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Las Madres, el enemigo más feroz de la dictadura

Tras descubrir que individualmente no lograrían encontrar a sus hijas e hijos desaparecidos, decidieron unir fuerzas. Su reclamo se convirtió en un emblema de la lucha por los derechos humanos. A 45 años de la primera ronda, las Madres siguen marchando.

¿Cuántos pasos hace falta dar para llegar a la Plaza de Mayo desde una casa del conurbano, esas que en la década del 70 todavía tenían puerta cancel y jardincito de jazmines y madreselvas al frente? ¿Cuántos pasos hace falta dar para llegar a la Plaza de Mayo desde un coqueto piso de Recoleta, donde brillan como si fueran eternos en su esplendor los espejos, el parqué, los bronces del palier?

¿Cuántos pasos hay que dar para dejar la cocina con olorcito a sopa de invierno, olvidar el tejido, o sacarse el delantal impecable de docente, guardar las carpetas, y salir a la calle, y llegar, al fin, a la Pirámide de Mayo?

“A las 5 de la mañana, algo que nunca voy a poder olvidar, suena el teléfono y me dice Carlos, el segundo de mis hijos: ‘Mamá, se los llevaron a María Marta y a César’. No sabía qué quería decir.” Marta Ocampo de Vásquez.

Ese fue el principio de todas estas historias. Cada una de todas escuchó algo parecido a lo que escuchó Marta: “Se la llevaron”, “No lo encontramos”, “No sabemos dónde están”. A otras, se los arrancaron de los brazos, se los llevaron de la casa materna, de la que parecía refugio inexpugnable frente a las tempestades.

Mientras los grupos de tareas arrancaban a los militantes de sus casas, de las fábricas, de los hospitales, de las escuelas secundarias, en la radio y en la televisión, en su discurso de asunción, la voz monocorde de Jorge Rafael Videla anunciaba como programa de gobierno “el total aniquilamiento de la delincuencia subversiva en cualquiera de sus manifestaciones” y que la Argentina volvía a alinearse a la “concepción cristiana del hombre”, para combatir “las posiciones nihilistas de la subversión antinacional”. Anunciaba la muerte.

Las calles por asalto

¡Ay de los que vacían el abrazo materno para convertirlo en perpetuo dolor! ¡Ay de los que se burlan del poder de las madres! Los que vieron solo mujeres implorantes, deshechas en lágrimas, quebradas en un aullido, no sabían, no pudieron siquiera imaginar, que estaban labrando su enemigo más feroz.

“En noviembre de 1976, su compañera me avisa que a Alberto se lo llevaron y no saben nada de él. Entonces cierro mi casa y empiezo a caminar, a cruzar las calles, a golpear puertas, a buscar sitios donde alguien pudiera darme una mano. Me dijeron que va a volver y que no haga nada.” Juanita Pergament.

Entonces, cada una de todas, la mayoría amas de casa, se les animaron a las calles. Aprendieron vertiginosamente a leer los silencios, a intuir las mentiras y a pronunciar terribles términos en latín –¡hábeas corpus!–. Entraron por primera vez a pasillos helados, a juzgados hostiles, a los regimientos, a las cárceles, a las oficinas de los capellanes, a las comisarías con olor a sangre. Al principio, las ilusionaba un reencuentro inmediato. Más tarde, rogaban que por lo menos les dijeran dónde estaban. De qué se los acusaba. ¿Y los nietos?

“Muchas cosas tenés que vivir. No encontrás a tu hijo.  Querés verlo. Después se llevan al otro. Tu casa se vacía. Se enferma tu familia. No hay nadie. Y la lucha de las madres, sin parar un momento. Y descubrís que esos organismos no sirven para nada, que son toda una infamia, una mentira. Una empieza por confiar, voy al juez, voy a la policía, voy a la comisaría, voy a todos lados. Y se cierra, se cierra, se cierra.” Hebe de Bonafini.

En ese peregrinar de angustia y soledad, las mujeres empezaron a reconocerse, a vencer la desconfianza, a contarse qué buscaban allí y a darse cuenta de que todas buscaban lo mismo. La respuesta a una pregunta que, cuatro décadas después, todavía arde: “¿Dónde está mi hijo?”, “¿Dónde está mi hija?”, “¿Dónde están mis hijos?”, “¿Qué les hicieron?”.

“El 11 de mayo de 1976 me encontré con dos mujeres en el Comando, Rosa Contreras y Beatriz ‘Kety’ de Neuhaus, que desde el 16 de marzo estaban buscando a sus hijos, y les dije: ‘¿Cómo dos meses sin encontrarlos? ¿Cómo aguantan?’. ¡No se puede estar dos meses sin saber dónde está el hijo!” María del Rosario de Cerruti.

