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Caras y Caretas

           

“El rock retrató casi todo en torno a Malvinas”

Alejandro Frías.

El mendocino Alejandro Frías publicó Malvinas en el rock, donde da cuenta de cómo la música joven pudo explicar el dolor de la guerra a una sociedad herida por años de dictadura.

Malvinas en el rock “es una crónica en el sentido de que cada una de las canciones citadas desarrolla aspectos concretos que tienen que ver con Malvinas, y yo parto de ellos para hablar de temas históricos, sociales, económicos, políticos y culturales”, cuenta el periodista cultural y editor mendocino Alejandro Frías, autor del trabajo, en esta entrevista con Caras y Caretas.

¿Qué papel desempeñó la música, más precisamente el rock nacional, durante la guerra de Malvinas? Corría 1982, la dictadura militar argentina tenía el control del país. La censura determinaba qué se podía ver y escuchar. No existía la libertad de expresión. El 2 de abril de 1982, se decretó la prohibición radiofónica y televisiva de música anglosajona o cantada en inglés, que antes ocupaba los primeros puestos en los medios de comunicación. Ante esta situación, el rock nacional emergió, cobró protagonismo. Sus letras se convirtieron en huellas, señales influyendo en el espíritu de una sociedad, huellas que no se esfuman. Fue un antes y un después en la memoria de todos. Un símbolo de resistencia.

“La idea surgió de una charla que tuve en 1999 con el músico Claudio Brachetta. Íbamos en auto, y conversando sobre música me dijo que el rock era el único género musical que se había hecho cargo en serio de Malvinas. En ese momento pensé que debía escribir algo con eso, y tiempo después surgió la idea del libro. Conocía muchas canciones que hablan de Malvinas, de algún aspecto del antes, el durante o el después de la guerra, otras las descubrí al momento de investigar antes de sentarme a escribir”, cuanta el autor, que se desempeña de manera independiente en el sello LEO Libros y es colaborador en el diario Portada.

–¿Cómo viviste la guerra de Malvinas?

–Tenía 12 años y estaba en séptimo grado de la primaria. Lo primero que se me viene a la cabeza al recordar esos meses son las reuniones en la esquina con mis amigos del barrio comentando las noticias sobre lo que estaba sucediendo. Claro que lo que sabíamos era lo que decían los medios, que durante la guerra fueron generadores de un entusiasmo popular basado en la mentira de que estábamos ganando. Era difícil entender qué era una guerra, y mucho más que nuestro país estuviera involucrado en una, pero sí predominaba una sensación de patriotismo. Con el tiempo, después de la rendición argentina, y a medida que comenzaban a aparecer las noticias sobre lo que había sucedido realmente en las islas, se sumó la sensación de fraude y de traición de parte del gobierno, y luego, con el advenimiento de la democracia, la confirmación de que fue una bravuconada de la dictadura para intentar sostenerse en el poder.

–¿Cómo fue el rock argentino durante la guerra de Malvinas?

–Fue la válvula de escape de una juventud que venía silenciada, perseguida y encarcelada por la dictadura y que, con la oportunidad de hacer escuchar su voz nuevamente, convirtió al rock en su canal de expresión. Recordemos que, gracias a Malvinas, las radios comenzaron a difundir más música en español, y el rock sonó de repente en los autos, en las oficinas, en las casas. Malvinas fue la puerta de entrada para que esa movida musical, que hasta entonces había estado casi totalmente prohibida, ganara el espacio público.

–¿Cómo ubicás la memoria con respecto al tema Malvinas?

–Malvinas nos atraviesa y, junto con el fútbol, son los dos únicos temas que unen al país en un grito unánime, son los dos temas capaces de movilizar sin diferencias políticas o sociales. Malvinas es un tema presente siempre, especialmente desde 1982, pese a los intentos de desmalvinización de algunos gobiernos, como el actual. El reclamo de soberanía está siempre.

