“En la vida, es tarde cuando se sacan ciertas enseñanzas. Así, tarde se descubre que el sentimiento de felicidad que se experimentaba con un hombre no demostraba necesariamente el amor que se tenía por él. Es en el recuerdo menos violento, menos discreto, donde encuentro ahora la evidencia del amor. Los hombres a los que he engañado son los que más he amado.”
Allá por 1987, la escritora francesa Marguerite Duras confesaba estas cosas en su libro La vida material. Y decía más, hablaba de las mujeres y los hombres, del amor, de fotografías extraviadas, de la soledad, el alcohol, de aquellas mujeres que guardan facturas de electricidad ya pagadas por años, sin saber tirar, de las múltiples formas de la muerte. Este 3 de marzo se cumplen tres décadas de su desaparición en 1996, una ausencia extraña, porque al hojear y volver a sus textos, podría parecer que ella aún está aquí, hablándonos.
“He tirado, y he lamentado. Siempre se lamenta haber tirado en cierto momento de la vida. Pero si no se tira, si uno no se separa, si se quiere guardar el tiempo, se puede pasar la vida ordenando y archivando la vida”, reflexiona.
“La Duras” nació el 4 de abril de 1914, en Gia Dhin, un remoto caserío de la periferia de Saigón, antigua Indochina colonial francesa, en un entorno familiar de gran precariedad económica. Donnadieu era su verdadero apellido, que cambiaría por el que conocemos, inspirado en un poblado del sur francés. Tuvo dos hermanos, Pierre y Paul; mientras su padre, Henri, profesor de matemática, falleció cuando ella era apenas una niña, su madre, Marie Legrand, maestra, de carácter recio, debió lidiar sola para sostener a la familia en la dura vida de la colonia.
Tanto sus hermanos, sobre todo el mayor, Pierre, como su madre, serán personajes decisivos en la vida, la reflexión crítica y la construcción literaria y autobiográfica de la autora. A Pierre lo describe como un “violento brutal”, que genera cierta atracción y rechazo a la vez; que roba a la madre, juega, consume opio, insulta: un vínculo tormentoso. Con Paul, su hermano menor, alcanza cierto grado de confidencias, de acompañamiento en un entorno agreste; lo describe como frágil, vulnerable.
La madre, Marie, es un alma afincada en la adversidad, el sufrimiento, los fantasmas. “La conocí, la amé, con la miseria instalada en su vida, la veo campesina vietnamita, vagabunda, empecinada, loca, mártir. De esta tierra salvaje, de ahí venimos nosotros”, describe Duras en su obra póstuma Cuadernos de la guerra (2006), que acumula escritos de los años 40.
“Ella vivió su realidad como una carencia constante, siempre pobre. Ama la desgracia y la pobreza, es su manera de estar en la vida, siempre pobre y mártir, como estafada por la vida”, reseña la autora sobre su madre, a quien también describe como “salvaje”, una mujer que no pudo soportar la “viudez” y los avatares de la ruina económica. Su vida es una lucha tenaz contra una naturaleza siempre hostil, y ese parece ser su destino. En contraste, su padre Henri fue “débil y murió de esa debilidad; su mal, sin ser grave en sí mismo, lo agotó poco a poco (…) Vivía tan poco que sin duda bastó ese silencio para dormirlo del todo”.
Sobre esto y aquello
Es en aquella infancia compleja, en esa tensión, donde puede verse ya con claridad a la futura Duras consagrada; allí se descubren huellas de un futuro dolor, que luego expresará en buena parte de su obra. Dice: “Las fotos se pierden en los traslados. Mi madre hizo entre 20 y 25 a lo largo de su vida y es allí donde se perdieron nuestras fotos familiares. Las fotos se caen por detrás de los cajones y se quedan allí y, en el mejor de los casos, vuelven a encontrarse en el siguiente traslado”.
El decir de Duras es implacable, descarnado, hasta impertinente. Expresa cosas y se va, no aclara demasiado y nos deja en silencio: “Los hombres son homosexuales. Todos los hombres pueden ser homosexuales, solo les falta saberlo, dar con el incidente o la evidencia que lo revelará. Los homosexuales lo saben y lo dicen. Las mujeres que han conocido homosexuales, y que los han amado con amor, también lo saben y lo dicen”.
Su producción cuenta con más de 45 novelas, piezas teatrales y ensayos, centenares de artículos periodísticos publicados en medios gráficos de todo el mundo y también de varias películas, escritas y/o dirigidas por ella. No fue Duras una escritora que escribía sobre todo, sino más bien una mujer que se expresó acerca de muchísimas cuestiones que involucraron su sensibilidad.
Su primer intento literario fue rechazado por la prestigiosa editorial Gallimard, hasta que en 1943, dicen que amenazando con el suicidio si no era publicada, vio la luz su primera novela, La impudicia. Un año más tarde publicará La vida tranquila, que cuenta con una muy reconocida traducción al español de Alejandra Pizarnik (1972). Esa obra más tarde será también traducida por la poeta y traductora Juana Bignozzi (1990).
