“La auténtica libertad no se define por una relación entre el deseo y la satisfacción, sino por una relación entre el pensamiento y la acción.” (Simone Weil)
Los tiempos de oscuridad, dice Hannah Arendt, nunca son una rareza a lo largo de la historia. Se repiten, se congregan, nos cooptan, nos subordinan. Y cuando nos vemos acechados por lo incierto a contramano, necesitamos reubicarnos para dar batalla. Pero cómo. Cómo intervenimos, en este caso las y los poetas, en un contexto cruel y desolador. Cómo damos batalla quienes creemos aún que la palabra puede inocular, impartir, revertir, horadar, sanar e, incluso, herir. En definitiva, quienes sentimos que la palabra banalizada –como nunca hoy en las redes, los medios masivos y los discursos de quienes ejercen el poder– debe reactivar su privilegio simbólico, su capacidad de verdad, su potencia reparadora.

El tan insistente, y repasado, verso de Hölderlin profundiza la causa: para qué poetas en tiempos de crisis (o de oscuridad o de penuria o de zozobra). Y aunque Hölderlin va más allá, porque hace referencia al desmantelamiento espiritual, a la fuga de los dioses, no como una cuestión institucional religiosa –nada más lejos– sino como camino de trascendencia, no deja de funcionar como una interpelación eterna a quienes dedicamos una parte esencial de nuestra vida a leer, estudiar, transmitir y escribir poesía en busca, acaso, de lo sagrado como una forma de construir sentido. “Ser poeta en tiempos de penuria –escribe Heidegger, el filósofo alemán que catapultó a Hölderlin– significa: cantando, prestar atención al rastro de los dioses huidos. Por eso es por lo que el poeta dice lo sagrado en la época de la noche del mundo. Por eso, la noche del mundo es, en el lenguaje de Hölderlin, la noche sagrada.”
En medio de este caos, de esta “larga noche de penuria en la noche del mundo” (Heidegger), la intención de Hölderlin ennoblece el desasosiego mientras la poesía, exhausta, desata su furia. Incita desviación, estallido, hartazgo. Y enarbola entonces su noche sagrada.
Poesía y política
Hagamos de este tiempo una combustión masiva. Llevemos la pira de los derrotados (la de los vulnerables y vulnerados) y rabiemos hasta que duelan nuestros cuerpos del otro lado de los espejos. Que nuestra propia imagen reflejada se nos caiga encima. Que nuestra propia representación nos aniquile. Y entendamos que la escritura no funciona como paraguas contra las tormentas que lanza “la noche del mundo”, sino que a través de sus fisuras y agujeros clama la necesidad de pactar con la tempestad para darle potencia al lenguaje. Escribimos para nacer de nuevo porque la muerte es nuestro apellido infame.
Entendamos que el poema construye su fuerza desde su interioridad: el arte y la sociedad, dice Adorno, convergen en el contenido de la obra, no en algo que es exterior a ella. “Toda auténtica obra de arte es una revolución en sí misma”, confirma el filósofo. Si hubiese intención de escribir poesía desde una visión deliberadamente proletaria o de protesta, lo creativo se estancaría en el a priori, habría fracaso estético. Lo cierto es que la realidad del mundo, la opresión del sistema, los padecimientos sociales se entrometen como una enfermedad, sin que podamos advertir a tiempo que estamos tomados.
Lo político, entonces, radica en la acción de escribir a partir de esa ineludible combinación entre lo que el mundo apuntala y nuestra sensibilidad recibe. Lo político se enciende cuando la poesía interviene el espíritu de quien lee y modifica la mirada. De todos los grandes escritores podríamos inferir una mirada sobre el mundo y su tiempo. Lo político, en poesía, radica en la fuerza del lenguaje y en la capacidad de sus innovaciones.

