Hay silencios, miradas cómplices, pensamientos no escritos: los sistemas de inteligencias artificiales como Palantir están ahí. Son parte del andamiaje con que las corporaciones tecnológicas erosionan los acuerdos de convivencia basados en derechos. Son lo no dicho en las fotos de Peter Thiel junto al presidente Javier Milei en abril. O la más reciente, junto al ministro de Economía Luis Caputo. Creados para espiar, reprimir y matar, la lista de líderes asesinados mediante el uso de IA parece tan larga como fácil de olvidar. Y ese olvido habita en el acto mismo de matar, en las tecnologías represivas. Pues ya no son necesarios los fusilamientos. Los drones matan en silencio. Sin dejar rastros. Ni siquiera indicios. Y eliminan también esos actos últimos de la vida de las víctimas que tenían el potencial de generar una narrativa partiendo de unas muertes heróicas. Esas que solían despertar a los pueblos. Muertes. Sin derechos. Sin palabras.
La memoria escrita dice que, en las dos grandes guerras del siglo XX, murieron al menos cien millones de personas. Y que, cuando el horror de la segunda aún no había terminado, el 26 de junio de 1945, en San Francisco, Estados Unidos, cincuenta países firmaron una carta fundacional: “Nosotros, los pueblos de las Naciones Unidas, resueltos a preservar a las generaciones venideras del flagelo de la guerra que dos veces durante nuestra vida ha infligido a la humanidad sufrimientos indecibles, a reafirmar la fe en los derechos fundamentales del hombre, en la dignidad y el valor de la persona humana, en la igualdad de derechos de hombres y mujeres y de las naciones grandes y pequeñas”, suele recordar el texto.
Paradójicamente, a menos de cincuenta kilómetros de aquel lugar, donde los ganadores de la guerra se prometían preservarnos del horror, Alex Karp, socio de Thiel en Palantir, una empresa que provee tecnología para la represión y la muerte a Estados Unidos e Israel, y cuyo interés en la realidad argentina va más allá de las fotos oficiales, escribió: “Varias empresas (…) han desarrollado sistemas de reconocimiento de la marcha: programas informáticos capaces de identificar a una persona basándose en poco más que grabaciones de video de la persona caminando, sin acceso a una imagen de su rostro. Esta tecnología lleva más de una década en desarrollo y su precisión mejora día a día. Pequeños drones operados por la policía ahora pueden acercarse a la ventanilla de un coche y romper el cristal, lo que permite a los agentes disparar sin obstáculos a la persona que se encuentre dentro”. La frase aparece en La república tecnológica. Poder duro, pensamiento débil y el futuro de Occidente.
A distancia
Palantir Technologies nació bajo la protección del brazo inversor de la Agencia Nacional de Inteligencia (CIA), In-Q-Tel. Sus investigaciones en tecnologías aplicadas al espionaje, la represión y la muerte pronto dieron sus frutos. Thiel y Karp entraron rápidamente en el ránking de las doscientas personas más ricas del planeta.

Karp escribe en su libro La república tecnológica: “Un pasaje del Talmud relata un intercambio con un maestro llamado Rabha que vivió en el siglo IV en un pequeño pueblo de Babilonia, en lo que hoy es Irak, al sur de Bagdad (…) Rabha deja claro que ‘si alguien viene a matarte, date prisa y mátalo primero'”.
En Irán, el 28 de febrero de 2026, el líder supremo Alí Jamenei murió sin posibilidad alguna de defensa. Fuerzas norteamericanas e israelíes lo asesinaron durante un bombardeo masivo cuyo objetivo central era su muerte. Para eso, las inteligencias artificiales y las tecnologías de Palantir se convirtieron en nodales. Asesinatos a distancia, sin autores, sin verdugos y sin más rastros que una destrucción casi silenciosa. Horas más tarde, Donald Trump, presidente de los Estados Unidos, comunicó la muerte de Jamenei en Truth Social.
En abril de 2024, siete miembros de la organización World Central Kitchen regresaban de entregar cien toneladas de alimentos en Gaza. Murieron en un ataque de precisión con drones. La ONG Business Human Right denunció que las pantallas apuntaron al logo de las puertas de los vehículos. Esa exactitud, esa eficiencia, estaba garantizada por las IA de Palantir. Meses antes, la cuenta oficial de la empresa en la red social X decía: “Estamos con Israel (…) Nuestro trabajo en la región nunca ha sido más vital. Y continuará”. “En ocasiones nuestro producto se usa para matar gente”, afirmaba Alex Karp en una entrevista para Axios en 2020.
