“Ciego y de 77 años, pero fuerte y sano, a pesar de algunas quejas que ha dejado decir sobre su salud, Jorge Luis Borges, nuestro primer poeta nacional viviente, uno de los tres grandes del siglo, con Lugones y Marechal, ha desarrollado una acción tan dinámica durante el año 1976, que asombra. Demasiada acción. Los que le queremos le desearíamos más contemplación, para que salga de ese terrible agnoticismo (sic) que heredó de su padre.” Con un reproche por su particular anarquismo y su desapego a la religión, el escritor católico Tomás de Lara comenzaba un breve balance sobre el 76 de Borges en el anuario de la revista Esquiú Color, vocera de la corriente más tradicional de la Iglesia.
De Lara se detuvo en los libros publicados por Borges ese año, en los cursos, conferencias y reconocimientos en Estados Unidos, Chile –encuentro con el dictador Augusto Pinochet mediante– y varios países europeos, en los estudios sobre su obra y en la postulación para el premio Nobel: “No lo recibirá por sus ideas conservadoras, dado que el jurado sueco solo otorga la famosa recompensa a escritores de izquierda”.
Pero el crítico literario no desempolvó de su memoria uno de los acontecimientos político-culturales de 1976: el 19 de mayo, el dictador Jorge Rafael Videla recibió para almorzar a un grupo de escritores en la Casa Rosada. El objetivo: seducirlos con las supuestas bondades que las Fuerzas Armadas tenían reservadas para el destino del país. Borges, uno de los tres invitados –los otros: Ernesto Sabato, Leonardo Castellani y Horacio Ratti–, salió del encuentro satisfecho y con sus convicciones sobre el nuevo régimen ratificadas.
Los elogios a la dictadura, los cuestionamientos a la democracia y la embestida contra los gobiernos radicales y peronistas quedaron reflejadas en la prensa. Una breve entrevista publicada por el vespertino La Razón mostraba con claridad ese ideario: “A mí la política y los políticos me producen desconfianza”.
Pocos antes, la revista Gente se había ocupado de la visita de Borges a Estados Unidos. Un testimonio del escritor enlazaba su visita a la Casa Blanca para entrevistarse con el vicepresidente Nelson Rockefeller con su visión de la realidad nacional: “Acordamos en que la Argentina tiene ahora derecho a la esperanza. Rockefeller me dijo que el presidente Videla le impresionó muy favorablemente, y estoy totalmente de acuerdo. Un país no puede estar en manos de cualquiera, sino exclusivamente de caballeros”.
El autor de “El Aleph” plasmó sus impresiones sobre ese viaje en el artículo “Borges inédito… y profético”, que publicó la revista Cuestionario de junio en su número de despedida, obligada ante el avance del terrorismo de Estado en los medios de comunicación.
A partir de aquellas declaraciones de Borges en La Razón, la revista Extra de junio armó una nota con la opinión de periodistas y escritores. En “Borges, ‘un modo de ser'”, la publicación dirigida por Bernardo Neustadt recogió la palabra de Horacio de Dios, Rodolfo Baltiérrez, Marta Lynch, Osiris Troiani y José Luis de Imaz. Rápido de reflejos para conseguir impacto mediático, Neustadt invitó a Borges a su programa televisivo, Tiempo Nuevo, que emitía Canal 13 los jueves a las 21.30. La repercusión de su testimonio estaba asegurada.
La visita al canal manejado por la Armada se replicó en la edición de julio de Extra. Bajo el título “Se llama Borges: se le perdona todo… hasta su racismo”, el mensuario reprodujo la entrevista televisiva y sumó la crónica “Entretelones”, en la que la colaboradora Ana de Campos desandaba su llegada a la casa del escritor para llevarlo al 13, la conversación mantenida durante el viaje en auto y el detrás de cámaras en el estudio.
Además de las opiniones sobre Borges de la ya consultada Marta Lynch y del exintendente porteño Saturnino Montero Ruiz, la entrega se completaba con la reproducción del poema “El remordimiento” (“He cometido el peor de los pecados / que un hombre puede cometer. No he sido feliz…”), aparecido originalmente en La Nación e incluido en La moneda de hierro, publicado ese mismo año.
Las imágenes que ilustraban la entrevista eran de distintos pasajes del encuentro televisivo: Borges con Neustadt, Borges con el “grupo generacional” del programa, Neustadt sosteniendo un bastón intervenido por Aldo Sessa, en base a Cosmogonías, el libro publicado por el artista y el escritor en ese año.
Entre el cielo y el infierno
“Muchas de las cosas que surgen de los labios de Jorge Luis Borges horrorizarían si no fueran de Jorge Luis Borges. Su particular racismo contra los negros (…), su fobia contra los indios, su odio contra los políticos –tal vez porque confunde políticos con demagogos– y su negación de la democracia y de la religión solo pueden ser consumidos por una sociedad como la nuestra cuando su ‘dueño’ es el ‘dueño’ del talento. Y Borges, con quien no podemos compartir ni el 60 por ciento de sus ‘ocurrencias’ o sinceridades, es realmente un ‘fuera de serie’. Sabe que por hablar mal de los negros corre el riesgo de no recibir jamás el premio Nobel, porque los negros cantan y votan en el mundo.” En esta bajada, la revista resumía el contenido de una entrevista en la que Borges tuvo que responder a temas variados y sin poder profundizar en ninguno. Porque el método del Neustadt entrevistador obligaba a Borges a ponerse en rol de opinador veloz, como si tuviera que improvisar en una extraña payada mediática.
–¿Usted es inteligente?
–Si me dan algunos años para pensar, soy inteligente. Si me hacen preguntas como las suyas, inmediatas, soy más bien estúpido.
Además de los temas apuntados en la bajada, Neustadt hizo hablar a Borges sobre el amor, la soledad, la libertad, los estudiantes, el perdón, la penitencia, el fútbol, la amistad, la honestidad, los argentinos y la patria, los idiomas que domina, su pasión por Islandia…
Aquel “mal escritor, pero buen lector”, “un chapucero”, dejó varias definiciones políticas. A la repetida caracterización de la democracia como “un abuso de la estadística”, siguieron sus loas al régimen que había usurpado el poder el 24 de marzo: “Creo que por el momento necesitamos unos doscientos años de dictadura, y después, desde luego, bastante más civilizados, prescindir del gobierno. Ser conservador es una forma de ser escéptico”.
–¿Cómo se ve como argentino, como escritor, como ser humano?
–Como argentino, tengo mi conciencia tranquila. Fui nombrado director de la Biblioteca Nacional por la Revolución Libertadora, porque sabían que no era peronista. Cuando volvió el gobierno de cuyo nombre prefiero no acordarme, renuncié. Como escritor, trato de escribir lo mejor posible, lo cual no es mucho. Como ser humano soy una especie de antología de contradicciones y errores. Pero tengo sentido ético. En fin, no espero ni castigos ni recompensas. El cielo y el infierno me quedan grandes.
