Además del fútbol y de la literatura, no hay dudas de que la tercera pata en la que se erigió el placer según Osvaldo Soriano, fue el cine. Ávido cronista de fantasías cotidianas, el legado del marplatense es una sucesión de historias narradas con sensibilidad cinematográfica. “En gran medida soy producto de las películas”, dijo alguna vez quien en Tandil estuvo al frente de un cineclub, y una de sus travesuras adolescentes fue filmar un cortometraje amateur: “Un joven de nuestro tiempo”.
Luego llevaría a Laurel y Hardy al policial en su primera novela, Triste, solitario y final, cuyos borradores nacieron en la redacción del diario La Opinión. También, a mediados de la década de 1970 colaboró con Aída Bortnik y Juan José Stagnaro en el guion de la película Una mujer (1975).
Aquella prehistoria de sueños en pantalla grande dio paso a la historia que comenzó en 1983, cuando Héctor Olivera llevó al cine No habrá más penas ni olvido, con un elenco entre los que se destacaron Federico Luppi, Julio De Grazia, Rodolfo Ranni, Héctor Bidonde y Víctor Laplace. Soriano no se tenía fe como guionista, por lo que la adaptación estuvo a cargo del director y de Roberto “Tito” Cossa.
Estrenado el 22 de septiembre de 1983, el film fue, en general, bien recibido por crítica y público. Aun cuando Soriano tuvo sentimientos encontrados al respecto: “Me desinteresé del resultado porque no estaba en el país –le contaba el autor a la revista Gente en 1994–. Después la vi, y fue algo muy extraño. Uno entra al cine y ve personajes y lugares que no son los que tiene en la cabeza. Y no es que la película sea buena o mala, es diferente. Algunos amigos me decían: ‘La película no es tuya, es del director. Todo lo bueno y lo malo es demérito de él’. Pero igual uno tiene ganas de tirarse por la ventana”. Por suerte no lo hizo, ya que entonces nunca habría sabido cuánto pesa el Oso de Plata del Festival de Cine de Berlín, estatuilla que obtuvo la película en 1983.
DOS CINEMATOGRAFÍAS PARA UNA MISMA HISTORIA
Nadie quiere acordarse mucho de la siguiente adaptación de un libro de Osvaldo Soriano. Cuarteles de invierno (1984) fue dirigida por Lautaro Murúa –de regreso luego de su exilio en España–, con música de Ástor Piazzolla, y protagónicos de Oscar Ferrigno, Eduardo Pavlovsky, Ulises Dumont y Arturo Maly.
Más acá en el tiempo, el realizador, arrepentido, aseguró que no debió haberla filmado. Y el autor tampoco las tuvo todas consigo: “Tuve problemas con los productores y ni siquiera fui al estreno –recordaba Soriano–. Yo era muy amigo de Lautaro, pero terminé mal. Cuando la vi, en un cine de barrio, me quería matar. Después la volví a ver en televisión y creo que está llena de buenas intenciones y malas resoluciones. La salva el calor que le dio Lautaro. El cine es una experiencia grupal, y entonces lo fundamental es formar un buen equipo. Lo mismo sucede con el fútbol o con una revista. Y creo que Cuarteles de invierno dejó de funcionar desde el momento en que se dejó mal y afuera al autor”.
Parte del problema con los productores fue la autorización para que se filmara, simultáneamente, una versión alemana de Cuarteles de invierno. Dirigida por Peter Lilienthal, Das Autogramm se estrenó también en 1984 y, aunque fue autorizada por Soriano, este no participó del proyecto por “diferencias creativas” con el director.
Pasó casi una década para que otro texto del escritor viera la luz del proyector. En 1994, y nuevamente codo a codo con Héctor Olivera, nació Una sombra ya pronto serás. De acuerdo al director, “Soriano me dio a leer el original y lo hizo con la intención de que me gustara para hacer una película. Y fue así. A tal punto que empezamos a trabajar en la adaptación aun antes de la publicación de la novela. Como la obra me entusiasmó mucho, me dije: ‘Si a mí me da tanto placer como lector, ¿por qué no compartirlo con el espectador haciendo una película que extraiga lo mejor, lo más cinematográfico de la novela?’”.
Protagonizada por Miguel Ángel Solá, Pepe Soriano, Alicia Bruzzo y Roberto Carnaghi, esta vez el escritor supervisó cada paso de la película, en concordancia con su socio creativo: “Héctor me dijo: ‘Yo no puedo prescindir de vos. Porque entonces estaría todo el tiempo pensando que no estoy filmando tu libro’. De manera que encaramos juntos el trabajo del guion y, te digo, para mí el resultado fue bueno. Yo no esperaba algo tan bueno. Tiene dos o tres momentos terriblemente emocionantes. Es una película, como decían las viejas de antes, ‘muy triste, de llorar’”.
Hasta el momento, la película más reciente basada en un relato de Osvaldo Soriano es la española El penalti más largo del mundo (2005), de Roberto Santiago.
UN PROYECTO SOÑADO
“Aquella madrugada me dijo que le había ido bien en Mar del Plata, que había ‘ganado unos pesitos’ y quería interpretar al cónsul de A sus plantas rendido un león. Estaba dispuesto a producir la película, a hacer algo digno, ‘a pasar a otra cosa’. Le dije que ya había una coproducción en marcha y que habíamos pensado en él para hacer a Faustino Bertoldi, pero no me creyó. Le resultaba imposible imaginarse al lado de italianos y franceses de cartel internacional. Al fin de cuentas, él venía de provincias (llamaba ‘pueblo’ a Rosario) y creía que era solo un cómico de legua, un saltimbanqui de ocasión”. Así recordaba Osvaldo Soriano a Alberto Olmedo, en la nota homenaje que le rindió luego de la muerte del actor, el 5 de marzo de 1988.
A sus plantas rendido un león fue el papel que siempre soñó hacer Olmedo; también Marcello Mastroianni, que incluso le dio de leer la novela a Federico Fellini. E incluso, una asignatura pendiente en la nómina cinematográfica de Osvaldo Soriano. Ninguno de los protagonistas vive, pero el texto continúa ahí, poderoso, a la espera de quien se anime a escribir otro capítulo en esta historia, que todavía no merece terminar.
