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Caras y Caretas

           

La verdad encuentra su camino

Ilustración: Osvaldo Révora

La combinación del Mundial, la llegada de la CIDH y el Nobel a Pérez Esquivel marcó los primeros resquicios del régimen. Las atrocidades del gobierno de facto empezaron a hacerse indisimulables.

Durante el mediodía del jueves 1 de junio de 1978, en el estadio de River, la Junta Militar comandada por Jorge Rafael Videla estaba convencida de que la suerte y el destino estaban de su lado. En plena iniciativa oficial de instalar la existencia de una “campaña antiargentina”, el Mundial parecía ser la mejor ocasión para mostrar al exterior la imagen de un país unido y fervoroso, mientras se ocultaban los crímenes de Estado. Pero ya en la apertura del torneo comenzaron los problemas. La televisión neerlandesa transmitió en simultáneo, vía satélite, la ceremonia inaugural y la ronda de las Madres de Plaza de Mayo, a pantalla partida. La imagen primero llegó a los Países Bajos, luego al resto de Europa y, finalmente, al resto del mundo.

Por primera vez en dos años de dictadura parecía haber una oportunidad concreta de exponer las atrocidades del régimen y la situación crítica del país. A las ausencias de jugadores como Johan Cruyff y Paul Breitner se sumaron actitudes como la del arquero sueco Ronnie Hellström, que confesó haber acompañado a las Madres de Plaza de Mayo “porque era una obligación que tenía con mi conciencia”. El jueves siguiente a la apertura del Mundial, ya eran decenas los periodistas extranjeros que se acercaron a la Plaza para cubrir la ronda. Una Madre declaró a cámara: “Dicen que los argentinos que están en el exterior dan una imagen falsa del país. Nosotras que somos argentinas, que vivimos en Argentina, le podemos asegurar que hay miles y miles de hogares sufriendo mucho dolor, desesperación y tristeza. Porque no nos dicen dónde están nuestros hijos, no sabemos a quién recurrir”.

DERECHOS Y HUMANOS

En un país que expulsaba a la población villera, con el peso devaluado, industricidio en marcha e inflación galopante, el 6 de septiembre de 1979 las carteleras de la vía pública de Buenos Aires amanecieron con afiches con la bandera argentina de fondo y una frase que se repetía en programas, autoadhesivos y cajitas de fósforos: “Los argentinos somos derechos y humanos”. Era una estrategia propagandística inventada por la agencia con sede en Nueva York Burson Marsteller, que realizaba campañas publicitarias para la mayoría de las dictaduras latinoamericanas y había impulsado lo de la “campaña antiargentina” en 1978.

“Derechos y humanos” fue la respuesta a la visita de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH), un organismo existente desde hacía años, pero con poca trascendencia. El triunfo del demócrata James Carter en Estados Unidos en 1976 permitió que se fortaleciera, con la mirada puesta en el Cono Sur, bajo la figura clave de Patricia Derian, secretaria adjunta de Derechos Humanos. El viernes 7 de septiembre, la comitiva de seis juristas se instaló en las oficinas de la OEA en Avenida de Mayo al 700.

De nuevo apareció el fútbol: ese mismo día, la selección sub-20 liderada por Diego Maradona y Ramón Díaz triunfó en el Mundial Juvenil de Japón. “Vayamos todos a Avenida de Mayo y demostrémosles a estos señores que la Argentina no tiene nada que ocultar”, lanzó el relator oficialista José María Muñoz desde su programa La Oral Deportiva en Radio Rivadavia. Durante catorce días, la CIDH recorrió Buenos Aires, Córdoba y Tucumán, avisando previamente dónde iban a estar para que la gente pudiera acercarse a llevar sus denuncias. En la sede porteña, llegaron a formarse más de tres cuadras de fila de personas que, por primera vez, serían escuchadas por alguien. Varias fueron agredidas y silbadas por quienes adherían a la dictadura. Aun así, se recabaron 5.580 denuncias: 4.153 eran denuncias nuevas, incluyendo familiares desaparecidos, bebés nacidos de madres a quienes se les había perdido el rastro, torturas ilegales en prisión y hábeas corpus sin respuesta. La desaparición forzada era la violación que más se repetía y para la que casi no existían antecedentes jurídicos.

Durante esos catorce días, la Comisión se reunió con autoridades militares, eclesiásticas, políticas, gremiales y judiciales; visitó cárceles (Devoto, Caseros, La Plata, Olmos, La Rivera) y centros de detención, como la Escuela de Mecánica de la Armada (ESMA). Testimonios de sobrevivientes dieron cuenta de cómo la cúpula castrense “acondicionó” la ESMA para que la comitiva de la CIDH se encontrara con un lugar distinto al descripto en las denuncias: trasladaron detenidos al centro El Delta, que pertenecía a la Iglesia, cambiaron o pospusieron días de los “Vuelos de la Muerte”, tapiaron ascensores y anularon pasillos, puertas y escaleras que llevaban a la sala de tortura El Sótano. “Esta vez no hubo llamados individuales para seleccionar quiénes partirían ni los pusieron en fila en el pasillo blanco embaldosado que llevaba a la enfermería donde se aplicaban las vacunas”, escribió Horacio Verbitsky en El silencio.

En mayo de 1980 se publicó el documento de la CIDH sobre su visita, clave para la repercusión internacional: “En la República Argentina se cometieron numerosas y graves violaciones de fundamentales derechos humanos”. Hablaban de “miles de detenidos desaparecidos, que se puede presumir fundadamente que han muerto”. Las denuncias, violaciones y delitos de lesa humanidad comenzaron a disminuir a partir de la visita de la CIDH.

LA VERDAD EMERGE

Había ocurrido el segundo punto de giro de la dictadura más sangrienta y brutal de la Argentina, después de la repercusión por los derechos humanos durante el Mundial, a lo que se sumaría el 10 de diciembre de 1980 con el Premio Nobel a Adolfo Pérez Esquivel: “Para mí fue una sorpresa, a partir de ese momento hubo grandes movilizaciones, fue un momento muy duro. Yo recién salía de la prisión y de ser un sobreviviente de los Vuelos de la Muerte. El Premio Nobel ayudó a mostrarle al mundo la situación que vivía la Argentina y Latinoamérica”.

Pero entre 1978 y 1979 algo se había resquebrajado en el poder militar, lo que iniciaría su lenta pero irreversible salida del gobierno. Eso que crujía era la verdad.

Escrito por
Gustavo Sarmiento
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