Podría suceder lo inesperado. Que surjan nuevas pandemias, como la terrorífica y planetaria ya experimentada con el virus covid-19, por ejemplo. O bien esperar un tiempo más y ver cómo se verifican las fatídicas consecuencias medioambientales vinculadas con el imparable calentamiento global. Otras derivas catastróficas son altamente probables en caso de que se produzcan enfrentamientos bélicos que se vayan de las manos de las dirigencias políticas y abran paso a un apocalipsis nuclear.
Los conflictos localizados, de mayor o menor intensidad, no han cesado desde el fin de la Segunda Guerra Mundial y podrían crecer a partir de las rivalidades económicas y tecnológicas entre las principales potencias del globo (y sus aliados secundarios), eventualmente enfrentadas en búsqueda de alimentos, energía o insumos críticos para sostener sus ambiciones de primacía.
Hay también quienes, como se ha advertido recientemente, ven cierta posibilidad de un cercano fin del mundo, barajado como eventual consecuencia de un despliegue sin controles de la inteligencia artificial.
Urgencias
En cualquier caso, considerar acontecimientos probables en plazos inmediatos o lejanos es materia cotidiana e ineludible para analistas, científicos, agentes económicos y responsables políticos encargados de proponer vías de solución a las urgencias coyunturales.
Durante los siglos de la Antigüedad, anticiparse a esos retos era misión de augures y pitonisas, llamados a descifrar los mensajes surgidos en los oráculos. O bien, a deducir supuestos significados del vuelo de halcones y la inspección de sus vísceras.
En la Edad Media las órdenes religiosas disputaban las mismas tareas adivinatorias sobre la base de sus dogmas respectivos, en competencia con las predicciones de brujos y hechiceros.
Ante semejante desafío, presente también en la actualidad, la literatura de ciencia ficción se presta como atajo a la hora de prefigurar escenarios venideros, ya que ofrece “un método poco utilizado pero accesible para explorar y planificar posibles futuros”, sostiene Eloise Dennis, del Australian Institute of Policy (Aspi).
Anticipos

En 1865, Julio Verne publicaba el primer capítulo de uno de sus viajes extraordinarios. De la Tierra a la Luna fue su tercera novela de ficción y la primera que publicó por entregas.
Verne contó con la ayuda de matemáticos, astrónomos, ingenieros, para dar veracidad al relato. Tal es así que muchos lectores parisinos del Journal des Débats creyeron que era una crónica de un hecho real y pidieron ser parte de la tripulación.
Tuvieron que pasar más de cien años para que la misión Apolo XI alcanzara sus sueños. Pero Verne acertó en cuestiones como los experimentos con animales, y el lugar de lanzamiento del cohete espacial: Florida, Estados Unidos, donde hoy se ubica la base de Cabo Cañaveral.
El libro inspiró años más tarde a Georges Méliès para la escena de un proyectil impactando en la cara de la Luna, en uno de los planos más famosos de la historia del cine.
Los ejercicios del escritor francés seguían la corriente de su época, en la que los descubrimientos científicos y desarrollos técnicos anticipaban con optimismo un permanente “progreso” de las sociedades (hoy se sabe que esas visiones ocultaban lacras como la dominación colonial de unos pocos países sobre el resto del planeta, el saqueo de recursos naturales y la extendida explotación laboral que acompañó a la llamada Revolución Industrial).
Presente
Coordinadora de programas en el Centro de Desarrollo Profesional y de Mejora de Capacidades de Aspi, Dennis aclara que el análisis predictivo es actualmente la herramienta más común para considerar diferentes posibilidades.
Advierte, sin embargo, que ese proceso está sujeto a sesgos mentales inconscientes que nos permiten juzgar rápidamente sin sopesar cada dato: “Nuestra percepción de la probabilidad de un evento está en función de la facilidad con la que nos viene a la mente un ejemplo de dicho evento”.
Esto es, si no podemos pensar en un ejemplo, es más probable que descartemos la posibilidad. “Y si todos nuestros ejemplos son repeticiones de los mismos precedentes históricos o narrativas dominantes, percibiremos esos futuros como más probables y no consideraremos nuevas posibilidades.”
Existe, sin embargo, un método para conceptualizar posibilidades poco convencionales: los relatos fantásticos y de ciencia ficción, que han sido durante mucho tiempo vías de escape para que la humanidad reflexione sobre futuros que nadie había considerado antes.
