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El mundo incompleto

En la obra de Irene Gruss la fuerza de la poesía, la posibilidad infinita de ser lo que no es, de ubicar al yo en lugares impensados, imposibles, inexistentes, aparecen como un sello indeleble, que ahora aparece reunida en un volumen de Ediciones en Danza.

Asombra en perspectiva comprobar cómo el primer poema de Irene Gruss (1950-2018), el primero de su primer libro (La luz en la ventana) contiene el ritmo, el temple, la agudeza, la tensión, la redondez, la tempestad contenida con aplomo de lo que luego nos deparará toda su poesía. En este sentido, “Sentir frío” podría también cerrar la obra. Como un epílogo de la vida el poema abre, una y otra vez, la esperanza de la escritura, la posibilidad de sostener allí, sobre la página y la escena, erigiéndose como una puntada en el alma, la palabra en todo su esplendor, porque se trata de un poema casi perfecto. “Sentir frío,/ solamente/ el frío,/ la luz seca del frío./ Y una calle redonda/ y un sonido torpe, el del dolor/ goteando en un pozo,/ y un árbol helado/ como todo y muerto/ apretando el cielo.”

Como el poema entiende lo que el poeta no, comprobamos que allí se cifra la vida entera, en el cierre infinito de la muerte que deja que la palabra sobreviva. Sin embargo, en ese mismo libro, Gruss advierte sobre un peligro: “Estoy lejos de la palabra./ Vuelvo a asombrarme y empezar/ a amar lo maltrecho, lo trunco/ y sin embargo, ya ni siquiera puedo decir/ que estoy tan lejos,/ que reniego/ de la palabra y el presente;// ahora/ la luz me denuncia/ como a la sombra”. Transformar la imposibilidad de escribir en escritura podría considerarse un ars poética. La poesía es la representación total de esa imposibilidad. Al sobrepasar los límites del lenguaje, se desintegra lo previsible exaltando del sentido su bruma y no su claridad. Es más esperable del tono Gruss jugar a contradecir, poniéndole el pecho a la solemnidad filosófica que arrastra cierto saber poético, que avanzar en la reflexión clásica. De ahí, entonces, su “Antiars poética II”, donde confirma que el poema está en lo que no se escribe: “Esa playa en el río./ El río estaba muerto./ La playa vivía gracias a/ los juncos que estaban a un lado./ Un poeta chino lo supo/ y no lo escribió”.

En el poema podemos ser lo que no sabemos, estar donde no estamos. El yo será siempre una intriga, una invención, una trampa para lectores incautos que creen que el poema surge de la soledad de quien escribe. Mentira. No son nuestras emociones las que gestan y sostienen el poema sino al revés: el poema ratifica y desnuda (desanuda) lo oculto, lo demorado, lo aturdido. “Hoy me observo ante el espejo y veo/ a mi yo como un amigo difunto.” El poema nos espeja rotos, el poema nos confirma inéditos, el poema nos descoloca, oracular y rabioso.

LA INCOMPLETUD DE LO COMPLETO

Seguramente le sonaría raro a Irene Gruss que un libro suyo exaltara en la tapa el título de Poesía completa. Pero así sucede: ya está circulando un contundente tomo color uva, con una foto de Irene en la tapa, la cabeza inclinada, apoyándose en la mano, la mirada filosa, la verdad abierta en un gesto seco y penetrante. Con el sello de Ediciones en Danza y prólogo de Susana Villalba, el tomo reúne la totalidad de sus libros publicados en vida, el póstumo, también rescatado por En Danza, y poemas inéditos. Eduardo Mileo y Gabriela Franco, poetas y amigos de Gruss, estuvieron al cuidado de la edición, un gesto necesario cuando los autores y las autoras ya no están presentes.

Es cierto que la muerte corta de cuajo la creación: ya no habrá nuevos poemas, ya no habrá nuevos títulos. Sin embargo, la obra de una poeta como Irene Gruss nunca se acaba. El poema ofrece un don único: la posibilidad de la resignificación, cada vez. El poema se aferra a la evocación. El poema siempre dejará una zona abierta para una próxima lectura que siempre será la única. “Lo que puede la rosa” puede el poema: “Esta rosa casi abierta tiene un/ pétalo abierto en su totalidad,/ con una inclinación/ acentuada que me invita/ al baile”. Es en este sentido que Gruss exalta en su poética la incompletud. La ranura despejada, la herida como labios. Sus poemas concentran la potencia esquivando las digresiones. “Alejarse de la referencia para ver otra cosa. Podar la anécdota, liberarla de la superficie: escribir de menos para ver de más”, apunta certeramente Mileo. La tanza atraviesa el poema como a una jungla y de un tirón despierta el murmullo de los animales escondidos entre el follaje. Un lirismo ronco, intempestivo, feroz. “Ese coraje escondido entre el arrullo y la dureza”, describe Jorge Aulicino. “Sólo en la tumba/ una está a sus anchas, dijo/ la muerta./ Allí el cuerpo retoza/ y el alma pide a gritos silencio./ Sólo en la tumba/ una se desplaza y siente/ por primera vez/ la frescura del barro, la/ ilusión/ de que el único conversador/ puede ser/ el olvido.”

LA METAFÍSICA DE LO COTIDIANO

No es una novedad el recurso de lo cotidiano como materia poética. Es precisamente un recurso, uno de los tantos que pueden, sin desprestigiar la lírica, martillar sobre lo trivial, insistir hasta desandar, hasta que un giro hacia lo inesperado excite el sentido: “Decente como una columna/ fui a buscarte, decorosa como tabla donde se pica/ el ajo blanco, una cebolla,/ previa como la sábana/ recién tendida;/ así creo que/ fui a buscarte,/ más pura/ que la espera”.

Lo cotidiano en la poética de Gruss no sólo atañe a lo doméstico sino a cualquier circunstancia de la vida que por alguna razón resbala de su inmanencia para alcanzar lo esencial. Puede ser una escritora admirada, un libro, una película, un director de cine, la lluvia (mucha lluvia en sus poemas), el cuerpo, el alma entreverada con el asma, los hijos, la madre, el amor, la muerte. No se trata de nombrar alimentos, utensilios, pompas de jabón o la soga donde se cuelga la ropa, sino de valerse de cierto lenguaje concreto para rasguñar lo inefable, para decir lo desconocido de un modo habitual. “Amplios bolsillos para guardar/ las piedras de la orilla./ El agua estremecía,/ las burbujas eran luciérnagas/ sobre el río opaco./ Tanta belleza, más que fascinarla,/ fue insoportable./ Avanzó/ y murió ahogada,/ lúcida y envuelta/ en una terrible jaqueca, la última,/ decididamente insoportable.”

Este poema homenaje que titula “V. W.” no es más que una delicada descripción del final trágico y conocido de la autora de Las olas, Virginia Woolf, y no es menos que un diamante poético encumbrado en el latigazo de su síntesis.

Escrito por
María Malusardi
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