Hacia mediados de 1833, el gobernador Juan Ramón Balcarce mantenía incómodo equilibrio en el sillón que ocupaba en el histórico Fuerte de Buenos Aires. Su elección por la Legislatura había sido una solución de compromiso ante la negativa de Juan Manuel de Rosas de permanecer en el cargo, luego de un primer mandato dotado con las facultades extraordinarias.
Pero Rosas no se fue a su casa, sino que se internó en esa inmensidad mal llamada desierto, donde encabezó una ambiciosa campaña de extensión del territorio provincial, ya sometiendo o pactando con las distintas comunidades originarias, para sellar una paz duradera en beneficio de las poblaciones de frontera.
En la ciudad, subía la efervescencia electoral, y se perfilaban sendos bandos para tomar el control de la estratégica Junta de Representantes: uno “cismático”, donde militaban federales opositores a Rosas y no pocos unitarios, clandestinos después del fusilamiento de Dorrego (1829), y otro “apostólico”, que respondía a las directivas del comandante en operaciones.
Esta última facción estaba integrada, entre otros distinguidos personajes, por los hermanos Anchorena, el general sanmartiniano Tomás Guido y algún ministro remanente de su gobierno, como el juez Manuel Maza, que encontraron hospitalidad en la casa de la calle San Francisco (hoy Moreno), donde brillaba y aglutinaba voluntades la encendida estrella de la anfitriona, Encarnación Ezcurra de Rosas.
Esa mujer.

La figura de la esposa de Rosas aparece escamoteada de la historia oficial, o al menos, relegada tras el aura dulce y entrañable de su hija Manuelita, que la sucedió en la devoción popular (y no pocas gestiones oficiosas) tras su temprana muerte, pero hay suficientes razones de peso para considerarla la principal socia del ascenso al poder absoluto de su marido, una auténtica operadora política adelantada a su tiempo.
Previamente al ingreso al plano público, el rico estanciero y la descendiente de una de las mejores familias de Buenos Aires formaban una sólida pareja, bendecida con dos hijos sanos (otro falleció prematuramente). Además de la niña, el primogénito Juan Bautista, y un tercer integrante, adoptado como propio apenas desposados. Era el vástago nacido del amor prohibido entre la hermana de Encarnación, María Josefa (que estaba casada con un primo peninsular), y un tal Manuel Belgrano, pero eso es un tema aparte.
Rosas y Ezcurra se vincularon siendo muy jóvenes, tan jóvenes que la madre de aquel, la terrible Agustina López Osornio, otra mujer de armas tomar que tendría suma influencia en su vida y en su carácter, le negó de cuajo el consentimiento para la pretendida unión conyugal.
Una versión muy difundida desliza que Rosas instruyó a su amada para que le remitiese una misiva donde le confesaba un incipiente embarazo. La carta quedó “olvidada” a la vista de Agustina, que se apuró para disponer el sacramento. Aunque el acta de casamiento rastreado por historiadores escrupulosos, que está cumplimentada en tiempo y forma con todos los requisitos eclesiásticos de la época, pone un manto de duda sobre la veracidad de la historia.
Los pocos retratos existentes revelan la figura de una mujer maciza, algo hombruna incluso, de rasgos angulosos y mirada ardiente, quizá reflejo de un íntimo fanatismo de espíritu. Si Rosas se enamoró de su inteligencia, también la eligió como compañera de un proyecto de vida, que por entonces (se casaron el 16 de marzo de 1813, un par de días después del arribo de las banderas realistas capturadas en la batalla de Salta) no contemplaba la política como prioridad, sino la prosperidad económica a través de la explotación ganadera.
Encarnación había nacido en la capital del Virreinato del Río de la Plata el 25 de marzo de 1795. Según el zodíaco, bajo el signo de Aries. Para los que creen en los horóscopos, el signo que representa la iniciativa e identifica a los que siempre están por delante y saben animar a los demás a seguir sus pasos.