Esos géneros se convirtieron cada vez con mayor fuerza en una forma de procesar las inquietudes sobre las tecnologías emergentes, de expresar optimismo ante los futuros que la ciencia podría ofrecer y hasta de justificar políticas gubernamentales o estrategias empresariales.
Ejemplos

Entre los ejemplos de obras que predicen el futuro pueden mencionarse El mundo liberado (1914), donde H. G. Wells imaginó el uso de bombas atómicas tres décadas antes de los bombardeos de Hiroshima y Nagasaki.
La novela del británico John Brunner Stand on Zanzibar (1968, Todos sobre Zanzíbar en la versión española) conceptualizó una Europa unificada y el ascenso de China como potencia mundial.
Lo más probable, según los parámetros de evaluación actuales, advirtió el historiador italiano Glauco Maria Cantarella, es que los períodos de cambios progresivos y de rupturas muchas veces imprevisibles, como este del cual somos testigos y no conocemos su resultado, determinen, como ocurrió tantas veces en el pasado, una historia totalmente distinta a la conocida hasta entonces.
Utilizar la ciencia ficción para fundamentar políticas no es un concepto nuevo, según detalla Dennis: los novelistas estadounidenses Larry Niven y Jerry Pournelle fueron algunos de los que abogaron ante el presidente Ronald Reagan para que creara el sistema de defensa antimisiles conocido como el programa Guerra de las Galaxias; en 2005, el ejército canadiense encargó a Karl Schroeder la obra Crisis en Zefra, un escenario futuro dramatizado que examina cómo una fuerza de mantenimiento de la paz podría enfrentarse a una insurgencia urbana utilizando drones y sistemas de información modernos, de forma similar al conflicto actual en Ucrania; en 2019, el ejército francés anunció la creación de su propio equipo de escritores de ciencia ficción encargados de imaginar cómo los Estados y los terroristas podrían explotar la tecnología del futuro; en 2023, el Ministerio de Defensa británico contrató a los escritores de ciencia ficción P. W. Singer y August Cole para escribir ocho relatos cortos sobre cómo las tecnologías emergentes podrían moldear la guerra del futuro; en la reciente Conferencia de Defensa de Aspi, desarrollada en junio último, el entonces jefe del ejército australiano, el teniente general Simon Stuart, citó al escritor de ciencia ficción William Gibson durante un debate sobre el papel de las tecnologías emergentes en la estrategia de disuasión: “El futuro ya está aquí. Simplemente no está distribuido de manera uniforme”, sostuvo.
“La ciencia ficción ofrece ventajas analíticas que abordan directamente los sesgos comunes en el pensamiento estratégico. Al presentar mundos y escenarios desconocidos desafía las suposiciones sobre cómo deben funcionar los sistemas, ampliando el abanico de posibilidades que los analistas pueden considerar”, explica la investigadora australiana.
Métodos
Lo cierto, agrega, es que la ficción científica contrarresta las técnicas y métodos habituales (la heurística) disponibles para resolver un problema, al exponer un catálogo más amplio de futuros imaginados. Lo cual implica que los juicios sobre la probabilidad de un evento dependen menos de la historia o la experiencia.
“Al ofrecer escenarios predefinidos –continúa Dennis– la ciencia ficción reduce la carga cognitiva de explorar ideas no convencionales, de modo que la consideración de resultados radicalmente diferentes pasa ser un ejercicio menos exigente.”
El género literario, por lo demás, puede ir más allá de los objetivos meramente estéticos y ser portador de determinadas ideologías e intereses concretos.

Es decir, a través de la ciencia ficción no pocas veces se busca aportar visiones prosaicas, que reflejan intereses de países, alientan la reproducción de esquemas de dominación y apuntan a facilitar negocios de grupos económicos.
Al fin de cuentas, la mayor parte de las obras de sci-fi (como la llaman los anglosajones), más allá de los detalles técnicos de las innovaciones, se encuadran en un contexto económico y sus ramificaciones sociales.
Véase el caso de Un abismo en el cielo (título original en inglés A Deepness in the Sky) escrita por el estadounidense Vernor Vinge en 1999 y traducida al castellano en 2002, tras ser galardonada con el premio Hugo en 2000.
