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AQUELLOS FUEGOS

Una lengua de fuego se elevaba como una tromba. Una lluvia ácida caía sobre los cuerpos desesperados que buscaban la salida mientras las sirenas de los bomberos hacían sonar todas las alarmas de la City desde la calle Maipú 555. Una antena caía sobre la vereda haciendo estallar los vidrios de la decaída fachada del restaurante El Mundo. De repente, silencio. Cenizas. Agua. Vidrios triturados. Humo negro. La voz fantasmal de alguien gritó: “¡Falta el operador!”. “¿Qué operador?”, pregunté. La luz verde del estudio, de la radio al aire, cayó como un flash iluminándome, mientras corría hacia el sótano donde las nubes de humo cenicientas se disipaban. “Los matafuegos estaban vencidos. No hay plan de evacuación”, escuché. Y mi desesperación a repetición: “¿Alguien murió, alguien murió?”. Violentamente, me incorporé, ahogada: la transpiración inundaba mi almohada. Me levanté impulsada por la necesidad de llegar rápido a la radio. Era enero de 2010. Hacía apenas cuatro meses que Tristán Bauer me había convocado a dirigir Radio Nacional Argentina (RNA). El mismo tiempo en que CFK me había preguntado: “¿Qué pensás hacer?”, algo tan obvio pero que no pude responder inmediatamente. Ahora sé que esa pregunta me ayudó a encontrar rápido la respuesta. Lo primero que debía hacer era poner de pie al animal más indómito de la comunicación, la siempre relegada radio pública, para cuidar su patrimonio y a su gente mientras pensábamos con Vicente Muleiro, mi vice, una programación que los oyentes sintieran como propia. Desde el día de la convocatoria a dirigir la radio tuve que controlar mi síndrome vertiginoso. Lo cierto es que a comienzos de diciembre de 2009, fui directamente al sótano a hablar con los trabajadores para ver el estado del edificio. Al revisar los matafuegos, vi que estaban vencidos. Inmediatamente, ordené aterrorizada que los 70 matafuegos de todo el edificio de RNA fueran revisados y cargados o cambiados. Perentoriamente. Y revisé con obsesión, por primera vez, los rincones de ese sótano. Había tanto para hacer, pero dos cosas eran urgentes: sacar las diez toneladas de discos vinilos del sótano y crear una enfermería. Después vendrían los transformadores, los estudios, los programas, los periodistas, las batallas por las ideas. Las 48 emisoras sin red, sin internet, sin web a equipar, los directores y periodistas a capacitar… Reponer una línea de teléfono directo a las salas de prensa del Congreso y en Casa de Gobierno que alguien durante el menemato ¡había ordenado cortar! Hacer un estudio de radio en el Congreso…

Pero la primera batalla sería contra la amenaza del fuego. Contra la certeza de que si alguna vez ardían los vinilos, ni toda el agua del Río de la Plata lograría apagar el incendio. Los matafuegos vencidos eran la antesala de mi pesadilla. Lo primero era la vida de los trabajadores de la radio y nuestros periodistas. El salvataje del patrimonio cultural vendría después. Entonces, convoqué a una colega entrañable para la tarea. Susana Pelayes debía ayudarme, con su equipo de Contenidos y Memoria, a enviar todo el material del sótano hacia la planta emisora de Pacheco con el registro mínimo para acelerar la tarea.Ya llegaría el tiempo de clasificaciones y archivos detallados. Hicimos un grupo y, con barbijos y guantes, comenzamos a evacuar el lugar, ayudados por los trabajadores del área de Mantenimiento y de la gerencia de artística, a cargo de Martín Giménez, entre otros colegas. Los containers iban y venían repletos. Cada uno que partía permitía un suspiro de alivio. La certeza de una partida ganada. La noche previa al último día de evacuación del material restante en el sótano ocurrió la pesadilla que cuento. Ya era el tórrido enero de 2010. Sentía miedo de no llegar a tiempo a prever una tragedia. Por eso, los heraldos negros del terror me habían visitado en la madrugada. Cuando finalmente el sótano quedó limpio –y se comenzó a planear la zona ignífuga–, el síndrome vertiginoso se detuvo. Nunca más volví a tener a la radio en mis pesadillas. Y de los cientos de momentos vividos hasta que dejé la conducción de RNA en diciembre de 2015, si el miedo al fuego, a la pérdida de una vida, había sido el más aterrador, su contracara fue la felicidad y la emoción la noche del Bicentenario, cuando el pueblo movilizado rodeó el estudio levantado por nuestro querido Elio Garone y los trabajadores de Mantenimiento, en plena avenida 9 de Julio, por nuestra Radio Nacional que ya había cumplido nada menos que 73 años. Cuando las voces maravillosas de Eduardo Aliverti y Liliana Daunes saludaron con un “Viva la patria, argentinos” desde nuestros micrófonos, los miles y miles de hombres, mujeres y niños que esa noche entonaban amuchados el Himno Nacional sintieron que la patria era un sueño posible. Y nuestra Radio Nacional, su voz.

Escrito por
Maria Seoane
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