En 1946, hace ocho décadas, Juan Domingo Perón asumió por primera vez la presidencia de la nación.
Desde ese momento el peronismo vivió muy distintas situaciones. Ejerció el poder presidencial, fue objeto de violentos golpes de Estado, fue prohibido y perseguido, sufrió la muerte y la desaparición de miles de sus cuadros políticos y sus seguidores, actuó como oposición democrática durante gobiernos también democráticos y en la actualidad aparece como la opción con mayores posibilidades de suceder al actual gobierno anarco-neoliberal de Milei.
En todas y cada una de esas situaciones el peronismo conservó una elevada vigencia como actor político de primera magnitud.
Cabe la pregunta sobre cómo sobrevivió el peronismo a todos los avatares que atravesó a lo largo de ocho décadas y, más aún, cabe también preguntar si el peronismo será capaz de conservar su vigencia a pesar de la ola neoliberal que vive nuestro país y de los conflictos que se registran a nivel mundial.
Para ensayar una respuesta se comienza por repasar las fuerzas políticas y la duración total de sus presidencias que se sucedieron en estos ochenta años, así como las consecuencias de esas alternancias sobre nuestro país, para luego ensayar una respuesta a la cuestión de fondo: las razones de la vigencia del peronismo.
Alternancias en el ejercicio del poder y sus consecuencias
Desde 1946 nuestro país alternó aproximadamente 28 años de gobiernos peronistas –las tres presidencia de Juan Domingo Perón, el interinato de Cámpora, Isabel Perón, el interinato de Eduardo Duhalde, la presidencia de Néstor y las dos de Cristina Kirchner, y la de Alberto Fernández– con 16 años de gobiernos de la UCR –Frondizi, Guido, Illia, Alfonsín y De la Rúa–, con 14 años de dictaduras –Lonardi y Aramburu en la autodenominada Revolución Libertadora; Onganía, Levingston y Lanusse en la “Revolución Argentina”, y Videla, Massera y Agosti en la última cívico-militar–, diez años de Menem –no clasificado como peronista por su gobierno ultraliberal–; así como siete años de gobiernos neoliberales –Macri y lo que va de la presidencia Milei–, tomando en cuenta que las gestiones neoliberales se extienden a quince años al incorporar las correspondientes a la dictadura cívico-militar.
Interesa destacar que en esos ochenta años nuestro país vivió catorce cambios de un régimen a otro de signo completamente opuesto que implementó políticas diferentes e intentó desandar los avances alcanzados por la gestión precedente.
Se estima que la causa principal del mal desempeño socioeconómico de nuestro país se origina en estas idas y vueltas en el rumbo político cuyo principal ingrediente no es otro que el irresuelto enfrentamiento entre el peronismo y el antiperonismo, un fenómeno complejo que conviene analizar en detalle.

Las razones de la vigencia peronista
Es posible afirmar que las fuerzas opuestas al peronismo en todo momento se plantearon su anulación e incluso su destrucción, mientras que nunca persiguieron la superación de sus propuestas al conjunto de la sociedad.
Una de sus herramientas más recientes y visibles son las fake-news con que el neoliberalismo enfrenta al peronismo. Entre las principales figuran las acusaciones de corrupción que nunca fueron demostradas, a pesar al juicio y la condena sin prueba alguna a Cristina Kirchner. Otras fake-news se evidencian con el intento de instalación del miedo al denominado “retorno kuka”, basado en que el peronismo propicia la inflación por no sostener la necesidad del superávit fiscal, cuestión fácilmente rebatible con la constatación de los datos oficiales de la evolución del superávit fiscal en cada presidencia.
Con esta continua reiteración, estas mentiras han calado hondo en buena parte del electorado y será necesario deconstruirlas.