–¿Cómo surgió la idea de que el prólogo lo escribiera Guillermo Carmona?

–Guillermo Carmona es una de las personas que mejor entiende lo que comúnmente se denomina “la cuestión Malvinas”. Como exsecretario de Malvinas, Antártida y Atlántico Sur de la Cancillería argentina, él no solo conoce sobre la guerra, sino también sobre la historia de Malvinas desde antes de la usurpación inglesa, en 1833, hasta la actualidad, y también está interiorizado sobre el proceso de reclamo de soberanía en los organismos internacionales, dictámenes, leyes y demás. En fin, considero que es una de las personas más habilitadas para hablar sobre el tema. Por eso fue que recurrí a él para que, inicialmente, leyera el primer borrador del libro. Luego me hizo una devolución con observaciones puntuales y acertadísimas, y fue entonces cuando pensé que era la persona adecuada para prologarlo. Fue solo pedírselo y de inmediato accedió.

–¿Cómo es una crónica de guerra a través de la música?

–El libro es una crónica en el sentido de que cada una de las canciones citadas desarrolla aspectos concretos que tienen que ver con Malvinas, y parto de ellos para hablar de temas históricos, sociales, económicos, políticos y culturales. Es decir, canciones como “La canción del soldado y Rosita Pazos”, de Fito Páez; “El visitante”, de Almafuerte, y “Amor suicida”, de 2 Minutos, hablan de las consecuencias psicológicas en los excombatientes y su entorno, entonces, a partir de ellas, desarrollo este tema. Mientras que “Gente del Sur”, de Rata Blanca, y “Cruces blancas”, de Patán, hablan del cementerio de Puerto Darwin. Y “Lana”, de Lucho Milocco, es el disparador para una historia muy humana, la de Miguel Savage, que en los últimos días de la guerra robó de la casa de un kelper un pulóver y en 2007 regresó a las islas para devolverlo. El rock y el pop nacional tienen canciones que uso como disparadores para desarrollar los temas, y te diría que en las letras están casi todos los tópicos que hacen a una guerra como la que vivimos. Eso sí, hay un aspecto del que el rock no ha hablado, y es el de la participación de la mujer en la guerra. Hubo muchas mujeres involucradas, especialmente enfermeras, que la historia ha invisibilizado. Sobre eso no hay ninguna canción.

–¿Qué actitud tomaron los músicos de esa época ante la guerra?

–Me parece que la actitud se resume en lo que fue el Festival de la Solidaridad Latinoamericana, que tuvo como eslogan “Algo de paz”, frase de la canción de Raúl Porchetto. Cuando a los músicos los convocaron, después de años de represión, cárcel y persecución, ahí estuvieron. Y no solo en ese famoso festival, porque en varias provincias hubo festivales para recaudar dinero, ropa y comida para los soldados. Pero no hay que confundir la participación en estos festivales con una posible condescendencia con el gobierno de facto, porque cuando se ven los videos de la época y cuando se repasa lo que fueron esos conciertos, queda claro que el mensaje contra los militares, el reclamo de libertad y paz se elevaba en cada solista y en cada banda. Por supuesto, hubo bandas que no estuvieron en este festival, como Virus y Los Violadores, que después también escribieron canciones sobre Malvinas. En definitiva, la juventud y el rock estuvieron presentes cuando se los convocó, y la música, en especial, aprovechando la oportunidad de gritarles en la cara a los militares varias verdades. Después, en 1983, regresó la democracia, y ahí la explosión creativa fue enorme.

–¿Qué podés contar de las letras, el lenguaje y los mensajes a través de esas letras? 

–Las letras de las canciones abarcan muchos temas vinculados a Malvinas, algunas desde una poética más metafórica, como “El banquete”, de Virus, y otras desde imágenes más directas, como “2 de abril”, de Attaque 77. También hay algunas desde una mirada más pacifista, como “Reina madre”, de Porchetto, y otras desde una posición más revanchista, como “Bombas a Londres”, de Los Violadores. Por supuesto, cada letra tiene mucho que ver con el estilo, las bandas punk por un lado, las heavy por otro, las pop por otro. En este sentido, los ritmos y las letras se funden. En definitiva, sucede lo mismo que con otros temas, no es igual cómo tratan el amor, por ejemplo, el pop, el heavy o el punk.

