Aunque no lo diga a viva voz, el presidente Javier Milei añora los tiempos de la Argentina opulenta del modelo agroexportador, un país que apostaba todas sus fichas a que una buena cosecha fuera clave para vivir tranquilos todo un año. Ese esquema daba ese beneficio, en especial, a una clase terrateniente dominante, aunque una gran mayoría de la población estaba excluida de los beneficios del modelo que rigió hasta la crisis mundial de 1930.
En la actualidad la producción agroindustrial de la Argentina tiene muy poco que ver con la de hace más de un siglo. Hoy la productividad del agro se basa en paquetes tecnológicos, semillas híbridas, fertilizantes, biotecnología, siembra directa –otro invento argentino–, digitalización de procesos, drones y agricultura de precisión, maquinaria agrícola de punta, todos factores que han permitido multiplicar la producción de cereales y oleaginosas desde fines de los años 90.
En este contexto, el Gobierno ya hace casi dos años comenzó un proceso de reducción gradual de los derechos de exportación a los productos agroindustriales, aunque las quejas en el sector continúen a la orden del día “hasta que las retenciones sean eliminadas completamente”, aseguran los principales referentes de la agroindustria.
La jugada de Milei es simple: apalancar el crecimiento económico en la exportación de bienes de tres grandes sectores, el agro, Oil & Gas y la minería. Casualmente o no, son los ganadores del modelo libertario, mientras que en la vereda contraria se ubican los mayores perdedores y generadores de empleo, como son la industria manufacturera, el comercio mayorista y minorista y la construcción.
Otra cara de la moneda
Esta foto del perfil productivo del país permite ver por qué la actividad económica no levanta, por qué en el segundo trimestre el desempleo volvió a subir al 7,9 por ciento de la población económicamente activa, y por qué los analistas ya anticipan una nueva suba de la pobreza, pese a que la inflación empezó a ceder algunas décimas en los últimos meses.
Durante décadas políticos de distintos mangrullos ideológicos han sostenido que no importaba tanto el manejo de las cuentas públicas o la persistencia de un déficit fiscal difícil de financiar. Si Dios nos tiraba una soga y el clima acompañaba, “con una cosecha, Argentina se salvaba y podía tapar los agujeros” que la política había abierto en forma descuidada y negligente.
Con los años la economía argentina se hizo muy dependiente de los dólares que aporta el campo, genéricamente hablando, no solo agricultura, también ganadería y economías regionales, al punto que desde la crisis de 2002 se aplican derechos de exportación o retenciones, uno de los pocos países en el mundo que grava con un impuesto –para algunos productos con elevadas alícuotas– para colocar sus productos en el exterior.
Según datos del Indec, entre enero y agosto de este año se exportaron 67.248 millones de dólares en todo concepto. En el desagregado por grandes rubros, la exportación de productos primarios representó el 24,5 por ciento del total, mientras que las manufacturas de origen agropecuario (MOA) capturaron un 33 por ciento. Es decir, que el “campo” generó casi seis de cada diez dólares que ingresaron al país por esta vía. Completan el cuadro manufacturas de origen industrial (MOI) (26,6%) y combustibles y energía (15,9%).

Una ficha a Vaca Muerta
En el discurso oficial, hasta la explosión de Vaca Muerta y el renovado desarrollo de proyectos de minería metalífera y de litio gracias a los beneficios tributarios y cambiarios del RIGI (Régimen de Incentivos a las Grandes Inversiones), la Argentina vivía bajo la dictadura de la restricción cambiaria. Ahora, dicen, eso está cambiando, aunque tal vez no tanto.
La restricción es la escasez de dólares para pagar las importaciones que requieren la industria y el comercio para funcionar, sumado a los dólares necesarios para hacer frente a los compromisos de la deuda externa, tanto con organismos multilaterales de crédito como con acreedores privados y para afrontar el creciente saldo negativo del balance cambiario de servicios, impulsado por oleadas de argentinos que vacacionan en el exterior y, por lo tanto, gastan dólares.
