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Mercedes Roffé: la escritura y la cita

En Prosas fugaces y Glosa continua, que la autora analiza, la poeta argentina Mercedes Roffé recoge voces de otros poetas, de filósofos y de artistas plásticos para reflexionar sobre el medio expresivo de las artes, sobre el estilo (o la falta de él) y sobre la posibilidad de poner en entredicho las verdades en el terreno de la creación.

Citar un texto, dice Walter Benjamin, implica interrumpir su contexto. «En mis obras, las citas son como atracadores al acecho en la calle que con armas asaltan al caminante y le arrebatan sus convicciones.» Por fuera del espacio que las contiene y que les da origen –no como citas sino como órganos funcionales a la totalidad de un cuerpo textual–, arrancadas de su lugar, desmadradas de su sentido de base, las citas pueden enredarse en otro juego. En Libro de los pasajes, el gran proyecto inconcluso de Benjamin, las citas podrían considerarse el corazón de la obra. Fuera de su lugar natal, la cita resignifica un sentido y se acopla a otros. Esto, sin duda, no es invención de Benjamin. La filosofía misma es un diálogo permanente con sus antecesores y sus no tan fugaces decires y la literatura –Borges lo llevó a su paroxismo– es una reescritura constante y un homenaje a quienes nos anteceden y nos enseñan. La cita es un hermoso recurso que acompaña y justifica lo que vendrá. Destituye esa sensación de orfandad al tiempo que corrobora que lo nuevo es un camino arriesgado y pedregoso. Podríamos postular que solo el diálogo habilita un espacio para lo nuevo. Cada diálogo, cada encuentro entre el escritor que lee y el escritor leído recrea la posibilidad de algo único e irrepetible que solo puede manifestarse en una nueva escritura, producto de ese encuentro.

Este es el espíritu del libro Prosas fugaces (Las Furias editora, 2022), de la poeta argentina Mercedes Roffé, radicada en Nueva York, quien apoyándose en citas varias surgidas de exhaustivas lecturas («citas que hayan echado en mí raíces muy profundas») construye un recorrido genuino, tan intimista como coral. Precisamente porque recoge voces ajenas –en su mayoría de poetas, de filósofos y de artistas plásticos– para sostener la propia voz e incluso discutir, empatizar, ahondar. «Raros son los poetas que llegaron a la madurez sin haber reflexionado sobre su medio expresivo, sin haberse sentido inclinados a exponer de algún modo sus opiniones, inquietudes y experiencias en aquellas áreas que consideraban afines a su campo», explica Roffé en Glosa continua, el libro que antecede a Prosas… Y es cierto que enormes poetas como Denise Levertov, Wallace Stevens, Seamus Heaney, Marina Tsvietáieva, Cesare Pavese, René Char, Chantal Maillard , José Ángel Valente, Octavio Paz, Ingeborg Bachmann, Anne Carson, Paul Valéry, Joan Margarit, T. S. Eliot, W. H. Auden, Edmond Jabès, por nombrar algunas y algunos extranjeros, nos han regalado páginas imperdibles y necesarias. Mientras aquí, en nuestro país, debemos destacar los trabajos de Raúl Gustavo Aguirre, Edgar Bayley, Alberto Girri, María Negroni, Hugo Gola, Arturo Carrera, Javier Galarza, Diana Bellessi, Oscar del Barco, Rodolfo Alonso, Silvio Mattoni, Walter Cassara y unos cuantos más que, sin duda, van dejando pistas de sus procesos creativos, de sus lecturas y de sus diálogos incurables con la poesía, el arte y el mundo. Mercedes Roffé exalta precisamente esta vocación en su recorrido: «Cuadernos de bitácora de un/una poeta, como el mapa o la memoria de distintos abordajes a una preocupación central que, aun en el cruce de diversas políticas culturales y en estrecha interacción con ellas, no pierde de vista la construcción, la reflexión sobre una poética eminentemente personal».

La continuidad y la fuga

«Sobre el final de la composición de Glosa continua, me ocupó particularmente una preocupación –escribe Roffé en Prosas fugaces–: que los pasajes del libro no suscitaran la tan esperada como deseable exclamación que ya he deplorado aquí tantas veces: ‘¡Qué bien escribe!’.»

«Quería más bien que, a partir de esa ‘voluntad de no-estilo’ que había admirado en Cioran, mi propia prosa no se entendiera como adscripta a una retórica de algún modo efectista. Es decir, que la escritura en sí misma no supusiera una superación de aquello que intentaba expresar.»

Glosa continua y Prosas fugaces no son títulos ilustrativos ni ingenuos ni caprichosos. La continuidad y la fuga se oponen y se derraman en el choque. Todo lo que fuga intensifica su espesor en el vacío. Todo lo que continúa amenaza con fugarse, y es esa amenaza de fuga lo que sostiene y justifica la continuidad. Compuestos por prosas breves a modo de microensayos, ambos libros proponen una escritura y un modo de leer rizomático. No hay jerarquías sino un paisaje abierto de ensambles y variaciones. Cavilaciones poéticas que desmantelan el juicio rotundo para abrirse a la especulación radioactiva. «Cuando uno descubre algo, inicia algo, ve que algo se inicia, una nueva serie, nuevos intentos, balbuceos, ha de saber que, de ahí en más, todas serán variaciones para volver al principio. A ese descubrimiento, ese primer esbozo, esa pregunta, ese umbral vislumbrado al que –seguramente– nunca se llegue.»

Citas y comentarios

El entrecruzamiento de las artes –en particular la pintura con la poesía– se sostiene no solamente como eje temático, sino que aparece a través de ciertas metáforas, utilizando términos específicos de la pintura para referirse a la poesía y viceversa. De hecho, muchas de las citas a partir de las cuales Roffé reflexiona pertenecen a artistas plásticos. «Antes mis obras eran protagonistas, ahora deben ser medios para hacer protagonista al espacio… Quiero ir encerrando el espacio en mi obra.» El escultor español Eduardo Chillida da pie para la prosa Espacio=silencio: «Materia y espacio están en una relación pareja a la que en la poesía mantienen –o deberían– palabra y silencio. Cuando lo que se sueña es un poema que no sea sino una oquedad, un regazo, un cauce, una convocatoria a una cierta condición del silencio. ‘Quiero ir encerrando el espacio en mi obra’, dice Chillida. Quiero seguir encerrando el silencio en mi obra. En mi obra».

El diálogo que propone Roffé entre el escultor y ella misma, trazando un paralelismo entre ambos quehaceres, cruzándolos líricamente hasta hacer de este texto una pieza literaria en sí misma, es acaso la célula de la propuesta estética de Prosas fugaces. Una vez más, entre la cita («la cita hecha carne, o sangre») y su exégesis se abre un juego de escritura que, podríamos afirmar, propone un género en sí mismo. Una trama de espejos enfrentados que multiplica sentidos y modelos para armar. Siempre, eso sí, escapando a las verdades absolutas. «No suelo creer en ningún axioma –alerta Roffé–, en ninguna verdad que no pueda ser de inmediato puesta en entredicho.»

Escrito por
María Malusardi
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