Operación Retorno
Después de dilaciones y retaceos del apoyo oficial, que ya revelaban las diferencias en ciernes, Rosas estaba en campaña desde marzo, instalando campamento a orillas del río Colorado. Precavido y organizado siempre, tenía montada una red de 21 postas escalonadas hasta su estancia en Monte. En el otro extremo de aquel telégrafo inalámbrico estaban los oídos y los ojos de Encarnación, informante de cuanto acontecía en la ciudad, pero también preparada y dispuesta a ser su brazo ejecutor en cuanto fuera necesario.
“¡Nuestros enemigos han triunfado!”, le comunicó apenas producidas las elecciones de abril, cuando el grupo cismático que pretendía borrar el legado recibido ganó de mano la partida.
Precisamente, uno de los primeros debates en la renovada legislatura se centró en la derogación de las restricciones a la libertad de prensa, impuestas por el gobierno anterior.
El efecto dominó fue la aparición de numerosos periódicos y pasquines que apelaban al desprestigio como arma y a la procacidad como argumento. Encarnación fue una de las primeras víctimas, bautizada la “mulata Toribia”, por su diálogo frecuente con la población afroamericana. En otro medio de nuevo cuño, Los Cueritos al Sol, se prometía ventilar la “vida privada de Encarnación Ezcurra de Rosas, Pilar Spano de Guido, Agustina Rosas de Mansilla (hermana de Rosas casada con el general Lucio N. Mansilla), Mercedes de Maza y de cualquier otra persona del círculo indecente de los apostólicos”.
Desde el rosismo, alentado por Encarnación, tampoco se privaron de contestar golpe por golpe y llegaron a profetizar “tocarle le violín” al propio Balcarce, a quien acusaban de “traidor”.
El gobierno tambaleaba en medio de la crisis política que siguió a la suspensión de elecciones complementarias, realizadas a medias el 16 de junio, en las que ambos bandos se adjudicaron el triunfo.
“Las masas están cada vez más dispuestas” (para tomar el poder,) apuntaba su “compañera”, rol que solía acentuar en sus expresivas misivas.
Todavía más explícita y decidida, le hizo saber a Rosas, en septiembre, que las elecciones próximas “no las hemos de perder, pues en caso de debilidad de los nuestros en alguna parroquia, se armará bochinche y se los llevará el diablo a los cismáticos”.
En todo ese tiempo, Encarnación había hecho mucho más que pasarle información precisa y hacerle saber sus puntos de vista (a veces, de manera imperativa). También, se había prodigado como activista social entre la gente del “bajo pueblo”. Su labor constante y efectiva en los barrios populares donde habitaban los “paisanos” la autorizaba a transmitirle su convicción de que “los pobres están dispuestos a trabajar de firme. Veremos qué hacen los figurones” (del bando cismático).
Finalmente, la situación se fue de control por un equívoco un tanto bizarro. Cuando el gobierno trató de morigerar los excesos y quiso juzgar a los medios panfletarios, comenzó con un proceso a El Restaurador de las Leyes. Sus editores capitalizaron la confusión generada entre el nombre del periódico y el propio Rosas, que ostentaba tal título honorífico, empapelando las paredes con la noticia del supuesto juicio a la figura del exgobernador, promoviendo una revuelta popular que derivó en un sitio a la ciudad.
La Revolución de los Restauradores llevaba el sello de Encarnación en el orillo.
Salió Balcarce y entró Viamonte, un general de la Independencia sin poder ni aspiraciones. La mujer tampoco lo veía con buenos ojos y así se lo trasmitió sin ambages a su consorte, todavía en la línea de frontera: “No es nuestro amigo ni lo será nunca”.

No lloren por mí
El asesinato de Facundo Quiroga en Barranca Yaco (1835) convenció aun a los más remisos de ceder la suma del poder público (Ejecutivo, Legislativo y Judicial) al único hombre capaz de poner orden en el Estado provincial y mantener una relación fraternal con el interior, en un sistema federativo.
Después de haber contribuido de manera decisiva a su encumbramiento, Encarnación lo acompañaría poco tiempo: falleció de una enfermedad desconocida en octubre de 1838 (tenía 43 años). Todo Buenos Aires se vistió de luto por la desaparición física de la “Heroína de la Santa Federación”.
