Para toda una tradición, escribir supone un verbo intransitivo, una aventura que se despliega a su antojo, ajena a intenciones previas, a argumentos preconcebidos, a razones que circulen por fuera de sus propios marcos y parámetros. Será ella misma –la escritura– la que dicte sus caprichos y que, en su ritmo y sintaxis, en sus elecciones léxicas y –tan o más importante– en lo que decida silenciar o escatimar, se inscribirá a favor o en contra, en sometimiento o tensión, de ese sistema general que es la lengua social o, mejor aún, de los usos convencionales del lenguaje. Allí, y no en su contenido –y mucho menos aún, en el explícito compromiso del autor–, radicaría la posición y la potencia, ética y política, de la escritura.
Sometido a los designios de esa moral de la forma, Alan Pauls (Buenos Aires, 1959) ha diseminado una obra que abreva en los amores y desamores, en las relaciones epistolares, en los vericuetos del tiempo, en la década de los 70, en la maledicencia que anida en las habladurías del mundo aunque sin abordarlos como temas o anécdotas estrictamente, puesto que, para alguien como Pauls, no existe otra cosa que organizar el trayecto, siempre digresivo, que impone el deseo de la lengua.
La segunda de la segunda

La editorial Marciana, con viveza criolla y los pies sobre la tierra, se hizo con los derechos de El coloquio, la segunda novela del autor, publicada originalmente en 1990, que se hallaba fuera de circulación. La travesía de su escritura pergeña un caso policial que se erige gracias a un puñado de voces que remiten a típicos personajes del género en cuestión: el detective (Brod), el ayudante (Werfel), el testigo (Mossalini), el presunto victimario (Pablo Daniel F.), la presunta víctima (Dora D.), entre otros. La verdad de los hechos –sesgada de entrada por el modo condicional de la narración, en una parodia al perezoso recurso periodístico– importa menos que la circulación de los testimonios arbitrados por un narrador que, con pequeñas intervenciones, sabe cómo producir más de una carcajada.
El coloquio se desenvuelve de la forma en que, para uno de los personajes, se representa la muerte: “Ese alargarse el tiempo, esa interminable duración despoblada de hechos, un paisaje llano y desierto en el que ráfagas de arena nunca cesaban de viajar”. Pretender asir un acontecimiento, un contenido, una psicología implica desatender la única aventura, de la que todo surge y del que se desprende el único fondo: esta suerte de diálogo platónico en prosa, como sostiene Michel Nieva, guionado por Becket y filmado por Buster Keaton, en el que Pauls, en la pulsión de escribir por escribir –esto es, de modo intransitivo–, de continuar para no detenerse, concibe una ficción de un único e inmenso párrafo; un espacio en el que la escritura goza consigo misma, a su tiempo, a su ritmo, desinteresada de cualquier mirada ajena.