El 31 de agosto de 2022, Estados Unidos asesinó en Kabul, Afganistán, al líder de Al Qaeda, Ayman al-Zawahiri. “A las 6.18 hora local (1.38 GMT), dos misiles Hellfire disparados por un dron alcanzaron el balcón de la casa de Zawahiri, matando al líder de Al Qaeda. Los miembros de su familia resultaron ilesos, informaron autoridades de inteligencia. Después del impacto las ventanas de la casa parecían destruidas, pero sorprendentemente no se observaban más daños”, decían las versiones periodísticas.
Ya en 2017 el país del norte había asesinado a otro líder de Al Qaeda utilizando drones. Qari Yasin también murió en Afganistán. Lo acusaban de planear un ataque suicida al hotel Marriott de Islamabad en 2008, donde murieron 54 personas, entre ellos dos militares estadounidenses. “La muerte de Qari Yasin es una prueba de que los terroristas que difaman al Islam y atacan deliberadamente a personas inocentes no escaparán a la justicia”, dijo por entonces el secretario de Defensa de Estados Unidos, Jim Mattis, en un comunicado.
En los últimos meses, se cuentan por decenas los líderes considerados amenazas para los intereses norteamericanos que han muerto. La estética se repite. No hay advertencias previas. No hay señales. Solo un dron. Una pantalla. Una inteligencia artificial. Y la muerte. Distante. Como si se tratara de un juego. Después, la información. Un nombre. Una biografía de alguien con hechos que ningún lector atento podrá corroborar.
Verdugos
Con todo, la tecnología y las inteligencias artificiales al servicio de la muerte parecen haberle quitado el aura a los condenados. Ya no se pasean con tranquilidad hacia el patíbulo o al pelotón de fusilamiento después de un juicio sumarísimo donde al menos contaban y eran escritas sus últimas palabras. No hay un último cigarrillo, ni un último acto de heroicidad al morir. No hay miradas. Tampoco culpas. Se borra la posibilidad de esa superioridad que plantea Juan Eslava en Verdugos y torturadores cuando dice: “En este teatro moral de la pena de muerte, el protagonista, y el más complejo personaje de la función, es el reo, ese mártir jurídico, ese moribundo sano, ese vivo de cuerpo presente (así lo denomina Galdós) que se rodea ‘de una brillante aureola de simpatías y compasión'”.
Ya no habrá posibilidad de escribir como Rodolfo Walsh la historia de fusilados que viven. Los regímenes autoritarios ya no tendrán que leer palabras incómodas en los diarios: “Porque lo que sabe Livraga es que eran unos cuantos y los llevaron a fusilar, que eran como diez y los llevaron, y que él y Giunta estaban vivos. Esa es la historia que le oigo repetir ante el juez, una mañana en que soy el primo de Livraga y por eso puedo entrar en el despacho del juez, donde todo respira discreción y escepticismo”. ¿Quién sabrá? ¿Quién recordará? ¿Los soldados, como en la Masacre de las Bananeras?
Sin narrativas, no hay posibilidad siquiera de un recuerdo hecho novela o belleza literaria, como aquellas que escribieron Gabriel García Márquez o Álvaro Cepeda Samudio: “Todavía no eran la muerte; pero llevaban ya la muerte en las yemas de los dedos”, o “Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo”.
¿Osvaldo Bayer hubiese escrito sobre aquellos fusilados de la Patagonia Rebelde?
Las IA aplicadas a la muerte no solo impiden a la humanidad la posibilidad de conocer otras Macondo o Patagonias Rebeldes, sino que logran aquello que los sultanes del Imperio Otomano buscaban al reclutar sordomudos como verdugos de quienes amenazaban sus intereses.
“Según Aristóteles (Política, libro VII, capítulo 5), el cargo público más necesario y delicado es el de carcelero y verdugo. Lamentablemente, añade el filósofo, ‘los hombres de bien se resisten a aceptar este puesto, y es peligroso confiarlo a hombres corruptos’. Abundando en la misma idea, un filósofo francés denominó al verdugo ‘piedra angular de la sociedad’, pues en el terror que inspira se sustenta, en última instancia, el edificio de la Justicia que regula las relaciones entre los hombres”, escribe Eslava.

