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BOQUITAS PINTADAS

La primera vez que entendí, cabalmente, que no todo lo que parece “es” ocurrió en 1969, una madrugada calurosa de enero, mientras atravesaba con Carlos Eme, como lo llamábamos, la desierta avenida Paseo Colón y nos acomodábamos a esperar las noticias de lo que estaba sucediendo en una asamblea obrero-estudiantil en la sede de la Federación Gráfica Bonaerense, donde se tramaba un plan de lucha. El país era un hervidero e iba hacia la insurrección popular del Cordobazo contra la dictadura militar. La saña de la policía embestía no sólo contra estudiantes enrolados en la causa revolucionaria –fuera trotskista, peronista, maoísta o de otras identidades– sino contra cualquier manifestación que violara los edictos de moral y buenas costumbres –se encarcelaba a homosexuales y prostitutas– que establecían qué era “lo normal” o lo legal o lo moral, la forma cerval de la represión patriarcal. Con Carlos Eme cursábamos Economía en la UBA; asistíamos a conciertos en el gallinero del Teatro Colón; nos divertíamos en medio de la angustia de los exámenes escapándonos al cine Real a ver dibujos animados o divagando durante horas sobre cine, literatura e historia argentina. Esa madrugada nos sentamos a comer un sándwich de salame (el más barato) en las escalinatas de la Facultad de Ingeniería.

Carlos Eme era bello como un dios griego: alto, moreno, con pinta de instructor de rugby. Fue entonces cuando me dijo: “Me voy a trabajar a un frigorífico en Rosario”. Había aceptado proletarizarse, como se llamaba a la idea de que los estudiantes vivieran y trabajaran en fábricas para conocer, y convencer de la revolución, al movimiento obrero. No tenía novia ni se le conocían seducciones o aventuras en la facultad. Pero era evidente el temblor de su cuerpo, como si reprimiera un deseo intenso, ante la llegada de Juan, nuestro responsable político en la militancia estudiantil. Era de madrugada cuando nos despedimos. Hubo un largo abrazo pero no hubo ni datos ni señales que nos permitieran volver a saber el uno del otro. La clandestinidad marcaba un doble silencio y no sólo del paradero físico. Tal vez por eso aceptaba que hubiera una zona inaccesible cuando abordábamos temas vinculados al amor. Lo cierto es que era mejor no saber del otro: la tortura a los militantes era una constante de la represión dictatorial. Tal vez por esa idea suprema de “seguridad” aceptábamos una nueva y sutil forma de represión: nunca debíamos parecer lo que éramos. Pero antes de irse, Carlos Eme me confesó que estaba enamorado de Juan, como si fuera una forma de sellar con un secreto tremendo nuestro pacto de amistad.

Cinco años después, en mayo de 1974, en medio de violentas escaramuzas entre la derecha y la izquierda peronistas, con Perón cada vez más enfermo y la violencia política desatada, me pidieron comunicar a un compañero homosexual la negativa de aceptarlo en nuestro grupo. Habíamos tenido discusiones muy acaloradas sobre el tema. Muchos pensaban que serían débiles ante la represión, que se ensañaría contra ellos y, por ende, sería un asunto de seguridad interna protegernos y, también, protegerlos a ellos. Era una constatación dura de la prolongación de la exclusión castigadora del régimen heteropatriarcal, como le decían los fundadores del Frente de Liberación Homosexual (FLH), entre ellos, los geniales Néstor Perlongher y Manuel Puig. Montoneros solía cantar, por ejemplo, la degradatoria consigna “No somos putos, no somos faloperos…”. Los guevaristas no cantaban pero lo pensaban. Me opuse a la idea de la segregación pero perdí en la votación.

La cita era en el cine Callao, donde estrenaban la película Boquitas pintadas, basada en la genial novela de Puig, dirigida por Leopoldo Torre Nilsson. No fue necesaria una contraseña para reconocernos: allí estaba Carlos Eme, que había decidido, desde su militancia en el FLH, integrarse a nuestro grupo. La emoción intensa derivó en el mensaje patético de una burócrata que comunica algo en lo que no cree. Una mueca amarga y un largo silencio. Luego, decidimos hablar de nosotros. Decidimos hacer como si nada de esa interdicción, una sentencia mortal, tuviera lugar. Carlos comentó, como toda reflexión: “Tener pito no te hace valiente”. Nos separamos con la certeza de que sería la última vez que nos veríamos. Pensaba irse del país con su pareja, un cocinero francés. Años después, durante el exilio, supe que había muerto de sida en París. En 1983, pude contarle esta historia a Puig en su casa de Cuernavaca. Fue mi autocrítica. Y mi homenaje.

Escrito por
Maria Seoane
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