Hay mundiales que son simplemente torneos y hay mundiales que son epopeyas. México 1986 pertenece a la segunda categoría, no por azar ni por retórica, sino porque en él se congregaron, en el lapso de veintinueve días, todos los elementos de la tragedia y la redención: un genio incomprendido, una nación que cuatro años antes había enviado a sus hijos a una guerra perdida, un entrenador obsesivo que soñaba y un balón que, tarde o temprano, siempre terminaba en el pie izquierdo de Diego Armando Maradona.
El equipo que partió hacia México en mayo de 1986 no era querido en la Argentina. Ni siquiera sus familias viajaron a acompañarlos. Bilardo, sin embargo, tenía una certeza que compensaba todos los titubeos: tenía a Maradona. Y antes de embarcar, pronunció la frase que sintetizó su filosofía de vida como un manual de supervivencia: “Muchachos, en la valija pongan un traje y una sábana. El traje lo usamos cuando bajemos del avión con la Copa, y la sábana por si perdemos y tenemos que irnos a vivir a Arabia”.
Tras ganarle a Corea, empatar con Italia y vencer a Bulgaria y Uruguay, llegó el partido más esperado, cuartos de final contra Inglaterra.
El partido del 22 de junio de 1986 fue, para millones de argentinos, algo más que un cuarto de final. El estadio Azteca reunió 114.580 personas. El aire de la Ciudad de México, a 2.240 metros de altitud, hacía que el balón viajara más rápido y que los pulmones tardaran más en recuperarse. El primer tiempo fue tenso e igualado. Ninguno de los dos equipos cedía espacio. Inglaterra, dirigida por Bobby Robson, tenía a Gary Lineker como referencia de área: un centro delantero clásico, eficaz y letal.
Minuto 51. Maradona recibe en el área chica. La pelota llega alta, casi al borde de la mano de Shilton, el arquero inglés, que también salta. Dos manos se elevan. Una tiene guantes. La otra pertenece a un hombre de apenas 1,65 metros que, en la descripción propia y posterior, invocará a la divinidad. El árbitro tunecino Ali Ben Nasser convalidó el gol. Los ingleses protestaron. Nadie les dio la razón. En el vestuario, ante las cámaras, Maradona sonrió: “Yo no la toqué, fue la mano de Dios”.
Cuatro minutos después del escándalo, Maradona recibió la pelota de Héctor Enrique en la mitad de su propia cancha. Lo que siguió duró once segundos y cubrió sesenta metros. Pasó por los cuerpos de Hoddle, Reid, Butcher, Fenwick, Butcher otra vez, y finalmente ante Peter Shilton, a quien dejó sentado en el suelo con una finta. El gol fue elegido décadas después como el mejor de la historia de los mundiales en una votación de la FIFA.
Gary Lineker, que descontaría al minuto 81 para el 2-1 final, confesó que, de no ser por lo que significaba el partido para él, habría aplaudido el segundo gol desde la cancha.
Le siguió un gran triunfo frente a Bélgica por 2 a 0 y el pase a la final.
A las doce del mediodía del 29 de junio, el Azteca volvió a llenarse por tercera vez en el torneo: 114.600 personas. Alemania Federal, dirigida por Franz Beckenbauer –el Kaiser reconvertido en técnico–, llegaba a la final después de haber eliminado a Francia en la semifinal. Tenía a Rummenigge, a Völler, a Briegel, a Schumacher en el arco. Era un equipo ordenado, poderoso y sin fisuras evidentes. En un partido para el infarto, Argentina derrotó a Alemania por 3 a 2.
Siete partidos. Catorce goles a favor, cinco en contra. Maradona fue el goleador del equipo con cinco tantos y además repartió cinco asistencias, es decir, participó directamente en diez de los catorce goles argentinos. Valdano marcó cuatro. Burruchaga, dos. Un hombre sin equipo abrió el marcador en la final.
La Copa de Oro llegó a Buenos Aires envuelta en el invierno austral. El traje que Bilardo había ordenado empacar sirvió. La sábana quedó en la valija.
El Mundial de México no consagró simplemente a un equipo: consagró un mito, con todo lo que los mitos tienen de hermoso y de oscuro. Fue la confirmación de que el fútbol, cuando quiere, puede ser literatura.
