A las hendijas olvidadas de veredas rotas, donde los rotos resisten, ahí sigue yendo Teresa Parodi a buscar las huellas de canciones nuevas. “¿Que me contradigo? / Sí, me contradigo. Y ¿qué? / (Yo soy inmenso… y contengo multitudes) (…) ¿Quién viene conmigo? / O ¿van a hablar cuando ya me haya ido y sea demasiado tarde?” La cita de Walt Whitman aparece después, antes de “Lento”. Desde ahí elige decir. Convertir la oscuridad en luz. Que emerge de su disco 34. Ese que presentará en la Trastienda. La sobremesa del almuerzo del domingo es un silencio litúrgico. “Lento” está dedicada a Beatriz Arias, una mujer santiagueña que trabaja en su casa. Cuenta una historia personal y cuenta a la multitud. También recuerda los procesos que viven los pueblos, las maneras de sentir y de resistir la indiferencia. Lento. Una cumbia que cientos de personas cantaron hace algunas horas. En teatros o en una carpa, con piso de tierra, como aquella de Violeta Parra. Ritmos y poesía que, como un milagro de otoño, se hacen una sola voz, colectiva, con los ojos llenos de lágrimas. Hasta que amanezca.
“Gracias, vengo a buscarlos, porque los necesito”, dice Teresa desde el escenario. Después, contará: “Estos espacios, como este de las chicas, Las Martas, es en donde verdaderamente se encuentran los refugios más profundos, sinceros y genuinos, que crea al mismo pueblo para sostener su memoria. Y la memoria colectiva está mejor que ninguna parte en el arte, porque ahí decimos nuestros sentimientos, los compartimos, nos estremecemos, lloramos, nos reímos, bailamos. Y la música popular es un vehículo extraordinario para llevar y traer ese sentimiento compartido que genera comunidad.”
Su música suena a nuevo. Con tres de sus nietos sobre el escenario, como parte de su banda, aparecen bases y recursos del rap y del trap. La carpa está montada en un baldío del interior profundo, en Villa Ani Mí, en las Sierras Chicas cordobesas. “El otro país”, canta. “El cielo del albañil” es estrellas. “Vengo a mostrarles un disco. Porque sigo componiendo canciones. Después cantaremos las otras.” Y entonces la música llena el aire. “Teresa va a los lugares comunes que cualquier compositor evitaría y los reinventa”, reflexiona el Bocha Torres, integrante de Savia Mestiza. El canto de todes, en los bises de cada tema, lo agradece. Son canciones que, escuchadas por primera vez, anidan en los pechos para transformarse instantáneamente en una sola voz. Otra. Plural.
Sobre el proceso creativo
“Yo podría componer de otra manera. Lo he hecho. He musicalizado obras poéticas completas de grandes poetas argentinos, entre ellos Francisco Madariaga, que es muy importante en mi provincia. Ahí hice un trabajo completamente distinto, con otros elementos, que la misma música popular te da, pero con otras formas de desarrollar las armonías y otras búsquedas en las melodías. Yo elijo deliberadamente la música popular. Viste que hay canciones que parece que sabemos todos antes de que empiece a cantar el artista. Viste que empezás a cantar y vos ya querés cantar porque ya entró a tu corazón. Bueno, eso, yo oigo, yo escucho esa música.”
Entonces hace un silencio. Va hacia lo más hondo de su proceso creativo. Ese que no se puede deshojar desde una concepción mecanicista o científica. Y retoma: “No, no. Es una pavada esto que te digo, m’hijo Pero yo escucho esa música, la escucho. Y aparece. Y empiezo. Y no sé qué. Y va apareciendo. Y sale de la guitarra, es una cosa de locos. Y ahí nomás le pongo la letra. Y voy tratando de atesorar eso, de agarrar eso con palabras, para no olvidarme, para que no nos olvidemos de esos cantos que están entre nosotros, que estuvieron siempre, que van a seguir estando. Que son como corales. Una cosa de todos los pueblos del mundo, me entendés. Hacía mucho tiempo que nadie me hablaba de eso. Quiero decir: nadie se había puesto a pensar a qué apelo yo cuando escribo las canciones. Siempre, a lo largo de la historia de mi trabajo, se ponderaron más mis letras que mi música. Están equivocados”.