En 1950, emergería la novela Un dique contra el Pacífico, que le brindó alguna fama. El aroma a vino tinto luce en su texto Moderato Cantabile (1958), y a Campari en Los caballitos de Tarquinia (1953). Tiempo después, Marguerite escribía el guion del film Hiroshima, mon amour (1959), dirigido por Alain Resnais; por su parte, la obra India Song (1973) fue llevada al cine con ella como directora. Dos obras recopilan parte de sus textos periodísticos y ensayos: Outside (1986) y El mundo exterior (1994).
En 1984, publicaría su novela más celebrada, El amante, ganadora del Premio Goncourt, uno de los galardones más prestigiosos de Francia; el texto –que además de su erotismo describe puntos clave de su paisaje familiar adolescente– sería llevado al cine en 1992. Duras habla allí del “impudor del lenguaje” que azota el entorno familiar, donde los gritos, el maltrato –que incluye golpes–y la desesperación diaria de la madre ocupan un lugar central.
“Nunca allí buenos días, buenas tardes, buen año, nunca gracias, nunca una palabra; es una familia pétrea, petrificada en una espesura sin acceso alguno. Cada día intentamos matarnos. No solo no se habla, tampoco se mira. Pertenecemos a esa sociedad que ha reducido a mi madre a la desesperación. Veo la guerra bajo los mismos colores que mi infancia, confundo el tiempo de la guerra con el reinado de mi hermano mayor”, describe.

Una vida obstinada
Durante buena parte de la década del 40, Duras tuvo una marcada participación en la Resistencia contra el nazismo, en la que actuó codo a codo con el expresidente François Mitterrand, con quien entablará una eterna amistad. Su obra El dolor (1985), también llevada al cine, aborda con intensidad feroz aquellos primeros pasos de la posguerra y la evidencia más palpable del horror. Por entonces, estaba vinculada con el Partido Comunista, del cual se despediría con el paso de los años, pegando portazos y lanzando dardos venenosos: sus palabras.
Siempre polémica, intervino más tarde en los debates sobre la presencia militar francesa en Argelia, quedó afónica gritando y ayudó a levantar barricadas en el Mayo Francés del 68, al tiempo que se convertía en una activa militante por los derechos de las mujeres. Parte de su obra nos introduce en su vida privada, pero no se instala allí eternamente; su presencia narrativa encalla en lo público, en los avatares sociales y políticos de sus días.
De allí que Duras haya enriquecido tanto el pensamiento de su época. En uno de sus artículos, publicado en enero de 1990 por el periódico francés Le Nouvel Observateur, decía: “Hay hoy en el liberalismo, en todo el mundo, un retraso con respecto a la política, una especie de repugnancia por la acción política, por la conclusión, y yo añadiría: por el valor de expresar una opinión, sobre todo la propia”.
Esta noche, amiga mía
Sobre todo en las últimas dos décadas de su vida, la escritora transitó intensas batallas contra el alcohol, con periódicas curas de desintoxicación que deterioraron al máximo su ya frágil salud.
Son desgarradoras sus reflexiones sobre el alcoholismo. “Beber –confiesa– no es obligatoriamente querer morir, no. Pero uno no puede beber sin pensar que se mata. Lo que impide que uno se mate cuando está loco de la embriaguez alcohólica es la idea de que, una vez muerto, no beberá más”. Y agrega: “El alcohol es estéril. Las palabras del hombre dichas en la noche de la borrachera se desvanecen con ella tan pronto como llega el día. He hablado bajo los efectos del alcohol. La ilusión es total: lo que uno dice nadie lo ha dicho aún” .

Pequeña de estatura, usaba casi siempre un chaleco clásico y durante un tiempo intentó ocultar su delgadez usando amplios atuendos. Marguerite tuvo dos maridos, dos hijos (el primero murió al nacer) y varios amantes. La última parte de su vida la compartió con el joven actor Yann Andréa, intérprete de varias de sus películas. Durante más de un año estuvo internada, enferma de cáncer, hasta que su vida se apagó un domingo de marzo a los 81 años.
En el mismo prólogo de La vida material la escritora deja una sentencia que bien podría describir buena parte de su obra y sus maneras de posicionarse en los intensos años que le tocó vivir. En este caso, un párrafo de ese prólogo transforma en epílogo el presente homenaje: “Ninguno de mis textos es exhaustivo –dice–, ninguno refleja lo que yo pienso del tema abordado, porque yo no pienso nada en general, salvo de la injusticia social. El libro representa, como mucho, aquello que yo pienso algunas veces, y algunos días, de ciertas cosas. Luego, también representa lo que pienso. No llevo en mí la lápida del pensamiento totalitario, quiero decir: definitivo. He evitado esa plaga”.