Fiel a su personalidad, Rosas no exteriorizó su pena, lo que hizo murmurar más tarde a sus enemigos que en la agonía ni siquiera concurría a verla. Versiones familiares afirmaban que había muerto en sus brazos y durante horas permaneció a solas en su cuarto, sin dejarse saludar por nadie, ni durante ni después.
Los funerales de Encarnación fueron fastuosos, inéditos para la época. Una multitud de 25 mil vecinos (la población total de la ciudad rondaba los 60 mil habitantes) acompañó el cortejo fúnebre, solventado por la Junta de Representantes, que le rindió honores oficiales de capitán general.
Sus restos mortales fueron depositado en la iglesia de San Francisco, en la noche del 21, con todos los campanarios de Buenos Aires doblando a muerto.
Aun dos años después, cuando el gobernador dio por terminado el “luto federal” con una proclama, le confesó en una esquela a su hija: “He llorado tanto desde que la escribí, días pasados, y hoy acordándome de ti, a quien quiero más que a mi vida”.
Encarnación lo abandonó en vísperas de otra de las recurrentes crisis del período rosista, con la escuadra francesa bloqueando el río de la Plata, y Lavalle, su antiguo vencido de 1829, amenazando con un desembarco en el sur.
Tímidamente al principio, Manuelita fue asumiendo un rol diferenciado en responsabilidades y estilo al de su madre, en el rígido esquema de gobierno personalista.
Rosas encontraría compañía femenina en una criollita, Eugenia Castro, ingresada como criada de la casa, todavía en vida de Encarnación. Ya instalado en su mítico palacete de Palermo (su esposa no llegó a conocerlo) tendría con ella hasta seis hijos, uno nacido incluso después de Caseros.
La figura emblemática de la Heroína de la Santa Federación se replegó lentamente al olvido.
Cartas desde mi molino
Docente, dramaturga e investigadora en temas de género, Cristina Escofet escribió y estrenó Yo, Encarnación Ezcurra, sobre la base de la correspondencia poco atendida que mantuvo la protagonista con su marido durante aquella Campaña al Desierto, que resultó en su encumbramiento. El resultado fue un unipersonal interpretado por Lorena Vega (Premio ACE Mejor Actriz) que obtuvo numerosos reconocimientos de la crítica, además de sostenido interés del público.
“De Encarnación Ezcurra me atrajo en principio cierta visceralidad, que intuí debía profundizar. Había elaborado en una obra de teatro, una potente Camila O’Gorman (¡Ay, Camila!) y la época se me había quedado impregnada, ya que también había trabajado sobre Trinidad Guevara y Mariquita Sánchez”, prologa la autora.
“Todo el período rosista dice mucho sobre nuestra historia, porque se jugaba el modo de organización social. Y justamente la Ezcurra tuvo un rol fundamental en el proyecto de país confederado, que luego sabremos no pudo ser”, agrega.
Guiada por un texto de la historiadora María Sáenz Quesada (Las mujeres de Rosas), Escofet fue mucho más allá de la mera referencia anecdótica, interesada por “esta mujer de escasa referencialidad en historiadores, pero sin embargo consignada como el cerebro de Rosas”.

Fueron las cartas de ella, Encarnación Ezcurra, a su marido durante la Campaña al Desierto, lo que la conmovió especialmente: “La encontré de cuerpo presente. ¿Quién era esta mujer que se animaba a emitir juicios de valor sobre estrategias y conductas políticas? Me impactó el olfato político y su forma de dialogar con las contradicciones del poder”, evoca.
Poco proclive a los blancos y negros, Escofet traza diferencias con el ícono de la mujer patricia por excelencia. “Mariquita Sánchez es nuestra George Sand, nuestra Victoria Ocampo, una mujer de los salones literarios, del pensamiento, del diálogo, de la política y del sentido de lo político, una suerte de Beatriz Sarlo incluso, salvando las distancias. Mariquita es una mujer de Mayo. Una mujer que mira la escena, entra y sale, arma su opinión, la expresa con agudeza pero a la vez es dueña de la escena propia y de su libertad. En tanto, Encarnación es nuestra Eva Perón, sin duda.”
