Entre julepe y julepe llegaremos al 77… La revista encabezada por Alfredo Barbieri, Don Pelele, Juan Carlos Calabró, Patricia Dal y Nuri Cid hacía varios meses que estaba en cartel con dos funciones diarias. Y en enero de 1976 no se movía del Teatro Astros porteño, propiedad del empresario Héctor Ricardo García, que pugnaba por el levantamiento de la prohibición contra su medio estrella, el diario Crónica, clausurado por el gobierno de Isabel Perón.
El título de la comedia picaresca de humor político dirigida por Hugo Moser, “prohibidísima para menores de 18 años”, jugaba con la fecha de las anunciadas elecciones presidenciales, que habían sido adelantadas para octubre de 1976 y que la administración justicialista planeaba pasar a diciembre por cuestiones organizativas.
Las carcajadas de la temporada teatral de verano se habían acallado con el exilio de Nacha Guevara, que había sufrido un atentado en el teatro en que había debutado con Las mil y una Nachas. Ni bien comenzó el nuevo año, partió hacia México. Una foto la retrató en la escalerilla del avión haciendo la V de la victoria. Mientras, en Mar del Plata, Mirtha Legrand continuaba con las funciones de Constancia y Susana Giménez dejaba su dúplex de Rodríguez Peña y Arenales, en el barrio porteño de Recoleta, para que le hicieran refacciones varias, y volaba hacia Venezuela –sin su pareja, Carlos Monzón–, donde el 29 de enero festejaría su cumpleaños 32.
Todavía impactada por los sucesos de Monte Chingolo, la sociedad argentina penaba por el aumento constante de los precios –la inflación de diciembre había sido del 11,5 por ciento y la anual de 334,8, la más alta de la historia argentina hasta ese momento–, la inestabilidad política y el aumento de los discursos autoritarios y de las acciones represivas.
Durante enero, el tema Malvinas volvió a ser noticia por la tensión entre Buenos Aires y Londres ante la “misión Shackleton”, encargada de investigaciones petrolíferas en las islas, que provocó el retiro recíproco de embajadores.
La atención también estuvo centrada en el avance de la causa contra el exministro José López Rega y su incierto paradero; la discusión del “Proyecto nacional” legado por Juan Domingo Perón; la muerte de Juan D’Arienzo, “el rey del compás”; los cambios de ministros en Interior, Justicia, Defensa y Cancillería; el malestar de la CGT por esas designaciones; la decisión presidencial de no intervenir la provincia de Buenos Aires; los aumentos salariales del 18 por ciento; la escalada del dólar; la movilización de un grupo de empresarios; la suba del transporte de hasta el 100 por ciento; la designación del general Albano Harguindeguy como jefe de la Policía Federal y las advertencias del futuro dictador Jorge Rafael Videla: “La subversión no está erradicada”, “la guerrilla no está aniquilada totalmente”.
“Mensajes, amor, amigos”
“Tengo 15 años, me siento solo, busco flaca para ir a recitales, etc. Y poder enamorarme.” Imposible que Jorge, el autor de este mensaje aparecido en la revista Pelo de enero de 1976, haya querido ir a ver Entre julepe y julepe… Era uno de los tantos “menores de 18 años” que sintonizaban otras inquietudes, canalizadas en la publicación de rock más influyente del país en aquel tiempo.

Ese muchacho conurbano de Castelar había cumplido con las directivas del mensuario dirigido por Daniel Ripoll para publicar en la sección “Avisos libres”: acercó esas líneas hasta la redacción, en el segundo piso de Suipacha 323, en Capital, de 10 a 12.30 o de 14.30 a 18.30, sin pagar un peso. No se aclaraba, pero seguramente entre lunes y viernes.
En el apartado “Mensajes, amor, amigos” se agrupaban los deseos, las inquietudes y las fantasías de las y los jóvenes seguidores de Pelo, argentinos y de otras nacionales latinoamericanas, que intentaban cambiar sus vidas en tiempos convulsionados. Como Marcelo: “Miro a mi alrededor y siempre sigo respirando el aire de este podrido Buenos Aires, tendría que buscar mi cerebro en otra galaxia para poder meditar. Te quiero, Susana. Gracias por habernos conocido, petiza”.
Direcciones y números telefónicos eran ofrecidos a corazón abierto, sin temor a que cayeran en manos extrañas. La música progresiva se encargaba de cuidar a esa cofradía que buscaba relacionarse a pesar de la época hostil.
