Se conoce que la casa de José “Pepe” Mujica está ubicada en un entorno natural. No tanto que, al ingresar, hay una sala que tiene un escritorio con papeles, retratos, objetos decorativos y libros. Allí dio algunas entrevistas que dejaron una huella difusa de su biblioteca. Según Gerardo Caetano, en José Mujica. Otros mundos posibles (2024), esta ocupa “dos de las cuatro paredes” de la habitación, con libros que van “del piso al techo sin un orden aparente”. El autor sostiene que prevalece la “diversidad” por encima de un género específico, ya que se pueden encontrar libros de literatura, historia, filosofía, antropología y biología. Una biblioteca nada desdeñable. A pesar de ello, en una de las entrevistas para ese libro, Mujica dijo: “No leí tanto, pero viví”. Esta frase sintetiza la representación que tiene sobre la lectura y la experiencia. En este sentido, exploraremos modos de leer y de aprender que surgen de la historia y la palabra del expresidente uruguayo.
El valor de la lectura y la experiencia
En la frase “No leí tanto pero viví”, la experiencia es la contracara de la lectura. El sentido de la expresión implica una supuesta acumulación de saber que los años proveen. El hecho de vivir –que sucede, es inevitable– se carga de intensidad, de beneficio, de aprendizaje. No es solo cuestión de cantidad, de que pasen los años, sino de que el tiempo sea “aprovechado”.
A los pocos días de su liberación, Mujica sostuvo en el Platense Patín Club (1985): “Fuimos creando nuestra cultura que no está escrita, fuimos generando nuestra propia historia, que tampoco está escrita. La guardia vieja no tuvo tiempo de escribir, apenas pudo pensar y no siempre, porque tuvo mucho que hacer, y por eso mucho también se equivocó”. El tiempo vivido se convierte en objeto de reflexión y fuente de saber. En la Unasur (2014) afirmó: “Tenemos que aprender de nuestro pasado, de nuestros errores, de la grandeza de hombres que tuvieron un mensaje que quedó inconcluso. Tenemos que aprender de la derrota, de las cárceles (…) La vida es un aprendizaje continuo”. Se busca aprender de los errores históricos y personales. La enseñanza está en abandonar algunas cosas –¿la opción de la violencia armada?– y recuperar otras –el mensaje inconcluso–.
El aprendizaje de la experiencia suple una “falta”, porque la negación inicial de la frase –”No leí tanto”– supone la necesidad u obligación incumplida de leer mucho. Hay una dimensión de cantidad, cuantitativa, en la valoración de la lectura. No se trata solo de leer de forma detenida, reflexiva, intensiva, sino de acumular. Mujica considera al libro como el lugar del saber legitimado, porque en su lectura se “aprende”. Allí está el conocimiento enciclopédico para ¿educarse, pensar, tomar decisiones, ejercer el poder? Mujica es moderno, hijo de la cultura letrada ilustrada. Su valoración del libro ancla en esa tradición y por eso el lamento de no haber “leído más”.
“Me di el lujo de leer”, declaró en una entrevista para el libro de Caetano. La lectura es “un lujo”, porque se necesita tiempo disponible. “Cuando salí (de la cárcel) siempre traté de seguir leyendo. Ahora es cuando leo menos. Acá en el Parlamento, estoy preso de lo coyuntural”, expresó para Mujica, la biografía de Miguel Campodónico. La intención de leer persiste, aunque lo hace “poco” –otra vez el lamento cuantitativo–, debido a la falta de tiempo por las ocupaciones políticas. ¿Cuánto habrá que leer para que sea suficiente?

La lectura silenciosa y la conversación
En un edificio antiguo de Ciudad Vieja estaba la Facultad de Humanidades y Ciencias. Hasta allí iba el joven Mujica empujado por la curiosidad y el beneficio del transporte que lo dejaba en la puerta. En el libro de Campodónico se afirma que “leía cuanto libro caía en sus manos”. En la sala de lectura, pasaba largos ratos en una mesa elegida contra la ventana. El tiempo durante la lectura es imperceptible, porque la concentración sustrae al lector solitario de esa dimensión. Según relató en diferentes oportunidades, allí pasaba “cinco o seis horas”, “muchas horas y muchos días” o “se pasaba la tarde leyendo”. La lectura de entonces era la lectura de formación, la lectura ilustrada, intensiva y extensiva, silenciosa y en soledad, puro despliegue de imaginación y reflexión.
A la lectura de libros en la biblioteca, se suma la de Marcha. Contó en diferentes entrevistas que durante mucho tiempo el único ejemplar del semanario que el diariero llevaba al Paso de la Arena era para él. Es decir que la casa materna también fue escenario de lectura. Campodónico arriesga una influencia familiar de esta inclinación. Según él, Angelito Cordano, el tío “hincha de Perón”, “leía mucho, y sobre todo de noche, se convertía en un hombre muy locuaz”. La lectura es dialógica, primero, entre autor, texto y lector; después, porque deriva en conversación con familiares, maestros o amigos.