Lo coral vuelve también en las letras de esas canciones. Esas pequeñas historias del interior profundo o de las veredas de las ciudades que raspan el alma: “Te pienso en mí, me veo en vos / no sé seguir si no hay amor”, canta la carpa y vuelven las lágrimas. La letra habla de los ignorados, de esos miles que viven en la calle. “Te imagino intentando vivir con fe / soñando que algún día te vaya bien / mucho me cuesta verte, correr con esa suerte / ante la indiferencia que no te ve”, pinta en “Siempre a la misma hora”. Los años han pasado, pero la palabra de Teresa Parodi permanece, sigue siendo piel. Ella parece no contentarse con sostener el oficio de hacer canciones. Su palabra cala el hueso.
La sobremesa es silencio, aún. Solo se escucha su voz, pausada, cadenciosa. “Lo que siento como ciudadana no lo puedo separar de lo que escribo. Porque, además de ciudadana, elegí la música. Y soy, digamos –me cuesta decir la palabra artista porque quién es artista lo decide el pueblo–, pero como artista popular, como emergente de estas comunidades, necesito ver al otro que está vibrando como yo, en el mismo sentimiento: y salgo a buscar eso, porque si no, de verdad, que no encuentro un lugar para vivir en este mundo de hoy.”

Con la mirada en el otro
La mirada de Teresa devuelve en Hasta que amanezca varias canciones en donde la calle es un elemento central. Como si no importara el mandato cada vez más fuerte del neoliberalismo, que vació las veredas y las plazas de las ciudades. Entonces, habla de la pandemia, esa especie de desierto planificado que pareció exacerbar el individualismo. “Lo digo intuitivamente: si vos te ponés a mirar, tratando de alejarnos un poco de todo lo que vivimos, les vino como anillo al dedo. ¿Te das cuenta lo infinito que es ese mundo irreal, virtual en que estamos sumidos? ¿Te das cuenta las multitudes que caen ahí, en las pantallas? ¿Cómo peleás con eso? Tenemos que buscar la manera, tenemos que abroquelarnos, pensar, repensar estrategias, para poder contrarrestar, mínimamente, ese poder.”
Acaso se trate de recordar el poema de Armando Tejada Gómez “Peatón diga no”, le sugiere este cronista. “Pero sí, algunas veces dijimos no. Y fuerte. Volteamos una dictadura sangrienta. Las Madres dijeron no, solitas en la plaza. Las Madres que salían de las cocinas, que nunca habían hecho política. Dijimos no. El peatón dijo no. Muchas veces. Y vamos a volver a decir. Tenemos que esperar que todos estos fueguitos, como decía Eduardo Galeano, terminen haciendo una gran hoguera, donde verdaderamente podamos vislumbrar el futuro, lo podamos tocar con las manos, ver en marcha. Pero, quiero decirte m’hijo, que este sueño colectivo es siempre reprimido por el poder. A lo largo de la historia de la humanidad. O sea que siempre vamos a tener que estar defendiendo ese sueño. Y siempre vamos a perder. Y otra vez vamos a salir a ganar lo que nos merecemos como seres humanos.”
Entonces la música de la cumbia y los bises vuelven a sonar. En las memorias. La cumbia, esa que Teresa escribió para Beatriz. “Lento, caminando lento.” “Los pueblos caminan a su propio tiempo. Los tiempos no son los que uno quiere, los que quisiéramos, los que tenemos la costumbre de pensar la política como una herramienta para la construcción colectiva y estamos habituados a analizar las situaciones. Muchísima gente no tiene esa costumbre. Ellos se dejan vivir. Porque los empuja la vida misma. Hay que esperar a estas nuevas generaciones, que se compraron este discurso, e incluso trabajaron tanto para que ganen; que convencieron a sus mayores para que voten. Esa locura es un trabajo estratégico y extraordinario, hecho a través de los medios de comunicación, hijo. Eso es lavado de cerebro. Eso es instalarte otra cultura en la cabeza. Eso es lo que han hecho con nosotros, con todos los pueblos del mundo. Es perfecto, es una maquinaria perfecta. Muy aceitada, que no para nunca. Y nosotros, nuestro modelo es tracción a sangre.”