Otro componente del antiperonismo, mucho más larvado y difícil de contrarrestar, es la instalación por parte de establishment del miedo al peronismo. Una cuestión que se encuentra profundamente enraizada en los odios que caracterizan nuestra historia desde su propio nacimiento en 1810 y que continuaron con los sangrientos enfrentamiento entre unitarios y federales, el genocidio indígena, nuestra vergonzosa participación en la Guerra de la Triple Alianza y los que en su momento dieron sustento a la Semana Trágica, los levantamientos de la Patagonia Rebelde y a los bombardeos a la Plaza de Mayo, los fusilamientos de José León Suárez, la prohibición del peronismo, la proscripción de Perón, seguida por los 30.000 desaparecidos y más recientemente por el intento de asesinato, el encarcelamiento y la proscripción de Cristina Kirchner.
Esta supervivencia podría explicarse mediante la constatación de que el peronismo es mucho más que un partido o un movimiento político; es una filosofía, cuestión que lo diferencia de cualquier otro partido o movimiento político, incluso a nivel mundial.
La afirmación de que el peronismo, o el justicialismo si se prefiere, se asienta en una filosofía propia que lo identifica y a la vez lo distingue de las demás fuerzas políticas, se sustenta en la existencia y la vigencia de los cuatro elementos que caracterizan a cualquier filosofía: un objeto en términos ontológicos, antropológicos y epistemológicos; un conjunto de valores éticos, políticos y doctrinarios; una lógica y método argumentativo, y una praxis que guía su accionar.
Muy brevemente, el peronismo como objeto define al hombre en modo integral, rechazando tanto el individualismo que aísla al hombre, como el colectivismo que anula al individuo en favor del Estado, y lo concibe como una unidad que solo puede realizarse plenamente dentro de una comunidad que también se realiza.
Los principios rectores éticos y políticos del peronismo están claramente definidos por la justicia social, que implica la dignificación del trabajador y la distribución equitativa de la riqueza; la independencia económica mediante el libre manejo de nuestros recursos e industrias nacionales frente a los extranjeros, y la soberanía política, que no significa otra cosa que la libre determinación del pueblo para elegir su destino sin tutelajes externos. Esos principios éticos están claramente explicitados en sus 20 verdades, que mantienen su vigencia a pesar del paso del tiempo.
Doctrinariamente el peronismo sostiene la tercera posición, tanto como método de inserción global, como mecanismo para resolver sus conflictos internos y los que mantiene con otras fuerzas mediante una superación dialéctica, no como un posicionamiento pasivo, sino como alternativas ideológicas y prácticas que en su momento le permitieron elaborar una postura propia y superadora de la confrontación entre el capitalismo y el marxismo. Esa misma doctrina es la que hoy se plantea como solución para posicionarnos ante la actual lucha por la hegemonía mundial que vienen sosteniendo los EE.UU. y China.
Desde su lógica y método argumentativo, el peronismo desarrolló conceptos técnicos y culturales precisos que modificaron el lenguaje político argentino, tales como la comunidad organizada: un modelo social donde las instituciones intermedias (sindicatos, universidades, agrupaciones) participan activamente en las decisiones del Estado; la dignidad del trabajo, que considera al trabajo no como una mercancía, sino como una función social reguladora; una teoría del liderazgo basada en la persuasión y la armonización de intereses sectoriales, diferenciada de la mera “administración” o de la dictadura, entre muchas otras definiciones.
A lo largo de su historia el peronismo supo definir las prácticas políticas de cada etapa, tanto durante sus gobiernos, a los que siempre accedió democráticamente, como durante la resistencia a su represión y a las dictaduras, como cuando le tocó actuar democráticamente desde la oposición.
En las presentes circunstancias, ante el descalabro social, político y económico que estamos viviendo y que se viene deteriorando aceleradamente durante el (des)gobierno de Milei, el peronismo se encuentra en pleno análisis y definición de sus tácticas y estrategias para enfrentar con la imprescindible unidad al anarco-neoliberalismo, así como sus propuestas al conjunto de la sociedad que le permitan primero recuperar el ejercicio del poder y, logrado ese objetivo, avanzar hacia sus propósitos de alcanzar la grandeza de la patria y la felicidad del pueblo.
Estos análisis y definiciones tienen en consideración el reciente triunfo de Lula en Brasil, que no solo alienta al retorno del peronismo en las elecciones de 2027, sino que también refuerza la posibilidad de reconstruir la alianza de las fuerzas progresistas de la Unasur.