La novela trata sobre el encuentro con una civilización extraterrestre de seres con aspecto de arañas y tecnología preespacial. El planeta en el que habitan orbita sobre una estrella llamada On/Off, que debido a un desarrollo anómalo, se “apaga” en ciclos regulares, obligando a los habitantes del planeta a hibernar durante largos períodos de doscientos años.
Dos civilizaciones humanas envían sendas naves al encuentro de las “arañas” y se produce un conflicto entre ellas, debido a sus filosofías contrapuestas. De modo simultáneo la trama se narra también desde el punto de vista de los alienígenas, sumidos en sus propios problemas internos. Todo lo cual traspone los actuales conflictos terrestres y proyecta un determinado escenario imaginario que, en rigor, refuerza posicionamientos de personas, grupos y países similares a los del presente.
Economía
Deepness… es también una gran meditación sobre la economía pública. The Peace War, y su secuela, el cuento “The Ungoverned”, son modelos del ciclo económico estadounidense, con ingenieros genios solitarios que se unen a fuerzas policiales privadas para derrocar a un gobierno tecnocrático fascista compuesto por administradores universitarios.
Años después, en la ópera espacial de aventuras A Fire upon the Deep, las fuerzas de seguridad privadas fracasan estrepitosamente ante una poderosa amenaza externa, lo que muestra que Vinge comprendió que la seguridad es un bien público.
En Deepness…, Vinge añade otro: la investigación. La narrativa se divide entre una raza de seres arácnidos con tecnología propia del siglo XX y un gremio espacial de comerciantes humanos llamado Qeng Ho.
En el mundo arácnido, el protagonista es un brillante científico y genio solitario por excelencia, pero termina necesitando la financiación del gobierno para su investigación.
Mientras tanto, en el espacio, el heroico empresario comerciante Pham Nuwen lucha por decidir si debe convertir su flota mercante en un gobierno interestelar.
Los gobiernos, según él, son buenos para producir avances científicos realmente nuevos, pero eventualmente se vuelven inmanejables y asfixian la economía y la sociedad, para luego colapsar bajo su propio peso institucional.
Otra novela, Accelerando, de Charles Stross, describe posibilidades extravagantes y originales. En una parte, el personaje principal, el empresario y emprendedor errante Manfred Macx, utiliza algoritmos informáticos avanzados para implementar con éxito una economía centralmente planificada óptima, al predecir lo que los humanos querrán incluso antes de que sepan que lo quieren.
Como las diversas innovaciones disruptivas inevitablemente atraen la ira de la ley, Macx crea una nube protectora de abogados de IA para librar una constante “guerra jurídica” contra gobiernos y corporaciones por igual.
Leer ciencia ficción, en definitiva, bien podría enriquecer las conclusiones de los clásicos del liberalismo económico, al igual que las de los críticos heterodoxos, más allá de que el pensamiento imaginativo no siempre se recompensa adecuadamente en el análisis profesional.
Dennis advierte que plantear escenarios que se salgan de lo convencional conlleva un riesgo para la reputación profesional, mientras nuestra tolerancia a proponer narrativas alternativas es baja.
“Es más fácil descartar sugerencias extravagantes que abordar seriamente los supuestos que cuestionan, y esta tendencia refuerza los puntos ciegos analíticos”, señala la investigadora.
Posibilidades
Así, la ciencia ficción –una solución de bajo riesgo y bajo costo– ofrece un espacio donde los estrategas pueden explorar posibilidades no convencionales sin enfrentarse directamente al consenso institucional.
“A medida que aumenta la imprevisibilidad de los conflictos, también lo hace el costo de un análisis deficiente. El análisis predictivo por sí solo no puede seguir el ritmo de las nuevas amenazas, y los sesgos cognitivos limitan el abanico de futuros que estamos dispuestos a considerar”, concluye Dennis.
Vale por último mencionar la novela El año del diluvio, de la canadiense Margaret Atwood (autora, entre otras obras, de El cuento de la criada, recreada en el cine).
La reconocida escritora aporta un texto distópico/apocalíptico/filosófico, en el que las externalidades negativas, la información asimétrica y las instituciones débiles hacen del mundo una pesadilla.
Acaso meras especulaciones, al fin y al cabo. Aunque también cabría pensar en ejercicios anticipatorios de un posible y preocupante futuro.
En todo caso, podría suceder lo inesperado.