En “Sin miedo” resuenan las antiguas resistencias de los parches, del candombe. Y el canto se hace colectivo, otra vez. “Me tiran a matar y yo florezco” muta hacia un estribillo en donde la tribuna canta: “Nos tiran a matar y florecemos”. En medio de la noche, entre lágrimas, el canto. “Yo no les tengo miedo a Milei, ni a los trolls de Milei que puedan salir a destruirme como persona, a mí en lo individual. Pero no puedo hablar de un miedo individual, si quiero una construcción colectiva. La sociedad no tiene que tener miedo a sacar la cabeza y decir basta. Pero bueno, para eso también hay que construir el ‘sin miedo’. Hay que atreverse. Fijate, Lali (Espósito) dice dos palabras y la persigue el Presidente. Muchos retroceden. Y muchos no se animan. Yo he escuchado a colegas queridos que admiro mucho y que sé que piensan como yo, decir que no se animan Y esa todavía es una tarea que tenemos que llevar adelante. Creo que hay que generar el ‘sin miedo’. Generarlo militando, charlando y haciendo todo esto que hacemos. O escribiendo canciones, como yo.”
Los que luchan
Ahí parece estar el camino. Lo marcan las letras del disco. Y en la necesidad de elaborar ese “sin miedo” surge la figura de Hebe de Bonafini: “Tendríamos que leer la vida de Hebe más de una vez. Hebe era una mujer en su casa. No sabía leer. Le enseñaron los hijos. Ella solamente estaba en su casa todo el día, cocinando para que su familia fuera feliz. Y aprendió a analizar con la inteligencia brutal que se le desarrolla, además, con el dolor. Ella tenía una lucidez para analizar la política. La extraño por eso. Siempre veía más allá. Siempre nos repitió: ‘La lucha no termina nunca. No se achanchen, no se acomoden, no se vuelvan a la casa. Caminen en el barrio con la gente’. Y tenía razón”.
Otro imprescindible, de esos que ayudan a pensar y están siempre del lado del pueblo, llega en un rasguido doble. Se llama “No te mueras nunca”. Entonces Teresa habla de su amigo el padre Paco Olveira: “Para vivir en comunidades con amor, a la palabra amor no la podemos perder de vista nunca. Porque el amor no es nomás la pareja (eso lo sabemos, por supuesto). Necesitamos tener presente el amor plural. En la canción que le escribo digo: ‘Padre del amor plural, por llevar la cruz de ese amor te apuntan’. Porque eso es lo que quieren matar: el amor plural, que te incluye al otro, que te lo mete al otro a tu lado y que vale lo mismo que vos. Por eso, que no se muera nunca, no solo él. Sino todo lo que él representa, que es ese amor, la solidaridad, que nos importe el otro”.
A esta altura, el cantautor Sebastián Audisio –que junto a Ro Taboas, Sol Altamira y Ema Pulpero recibió a Teresa con un arroyo de poesía y música serrana– le pregunta por otros que acaso nunca debieron morir. O nunca tan jóvenes. Como Zitto Segovia, Ceferino “Chango” Paniagua, Miguel Ángel “Michel” Sheridan, Joaquín “Gringo” Sheridan, Daniel “Yacaré” Aguirre y Johnny Behr, músicos inolvidables que se fueron en un accidente automovilístico en 1989. “Yo estaba en Catamarca. Y mi mamá, que nunca me llamaba, me llamó al hotel para avisarme.” “Los que se fueron” se llama el tema que compuso en memoria de aquellos cantores. Y lo cantó junto a Lolita Torres. Cantar con otros. Ser con otros. Ser en otros, acaso sea la forma de “ser multitudes”. De llevar tanta memoria en el cuerpo, para cantarla.
En esa memoria refulge el cura Belisario “Pucho” Tiscornia. “En un momento me fui a vivir, con mis tres hijos mayores, a una capilla de los curas tercermundistas, allá en Corrientes. Entonces, un día el padre Tiscornia, cansado de ver las colas de gente que iba a buscar agua bendita, los hizo pasar a todos. Vengan por acá, les dijo. Después, bendijo el aljibe.” Acaso de esas aguas claras, del fondo límpido de aquel pozo del que bebía el pueblo, aún emerja la palabra y la música de Teresa Parodi. Esa que lleva a cada escenario, donde cientos llegan a beber. O a apagar tanta sed. En su música y en su “bien decir”.
Cuando la ceremonia de la palabra está terminando saluda, cálida. Susurra un “cuídense, que necesitamos de muchos soldados”. Y se va. Vuelve a la calle. Al camino. Lento, se va. Se va esa mujer que renovó el folklore allá por la primavera democrática. Esa que sigue caminando, para volver a sembrar la patria de canciones. Hasta que amanezca. Porque aún sueña (soñamos) con otra primavera.
Teresa Parodi presentará Hasta que amanezca en La Trastienda (Balcarce 460, CABA) el 21 de mayo.