–¿Cómo unís el dolor de una guerra con la energía que representa el rock?

–Qué buena pregunta. Así, de buenas a primeras, diría que la música en general siempre ha encontrado el camino para explicarnos el dolor. Hablo de cualquier tipo de dolor, desde el producido por la muerte hasta el de la pérdida de un amor, desde el de la cotidianeidad, como la vida del Homero de la canción de Viejas Locas, hasta el de un detenido que es arrojado desde un avión en el Río de la Plata, en “Vuelos”, de la Bersuit. La energía de una canción, de una buena canción que nos espeja, es imparable. Hay himnos que surgen del dolor, como “Solo le pido a Dios”, de León Gieco, o “Amanece en la ruta”, de Suéter, o arias de óperas, cuando no óperas enteras, que hacen del dolor una belleza. El arte tiene ese poder, y por supuesto que al arte no lo detiene una guerra ni la necedad de cualquier líder, democrático o dictador. De hecho, cualquier persona que haga arte o literatura puede reconocer que los momentos de crisis suelen ser los más fructíferos. El arte se alimenta de Eros y Tánatos, y no le tiene miedo a mostrarnos el dolor.

–¿Qué frases de canciones te movilizaron y por qué?

–De adolescente, cuando la guerra, creo que la primera frase que me impresionó fue “no bombardeen Buenos Aires, no nos podemos defender”. Recuerdo que imaginaba a la gente tratando de protegerse con las manos ante la caída de las bombas. Después, hay muchas frases en las canciones que me impactaron. “En un hoyo que cavaste repetías las canciones que creías olvidadas”, de Ciro Martínez; “Nuestra cruz no se quiso acordar de los huecos de la lista oficial”, de Callejeros; “Como una esquirla en la sien tengo recuerdos sangrantes”, de Milocco; “Estoy en guerra desde que acabó la guerra, vendiendo recuerdos que nadie quiere recordar”, de Attaque. Son un montón las frases que podemos extraer de las canciones y que son como puñales, y cada una de ellas te moviliza aspectos múltiples, no sé, desde la bronca por el trato a los excombatientes cuando volvieron al continente hasta el orgullo de ver en un partido de fútbol que dos hinchadas opuestas tienen banderas que reivindican la soberanía argentina en Malvinas. Como decía antes, el rock retrató casi todo en torno a Malvinas.

–El hecho de que estuviera prohibida la música en inglés permitió una apertura al rock nacional en los medios de comunicación. ¿Fue total o limitada?

–Las recomendaciones de la dictadura de no pasar música en inglés obligaron a llenar esos espacios en las radios y en la televisión, pero, más allá de las limitaciones propias de lo que cada cadena pensara que era radiable o no, hubo bandas o solistas que difícilmente pudimos escuchar por la radio. No fue hasta la expansión de las FM que tuvimos acceso a un espectro más amplio de la movida roquera, e incluso así hubo bandas que nunca se difundieron. En el caso particular de Mendoza, que es donde crecí y vivo, las FM vinieron a llenar no solo ese vacío, sino también el de que no escuchábamos a las bandas ni a los solistas locales en los medios. Fueron las FM las que, de alguna manera, ampliaron definitivamente la difusión del rock nacional, además de la posibilidad que se dio después de Malvinas de que ir a un recital no significara terminar preso.

–¿Qué diferencia encontrás entre los jóvenes y el rock de hoy con los jóvenes y el rock de la época de Malvinas?

