A cuarenta años del Mundial 86 y del relato histórico del gol de Diego a los ingleses, vale citar –como lo hacemos en esta edición– el recuerdo de Víctor Hugo. “Fue un episodio mágico en mi vida. Un toque divino para mi vida de Diego y de las circunstancias que rodeaban aquel partido con Inglaterra, porque aquel gol de Diego fue fantástico, porque había resistencia en el estadio contra la Argentina… Lo recuerdo como un golpe eléctrico, de estar agarrado al micrófono y que después del gol tuve que separar los dedos para poder soltarlo por la entrega nerviosa que significó eso. Así que digo: gracias a la vida, gracias a ese gol, porque es indudable que cambió mi vida.”
Y este recuerdo está muy grabado en la memoria colectiva porque finalmente también nos transformó. Diego Armando Maradona fue mucho más que el capitán de aquella Selección Argentina en ese mundial. Allí se parió un ídolo que se convirtió en el símbolo de un país que había perdido toda su alegría y que buscaba recuperar, gracias a sus agallas incomparables y su zurda imbatible, el orgullo de ser de este suelo. Se trataba de una Argentina golpeada por las consecuencias de la más sangrienta de las dictaduras militares. Y a cuatro años de la guerra de Malvinas y la crisis económica, Diego irrumpió como un líder natural capaz de unir a miles de personas en un sueño imposible detrás de una ilusión colectiva. Tan impecable fue su actuación en 1986 que por muchos especialistas fue catalogada como la mejor de la historia de los mundiales.
Maradona mostró un nivel que no se puede explicar en palabras. Era el conductor indiscutido de una escuadra dirigida por Carlos Salvador Bilardo. Todo pasó por sus pies y cada ataque argentino estuvo atado a su talento. La inteligencia y la creatividad de Diego quedaron plasmadas siempre. No solo organizó el juego: fue el responsable emocional del equipo y convirtió la presión en inspiración para el resto de sus compañeros.
“Soy un tipo normal que por hacerle un golazo a los ingleses que nos mataban los pibes en Malvinas hoy todo el mundo me reconoce”, dijo el 10 siempre que le preguntaron por este momento emblemático ocurrido el 22 de junio de 1986, en el estadio Azteca de Ciudad de México. Para muchos argentinos, el partido no era solo fútbol: era una revancha simbólica frente a un rival con el que existía una herida que todavía no logramos cerrar.
Maradona marcó dos de los goles más famosos de la historia del deporte. El primero fue el recordado en dosis iguales por la polémica y por la picardía: el gol de “la mano de Dios”. Maradona saltó junto al arquero inglés Peter Shilton y, con un leve toque de su mano izquierda, envió la pelota al arco. El árbitro no advirtió la infracción y convalidó el gol. Más tarde, el propio Maradona declaró que había sido convertido “un poco con la cabeza de Maradona y otro poco con la mano de Dios”.
Cuatro minutos después llegó el gol que lo decretó inmortal. Recibió la pelota en su propio campo, giró y empezó a correr. En segundos dejó atrás a varios futbolistas ingleses con cambios de ritmo y velocidad. Eludió a cinco jugadores y al arquero antes de definir. Fue una obra maestra del fútbol. Años después, ese tanto sería elegido por la FIFA como el mejor gol en la historia de los mundiales.
Diego eterno. Diego leyenda. Ese mismo que una vez, hace diez años, escribió: “Quiero hacer con ustedes una cena lo antes posible para contarnos cómo van las cosas, cómo estamos, si nos necesitamos unos a otros… Esto es lo que quiere el capitán que se siente orgulloso de lo que ustedes me dieron en 1986… Me pongo boludo y viejo, casi llorando porque ustedes conmigo, todo lo que sufrimos, le dimos la mejor, la mejor alegría a toda esta gente después de lo de Malvinas… Un beso grande a todos”.
