadas al deporte: ¿por qué Guillermo Vilas nunca fue número 1 en el ranking de la ATP, si tenía triunfos suficientes para lograrlo?

El trabajo se basa en la investigación que llevó adelante el periodista Eduardo Puppo durante más de doce años. La idea de convertir esa historia en un documental, según contó Gueilburt, surgió de una nota publicada en el New York Times en 2015, donde se resaltaba el trabajo del comunicador. Puppo no solo se convirtió en el hilo conductor del relato, sino que fue mostrando el paso a paso de su trabajo, prácticamente una obsesión que involucró a su familia, a sus amigos y a todo aquel que quisiera colaborar revisando fechas, datos, resultados, etcétera. Para poder aportar un segundo enfoque a una narración que se torna casi detectivesca, Puppo aportó más de cuarenta casetes que Vilas había grabado a lo largo de su carrera. Esta voz en off inédita, sumada a imágenes de archivo, traza un camino paralelo y complementario sobre los hitos más destacados de su trayectoria profesional, y redondea un film notable, que va de la intriga a la emoción.

Sin provocación, escándalos ni arrogancia, Guillermo Vilas rompió el encordado de la profesión, como hizo tantas veces con el de sus raquetas. Y de esa manera accedió a espacios destinados solo para aquellos que, por mérito propio, se ganaron el derecho a habitarlos. Desde entonces y hasta la eternidad.

Escrito por
Guillermo Courau
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