Algoritmos y derechos
La mediación tecnológica para el terror implica entonces que esa piedra angular ya no se encuentre en el plano de la responsabilidad de los hombres. Y que una muerte simplemente se diluya en las indescifrables decisiones de los algoritmos. Alexander Karp pone por delante incluso el uso de la tecnología para la muerte por sobre los derechos de las personas, aun en las ciudades y fuera de un contexto de guerra. Escribe en su libro: “En un ensayo publicado en 2018, un analista político de la Unión Estadounidense por las Libertades Civiles (ACLU) escribió que el uso de datos en el contexto de la aplicación de la ley era ‘profundamente problemático’, dadas las amenazas a los derechos y libertades civiles de las personas que podrían ser blanco de ataques injustos e inconstitucionales por parte de las fuerzas del orden, como resultado del uso de software analítico por parte de la policía. La indignación moral se dirigió contra la aplicación de una tecnología novedosa en lugar de ir contra la incapacidad del gobierno de la ciudad para proteger a sus residentes. El país gastó 25 mil millones de dólares para proteger a los soldados en Afganistán de la amenaza de bombas en las carreteras, pero cuando se trata de prevenir la pérdida de vidas estadounidenses en las ciudades de nuestra nación, a manos de depravados, enfermos mentales y, a menudo, bandas violentas extraordinariamente ricas y despiadadas, la reacción colectiva suele ser de apatía y resignación”.
Estas ideas, llevadas al escenario global, implican para Karp la necesidad de avanzar en el uso de las inteligencias artificiales aplicadas a la muerte, aun cuando vulneren las libertades individuales, porque, de última, se trata de llegar a una instancia negociadora con China en una posición que les permita a empresarios y gobierno estadounidenses conservar la superioridad del imperio.
“La cuestión fundamental a la que nos enfrentamos no es si se construirá una nueva generación de armas cada vez más autónomas que incorporen inteligencia artificial, sino quién las construirá y con qué propósito. Estamos en la era del software, y sin embargo, nuestro desafío radica en que la generación más capaz y mejor posicionada para construir esta nueva ola de capacidades ofensivas es también la que más se muestra reticente a los proyectos relacionados con la defensa nacional o el bien común. Es este vaciamiento de la mentalidad estadounidense lo que nos ha llevado al actual punto muerto. Y es ese vaciamiento del proyecto estadounidense lo que nos ha dejado vulnerables y expuestos”, razona Karp.
En ese contexto, en su último viaje a China, Donald Trump buscaba iniciar una instancia de negociaciones sobre los usos y derivaciones de las IA. Jurguen Jorgen, especialista brasileño, señala que, en el marco de negociaciones con clima de Guerra Fría, las superpotencias definirán los parámetros sobre los que operarán y tomarán decisiones las IA. Estos son estrictamente culturales y discutibles como las ideas de seguridad, de peligro o de alienación ¿Qué es la seguridad? ¿Para quién? ¿En qué contexto? ¿La idea de seguridad es la misma para quien vive Nueva York que para un campesino de Jujuy? ¿Se tienen en cuenta las palabras de la Carta de las Naciones Unidas al definirlos?
“Antes de llegar al mercado, una nueva tecnología se somete a pruebas de presión para evaluar su capacidad para soportar situaciones extremas y los riesgos potenciales”, recuerda Jorgen. Las IA operan sin atravesar siquiera parte de ese proceso. Y son poco claros los efectos sobre los humanos. Pero ya matan.
La foto de Thiel con Caputo tuvo un sincronismo revelador: se dio en el mismo momento que miles de personas marchaban reclamando por la Ley de Financiamiento Universitario.
En ese contexto, resulta llamativa la cita de Karp: “Un compromiso con el capitalismo y los derechos del individuo, por muy ferviente que sea, nunca será suficiente; es demasiado débil y escaso, demasiado estrecho, para sostener el alma y la psique humanas. James KA Smith, profesor de filosofía en la Universidad Calvin, ha señalado correctamente que ‘las democracias liberales occidentales han vivido del capital prestado de la Iglesia durante siglos'”.
Lo que no dice es que, bajo mandato de las IA para la muerte, ni el cristianismo ni mucho menos el capitalismo hubiesen sido posibles. Porque, por ejemplo, a Jesús la muerte le hubiera llegado mucho antes de decir sus últimas palabras. Y sin palabras no hay épica ni disputa de poder posible: “Padre, perdónalos, no saben lo que hacen”, dijo. Después, con resignación murmuró: “Todo está consumado”. A las IA nos encomendamos.