Daniel le deseaba a Adriana un “feliz cumpleaños de 15” y le prometía: “Voy a volver a tiempo”. María Inés y Rolando le escribían a Gilda: “Fuimos a tu casa un sábado y tuvimos una pálida grande con tu madre. No nos quiere como tus amigos. No te escribimos porque las cartas no te van a llegar, ¿entendés? Escribimos, danos otra dirección; seremos tus amigos cueste lo que cueste”. Y Gladys buscaba “amistades sinceras”.
Otro Daniel dejaba su teléfono para que lo llamara, solo de 20.30 a 21, alguna chica “de 20/25 años” que tuviera “inclinaciones hacia la indagación esotérica-cósmica”. Roberto anhelaba “intercambiar toda clase de material referente a literatura con países de Sud América”. Guillermo pedía contactar a “gente de EE.UU. para plantear temas sobre ese país”. Y un tercer Daniel: “Si te encontrás sola o simplemente querés tener un amigo, escribime, porque acá hay alguien que está esperando”. Todos vivían en la Capital.
Desde el conurbano, la Organización Mundial de Amigos (OMA), del barrio Manuelita, en San Miguel, invitaba: “Flacos/as, escríbannos, en nosotros encontrarán amor, paz y muchos amigos, no se olviden”.
El alcance de Pelo iba más allá de Capital Federal y el Gran Buenos Aires. Marcela, de Caleta Olivia, Santa Cruz, quería contactarse con Álvaro: “Leí un par de cosas tuyas en Viento (Edición Subterránea del Sur). Me gustó mucho la manera en que vos escribís. Consulté a los editores respecto a tu dirección; me dijeron que habían perdido el contacto. Quisiera saber si existís”. Adriana, de Bariloche, se brindaba: “Flaca de 21 años desea cartearse y buscar personas que puedan ayudarla en momentos de crisis. Si alguien ha tirado o le han tirado mucha bronca, escríbanme”.
Algunos mensajes convocaban a sumarse a acciones solidarias, como el siguiente, desde Mar del Plata: “¿Nunca fuiste a un hospital, asilo u orfanato? ¿Nunca viste la tristeza que encierran? ¿Y la falta de sol, de vida? Si querés llevarles alegría, unite a nuestro grupo. Esperamos tu llamado. Tu recompensa: una sonrisa”.
Tres mensajes desde países latinoamericanos dominados por dictaduras salieron en la Pelo número 69. Javier vivía en Montevideo, tenía “15 years”: “Necesito flaca linda y también por dentro que ande conmigo, que le haga chapa y pintura a mi crisis de soledad. Si querés ayudarme además en mis laburos musicales. Vení o escribime”. Claudio, de Santiago de Chile, era fotógrafo y anhelaba “tener amigos argentinos. Cambio discos, revistas y de todo –progresivo–“. Y Rosa, de Lima, aspiraba a “mantener correspondencia con chicos/as de cualquier parte del mundo y que gusten de la música rock”.

Hombres de cuero en dos ruedas
La sección “Avisos libres” se completaba con pedidos de interesados en comprar, vender o canjear discos, casetes y magazines; dar clases de inglés y dibujo artístico/publicitario; preparar para rendir materias del secundario; ofrecer el servicio de músicos y disc jockeys; buscar lugares para ensayar y enseñar a tocar y reparar instrumentos musicales. Un ejemplo es el de Rick Anna, “ex alumno de Robert Fripp”, uno de los fundadores de King Crimson, que brindaba enseñanza y mecánicas de guitarra.
Ian Anderson hegemonizaba la tapa del primer número de Pelo de 1976, que en su interior ofrecía una entrevista al líder de Jethro Tull. En esa portada se anunciaba una nota sobre Desire, el último trabajo de Bob Dylan, los cambios recientes en Deep Purple y un informe especial sobre Frank Zappa. Además, la revista traía un artículo sobre David Bowie y su trabajo en la música de la película El hombre que cayó a la Tierra, que él mismo protagonizaba.
En cuanto al rock nacional, Pelo se preguntaba “¿Por qué se separa El Reloj?” y entregaba entrevistas a Raúl Porchetto, por su nueva etapa solista, y a Gustavo Santaolalla, sobre su nuevo grupo, Soluna, tras la separación de Arco Iris.
Otro tema de interés, “Moto rock en La Rural. Entre la música y la violencia”. “Montados en sus lustrosas motos, estos fantoches de cuero, imitadores de los rebeldes sin causa de los años 50, intentaron aliarse al rock para ofrecer una parodia costumbrista de antiguas violencias”, opinaba el cronista. En la ocasión, actuaron Crucis, Ricardo Soulé, Espíritu y León Gieco, que sorprendió con su tecladista invitado: Charly García.
La colección completa de la revista Pelo puede consultarse en forma gratuita en el Archivo Histórico Digital desarrollado por la Universidad Nacional de Quilmes.