Iban de trámite en trámite, de repartición en repartición, en un frenesí desesperado, sin hallar más respuestas que “no se lo busca”, “no está detenido”, “no hay nada”, “se habrá ido al exterior”. La palabra “desaparecido” tardó en dibujarse con horror abismal en las conciencias.

El origen de los pañuelos

En octubre de 1976, sin que la afectara el estado de sitio, la Iglesia católica realizó la habitual peregrinación desde el santuario de San Cayetano, en la ciudad de Buenos Aires, hasta la Basílica de Luján, en la provincia de Buenos Aires. Iban miles de personas. Las Madres decidieron mostrarse ante la multitud y las docenas de obispos que celebrarían misa. ¿Cómo identificarse? Resolvieron cubrirse la cabeza con un pañal de tela, muchas habían conservado el primero de sus hijos.

“Dijimos: ‘¿Y cómo nos reconocemos?’ ¿Qué hacer para que nos vieran? ‘Podemos llevar un pañuelo blanco’, dijo una. ‘No’, dijo otra, ‘un pañuelo no, un pañal’. Nosotras rezábamos fuerte y pedíamos por los desaparecidos. La gente comentaba: ‘Esas mujeres de pañuelo blanco que gritaban por sus hijos’.” Hebe de Bonafini.

Desde entonces, el pañuelo blanco se convirtió en el símbolo más contundente de la denuncia del terrorismo de Estado. Toda la inteligencia de la dictadura militar aplicada a ocultar los campos de concentración y el plan de exterminio a los ojos de la población –y sobre todo del exterior– se haría añicos ante la determinación de esas mujeres, decididas a buscar a los hijos hasta el último día de sus vidas. Ellas no estaban dispuestas a volver solas a casa.

Todos los testimonios señalan a Azucena Villaflor de Vincenti –”una mujer lúcida, una militante”, la describe Juanita– como la que propuso apuntar directamente a la sede del poder militar, a la Casa Rosada.

Antes de casarse, Azucena había sido fugazmente delegada sindical, era la esposa de un delegado, toda su familia había participado en Avellaneda de la resistencia peronista. Sus primos Rolando y Raimundo Villaflor, metalúrgicos, formaron parte del Peronismo de Base y de las Fuerzas Armadas Peronistas, fueron protagonistas de Quién mató a Rosendo, la inolvidable investigación de Rodolfo Walsh. Una tarde, furiosa por la espera inútil en la Iglesia Stella Maris, la de la Marina, donde el falso “monseñor” Emilio Graselli exhibía montones de fichas donde estaban los nombres de sus hijos, Azucena arengó: “Individualmente no vamos a conseguir nada. ¿Por qué no vamos todas a la Plaza de Mayo? Cuando vea que somos muchas, Jorge Videla tendrá que recibirnos”.

Ese paso las convirtió definitivamente en las Madres de Plaza de Mayo, un impensado vendaval político que mientras enjugaba las lágrimas haría temblar día tras día a la dictadura militar.

El 30 de abril de 1977 un mínimo grupo de mujeres se plantó en la Plaza de Mayo, enfrente de la Casa Rosada. Eran Azucena Villaflor de De Vincenti, Berta Braverman, Haydée García Buelas, María Adela Gard de Antokoletz, Julia Gard, María Mercedes Gard, Cándida Gard, Delicia González, Pepa Noia, Mirta Baravalle, Kety Neuhaus, Raquel Arcuschin y dos mujeres más cuyos nombres no se conocen.

Pero el 30 de abril era sábado, y la Casa Rosada estaba cerrada y no había nadie en la plaza, así que decidieron que era mejor juntarse los viernes, en horario bancario, cuando pasara gente, y después prefirieron el jueves.

Cuando ya eran varias decenas de mujeres, algunas llevaban tejidos para disimular, se sentaban en los bancos. La Policía decidió que ya era suficiente y trató de dispersarlas. “Circulen, circulen, ¿no saben que hay estado de sitio? Circulen, no pueden estar acá, no están permitidas las reuniones políticas, circulen de a dos”, insistió la policía.

Y entonces ellas se tomaron del brazo, de dos en dos, y decidieron caminar alrededor de la Pirámide de Mayo. Los jueves, a las 15.30. A veces las llevaban presas, a veces las encerraban unas horas, las interrogaban. Pero, decididas a ser vistas por el mundo, el jueves siguiente volvían y eran más.