En su presentación ante los principales empresarios del país en el último encuentro del Consejo de las Américas en el coqueto Hotel Alvear de Buenos Aires, el viceministro de Economía, el chileno José Luis Daza, aseguró suelto de cuerpo que “hoy Vaca Muerta exporta más que el agro”. Hay por lo menos un error de apreciación, porque los números no le dan.
Los más de sesenta complejos agroindustirales que producen y exportan en el país casi cuadruplican lo que se exporta de gas natural y petróleo y derivados. Lo que sí está ocurriendo es que el furor de las inversiones en Vaca Muerta gatilló un despegue de las exportaciones hidrocarburíferas.
En los primeros ocho meses del año saltaron 48,9 por ciento según datos del Indec, versus 15,3 de los bienes primarios, 13,9 de las MOA y 23,9 por ciento de las MOI, aunque en este último caso se contabilizan las exportaciones de carbonato de litio, casi podría decirse que un commodity de este mineral.
El aporte del campo
Tras una campaña agrícola 2025/26 que finalizó en récord histórico –las fuentes varían entre 157 y 163 millones de toneladas–, toda la expectativa está puesta ahora en la nueva campaña gruesa –maíz, soja, girasol y sorgo– que está comenzando la ventana de siembra, variando algunas semanas según el cultivo.
La magnitud de la actual campaña agrícola será determinante durante el segundo y tercer trimestres de 2027, cuando los exportadores comiencen a liquidar divisas. Esto será apenas unos meses antes de que se instale ya con fuerza la campaña electoral, que terminará por sentar al próximo presidente o presidenta en el Sillón de Rivadavia, sucediendo a Javier Milei o siendo él mismo reelecto para el período 2027-2031.
En este contexto, la campaña 2026/27 ya comenzó con los cultivos de invierno, donde destacan el trigo y la cebada. Según las proyecciones de la Bolsa de Cereales de Buenos Aires y dependiendo de los rindes finales, arrojará una producción de 23,4 Mt (millones de toneladas) de trigo, una caída de -15,8 por ciento respecto de la campaña anterior, cuando totalizó 27,9 Mt, récord histórico para el cereal. En el ciclo en curso, además, se redujo en 3 por ciento el área sembrada, que quedó en 6,5 Mha (millones de hectáreas).
En cuanto a la cebada, el área sembrada se incrementó 3,8 por ciento hasta 1,27 MHa, pero los rendimientos darán una merma en la cosecha de -7,4, alcanzándose los 5 Mt en este grano.
Con estos datos toda la expectativa está puesta en la cosecha gruesa, que concentra al principal cultivo por volumen, el maíz, además de las dos principales oleaginosas, la soja y el girasol, claves en el agregado de valor en derivados como el aceite en este último caso, y aceite, harina y pellets en la soja.
Según estimaciones de la Bolsa de Cereales de Buenos Aires, que el pasado martes hizo el lanzamiento formal de la campaña gruesa, el área a sembrar llegará a 37.020.000 hectáreas, un incremento de 0,2 por ciento versus la campaña previa, mientras que la producción total de granos alcanzará las 157.850.000 toneladas.
“La producción se sostiene, pero su aporte económico crece. Ese es uno de los mensajes centrales de esta campaña: podemos volver a producir en niveles récord y, al mismo tiempo, generar más valor y más exportaciones para la Argentina”, explicó Ramiro Costa, gerente general de la Bolsa de Cereales de Buenos Aires, durante el lanzamiento de ciclo de la gruesa.
En las proyecciones de producción por cultivo, el maíz alcanzará las 66 Mt (3,1% más) la soja llegará a 53,6 Mt (7%), el girasol se mantendrá sin cambios en 7 Mt, y el sorgo cosechará 2,85 Mt, una suba de 1,8 por ciento. En cuanto a las exportaciones de granos y derivados treparán a 41.497 millones de dólares, mientras que, en el aporte al fisco, la recaudación del sector agroindustrial será de 15.037 millones.