En la universidad, además de ir a la biblioteca, asistía de oyente a las clases de José Bergamín y de Francisco “Paco” Espínola, quienes trataban temas literarios, clásicos españoles y universales. Con ellos y con amigos también compartía tertulias y charlas de bar. En definitiva, la lectura individual y silenciosa junto con la escucha y la conversación con los “maestros” y pares constituyeron el clima ilustrado de bohemia y rebeldía intelectual del joven Mujica.
De la lectura ilustrada a la lectura instrumental y la acción
La lectura enciclopédica de formación cultural o reflexión histórica política giró hacia lo instrumental en la época de tupamaro. Mujica sostenía que la experiencia de la Revolución Cubana servía para pensar la guerrilla rural, pero no era replicable en Uruguay. En este sentido, contó que “la rebelión de (Menájem) Beguín en Tierra Santa (refiere al libro La rebelión en Tierra Santa) o el libro La guerra de la pulga (de Robert Taber) nos aportaron mucho más que la experiencia cubana. Todo eso era mucho más adaptable a lo que estábamos haciendo en el Uruguay” (Campodónico). Emerge así la lectura instrumental, la que orientará la acción, la próxima a la práctica. Comenta Campodónico: “Todos los libros que abordaban el tema de la guerrilla urbana fueron leídos por los tupamaros, debido a que trataban de informarse aprovechando lo que de una manera u otra pudiera servirles: manuales militares, novelas, libros de distinta naturaleza que, igualmente, tuvieran alguna vinculación con la guerra irregular en las ciudades”. Es un período de “lectura de manual”, en el sentido de un modo de leer orientado a buscar soluciones o instrucciones que definan operaciones.
El Documento N° 2 (1968) del MLN-Tupamaros dice: “FORMARSE EN LA PRÁCTICA. Este será nuestro gran principio”. La lectura reflexiva cedió terreno al aprendizaje en la práctica, a la prueba y el error. Como tupamaro, Mujica es un hombre de acción, que en todo caso trata de leer la realidad y pensar qué tipo de intervención se podrá realizar y con qué objetivo. Se lee política en noticias y se debate con los compañeros. Además, se discuten planes de acción, para los cuales se hacen lecturas de espionaje: se leen movimientos de agentes de seguridad, horarios o planos. En esta época, predominó la lectura procedimental y la práctica.

La lectura sanadora y la sabiduría de la naturaleza
Cuando estuvo detenido por la dictadura cívico-militar, pasó siete años sin leer. Por dolores y depresión, una psiquiatra le consiguió permiso para leer libros de ciencia –química, física y ganadería– y escribir. “Así me saqué la enfermedad de encima”, le confesó a María Esther Gilio. La lectura y la escritura se resignificaron como forma de supervivencia y cura.
Sin embargo, durante el período de encierro hubo otras formas de sobrevivir. En el discurso de Platense (1985) señaló: “Aprendimos en la orfandad de los calabozos (…) con qué poco se puede ser feliz (…) Aprendimos sin libros, un modo de mirar si vos querés un tanto panteísta, nos gustaban las arañas, nos gustaban las hormigas, porque eran la única cosa viva que teníamos en la soledad de nuestros calabozos. Somos de la naturaleza y con ella estamos”. La aclaración de que aprendió “sin libros” evidencia la representación de estos como espacio privilegiado del saber. A pesar de ello, aprendió en la soledad del calabozo la austeridad como camino a la felicidad y también un “modo de mirar”. Este refiere a ver la naturaleza como cohabitante del mundo junto con el ser humano y no como un objeto exterior a dominar y utilizar con fines capitalistas.
Sabemos que la relación de Mujica con la naturaleza no surgió en la soledad de los calabozos. Desde pequeño Mujica tuvo una sensibilidad especial con ella. En el libro de entrevista con Gilio, la autora replica sus palabras: “‘Las plantas siempre dicen algo’, suele afirmar. ‘Su color, su postura, nos hablan, hay que saber entender'”. La naturaleza es otra fuente de conocimiento que hay que leer. Cuando recibió el Premio Nobel de Literatura en 1998, José Saramago dijo que las dos personas más sabias que había conocido en su vida eran sus abuelos, quienes no sabían leer ni escribir, pero tenían claro que cuando hacía mucho frío durante el inverno debían llevarse a la cama los lechones más débiles para librarlos de la muerte.
En la historia y las declaraciones de Mujica se identifican aprendizajes dados por la experiencia “intensa” de vida, la acción –a prueba y error– y la reflexión sobre el pasado. Además, hay un culto de la conversación y una concepción sobre la naturaleza como fuente de sabiduría. En cuanto a las maneras de leer, observamos que Mujica leyó de modo instrumental para evaluar operaciones; lo hizo para curarse del encierro y la depresión; y aunque lo considera insuficiente, también leyó para formarse, en silencio y soledad, porque en los libros hay un saber imprescindible.