–Estamos hablando de más de cuatro décadas de distancia, tanto la música como la juventud son muy distintas. Sí creo que la desmovilización de la sociedad, incluyendo a la juventud, como la desmalvinización pretendida por el gobierno, juegan en contra, pero no creo que los temas movilizadores y caros a la sociedad estén fuera del radar de quienes hacen arte. Por supuesto que el mercado influye mucho para que algunos temas no se toquen, para que tus canciones sean pasadas por la radio o no, pero la música actual está llena de temas sociales. El problema pasa por el pandemónium del ruido que hoy nos rodea y que nos dificulta ver la música y la poesía que se produce más allá de lo meramente rítmico que prima hoy en la música que se difunde por los medios masivos. El tema da para mucho más, por ejemplo, para preguntarnos qué hicimos como sociedad y qué hicieron los gobiernos para que mucho del caudal de votos de un libertario venga de los jóvenes, pero es indiscutible que la música y el arte están ahí siempre para resistir.

Malvinas en el rock cuenta con prólogo de Guillermo Carmona, abogado, militante político, exdiputado nacional y exsecretario de Malvinas, Antártida y Atlántico Sur de la Cancillería argentina: “La impronta generacional del libro me impactó de lleno. Me emocioné leyendo las letras, repasando mentalmente las melodías, recordando episodios y anécdotas del colegio, de los grupos de amigos, de los fogones en los campamentos parroquiales en los que cantábamos algunas de esas canciones sin demasiada conciencia de lo que decían. Sin embargo, el libro logra rebasar lo generacional por dos razones principales: la primera, porque la mayoría de los autores de esas letras y esas melodías ya se encuentran incorporados a nuestra cultura popular, traspasando los límites que impone la edad de las personas. En ese aspecto, Alejandro logra desentrañar el sentido de las letras, las alegorías y metáforas, revelándonos una dimensión poco valorada en nuestros roqueros, la del valor poético y literario de sus obras musicales. La segunda razón que lo hace posible es la contextualización histórica, geopolítica, política y social que desarrolla en cada canción. De esa manera, nos invita, a quienes vivimos esos tiempos, a realizar un ejercicio de memoria crítica, y, a la vez, abre puertas a las nuevas generaciones para conocer lo que no vivieron”.

Además de Malvinas en el rock, Alejandro Frías publicó los libros Serie B (2004, cuentos), Todos los chicos (2007, cuentos), Los mataperros (2015, novela), Habitación 945 (2019, cuentos), Barro de domingo (2021, novela en coautoría con Daniel Fermani), El gol con la mano del Chueco Martino (2023) y El sueño y el desvelo (2025). En 2020 publicó, junto con el músico Víctor Hugo Cortez, el disco El instante original.

Entre 2019 y 2022 fue el responsable editorial de Ediciones del Retortuño, y entre 2015 y 2019 dirigió Ediciones Culturales Mendoza, el sello dependiente del Ministerio de Cultura de esa provincia, cargo desde el que creó la Librería Pública Gildo D’Accurzio, una experiencia única a nivel nacional, ya que allí solo se venden libros de autoras y autores locales.

Entre sus actividades anteriores también se cuentan la codirección las revistas Serendipia y Poslodocosmo, la participación en publicaciones como Gogol, Diógenes, Ran Sin Tolueno y La Quinta Pata, además de haber realizado columnas literarias en las radios Andina, La Mosquitera, MDZ Radio, Aurora y Radio 2, entre otras, y trabajar como periodista en los diarios El Sol y MDZ Online, y participar con colaboraciones en los diarios El Zonda (San Juan) y El Diario de Carlos Paz (Córdoba), y haber conducido los ciclos Canas al Aire y La Isla Encendida, ambos por Radio Noticias Mendoza, y Pie de página, junto a Javier Piccolo, por Estación Mendoza.

Malvinas en el rock se presentará el 8 de mayo a las 17 en el Auditorio Malvinas Argentinas de la Asociación Bancaria (Sarmiento  337/341 1° piso, CABA).

Escrito por
Claudia Ainchil
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