“‘¿Por qué te interesás por ellas? No son nada’, me decían los militares. Ellos, los militares, las llamaron las locas. Y ellas se quedaron con el nombre: ‘Somos locas, locas de amor, locas de rabia’. Las locas de Plaza de Mayo.” Jean-Pierre Bousquet, corresponsal de France Press, autor de Las locas de Plaza de Mayo

Desde mayo de 1977, María del Rosario y otras madres entraban todos los jueves a la Casa Rosada a ver si había respuesta a un pedido de audiencia que habían presentado para preguntarle a Videla dónde estaban sus hijos.

El 11 de julio, finalmente, las recibió el general Albano Harguindeguy, ministro del Interior. Entraron Azucena Villaflor, Ketty de Neuhaus y María del Rosario. Era un despacho imponente, Harguindeguy estaba con uniforme de general. Apenas entraron, la reconoció a Ketty: “¡No me diga que todavía no sabe nada de su hija!”, le espetó.

“En un momento se paró y trajo una agenda. ‘Ven, está llena de nombres de amigos míos. Sus hijas se fueron del país y ¿saben dónde están? En México ejerciendo la prostitución’. Azucena se puso como loca: ‘¡Las hijas de sus amigos estarán ejerciendo la prostitución, las nuestras están desaparecidas!'” María del Rosario Cerruti.

Harguindeguy les recordó que no podían seguir reuniéndose en la Plaza porque era peligroso y había estado de sitio. Azucena, que era muy firme, le dijo “se nos van a gastar las piernas, pero de la Plaza no nos vamos a ir”.

Las locas de Plaza de Mayo

A medida que avanzaba 1977, la Junta Militar comprendió que “las locas” estaban desbaratando que el silencio cubriera el plan de exterminio, la masacre. No podían creer que no hubiera una organización detrás de ellas. Era lo que les preguntaban cada vez que las detenían: “¿Quién las manda?”.

El almirante Emilio Massera decidió que el capitán Alfredo Astiz, fingiéndose hermano de un desaparecido, las infiltrara. Un muchacho simpático, Astiz rápidamente se granjeó la amistad de las Madres.

“Astiz, cuando vio que Azucena era la que más nos movilizaba, se pegó a ella como una estampilla. La gente creía que era su hijo porque se parecían mucho. No nos cabe ninguna duda de que fue el gestor de los hechos, porque había identificado en Azucena a una mujer de mucha fuerza, la que nos daba ánimo.” María del Rosario Cerruti.

Frustrados porque “la organización” que mandaba a la Madres no existía, los militares decidieron golpear directamente. Astiz informó de una reunión clave el 8 de diciembre en la iglesia de la Santa Cruz, en San Cristóbal. Las Madres preparaban una primera solicitada con los nombres de miles desaparecidos que publicaría el diario La Nación.

“Azucena, Mari y Esther eran las tres madres que más sabían. Azucena tenía una práctica política, del sindicato, de ser de Evita. Esther venía de la lucha revolucionaria en Paraguay. Y Mari trabajaba con la Iglesia del Tercer Mundo en la iglesia de la Santa Cruz.” Hebe de Bonafini.

Aprovechando la multitud que salía de misa, un grupo de tareas secuestró a las madres Teresa Careaga y María Ponce, a la monja francesa Alice Domon y a otros activistas. Azucena Villaflor y otras madres estaban en la casa de Emilio y Chela Mignone, apuntando contrarreloj los últimos nombres de desaparecidos para la solicitada. El 9 de diciembre entregaron los originales, el dinero y las firmas que avalaban la publicación.

Al día siguiente, el 10 de diciembre, Día Internacional de los Derechos Humanos, se publicó la solicitada. Miles y miles de nombres. Esa noche, Azucena Villaflor fue secuestrada por un grupo de tareas de la Armada en la esquina de su casa de Sarandí, en Avellaneda, Buenos Aires.

Diez días después el mar comenzó a devolver cadáveres a la altura de los balnearios bonaerenses de Santa Teresita y Mar del Tuyú. Sin muchas averiguaciones, fueron enterrados como NN en el cementerio de General Lavalle. El Equipo de Antropología Forense los identificó muchos años después. Hoy se sabe, por documentos desclasificados de Estados Unidos, que el gobierno estadounidense sabía de quiénes se trataba.

El golpe, sin embargo, no consiguió amedrentarlas. Las Madres siguieron dando vueltas a la Plaza. Con una tenacidad que logró horadar los puntos finales, las amnistías y las trampas de la Justicia. Viejitas y fuertes de una fortaleza que no corroe el tiempo, aún lo hacen. Las que ya se fueron rondan como pañuelos en la Plaza.

Los testimonios proceden del documental Madres de Plaza de Mayo. La historia, producido por Canal Encuentro.

Escrito por
Olga Viglieca
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