Carlos Battilana, poeta y profesor de Literatura Latinoamericana en la carrera de letras de la Universidad de Buenos Aires, en su artículo “Poesía, política y subjetividad”, sintetiza esta enormísima, y casi inabordable, cuestión, en un párrafo contundente: “Si bien los vínculos entre la poesía y la política son antiguos, y no se limitan, desde ya, a un fenómeno del siglo XX, tienen sobradas manifestaciones en la producción de muchos poetas en relación, por ejemplo, con la revolución rusa, o en la producción de Miguel Hernández o de César Vallejo referidas a la guerra civil española, o en la poesía panfletaria del Neruda de Incitación al nixonicidio y alabanza de la revolución chilena (1973). Hace más de dos mil años, en La República, Platón ya prescribía normas temáticas y formales para los poetas, y además prevenía respecto de ellos para que no atentaran contra la armonía del Estado. Esta precaución respecto de los poetas, en verdad, describe una suerte de deseo por el control del lenguaje en manos del Estado, un cerrojo sobre aquellas palabras que pueden decirse y sobre aquellas que deben suprimirse. Traspasar determinado límite supone temores, el de las amenazas de la corrosión, el de los peligros de la falta de control”.
Como la poesía es genéticamente subversiva no deja espacio para la especulación y el manoseo. Porque es incómoda, porque no es lujo ni privilegio. Porque se hace necesidad a la sombra del relámpago que raspa y conmociona. Lo que en definitiva aporta la poesía a la sociedad no es precisamente comunicación, remarca Adorno, sino resistencia.
“No hay dientes que masquen la derrota y escupan de costado
cuando la mala no amaina y hasta el alma cala y redunda y nos disgracia.
Al fondo, el Oscuro retumba, refusila, afila el hacha,
como si la ira final batiera la pampa:
nadie se engañe ni endulce el mate ni deje enfriar la pava:
el poema ceba en vano la razón de lo azaroso
pero la bala perdida, que da en la nuca, es siempre nunca:
la muerte, por eso, no es la muerta que danza, sino la que mata,
la huesuda trucha que ni su propio horizonte, lejos de dónde, alcanza.
Aun así, atento en la tardecita a la lluvia que nos habla,
no te entregues, corazón: avanza, planea, aletea, también descansa:
cada gota –’es lo que pienso’–, perfora el eco de su propio silencio.”
Apreciamos, al degustar la escritura de Szpunberg, que no hacemos aquí referencia a una literatura funcional o aleccionadora. Nada más lejano. “La poesía resulta política –profundiza Battilana– precisamente porque su elemento social básico, el lenguaje, vulnera los límites aceptados respecto del modo en que es posible enunciar en el presente, y profetiza en su acontecer, en su existencia misma, una nueva forma del discurso en el ámbito de lo público.”
La reacción
Vivimos tiempos de penurias, es decir: de dioses en fuga. De casas rotas. De cuerpos hacinados en su imposibilidad de tocarse, de ayudarse, de entenderse. En su extrema soledad. Entonces, la palabra poética ofrece un rumbo inútil, sí, inútil en términos materiales, pero urgente, sí, urgente, en términos humanos.
Autores como el citado Szpunberg, Juan Gelman (“el mundo llora pidiendo comida/ tanto dolor tiene en la boca/ es dolor que necesita porvenir/ el compañero cambiaba al mundo y le ponía pañales de horizonte”), Francisco Urondo (“Hago/ esta denuncia,/ especialmente por la pérdida/ de armas y poemas, ya que ambos son irreparables. Han/ sido robados al pueblo de la república, a/ quien naturalmente pertenecían”), Luis Tedesco (“Ni la moneda ni los bancos/ ni el arma que intimida/ vencerán el silbo de los campos/ y la alegría feroz de las cocinas/ cuando los gerentes cubran con usura/ la sangre textual del alimento”), Eduardo Mileo (“El que está sin trabajo/ cuelga de un perchero./ Su cotidiano deshacerse,/ su ser nadie más que ropa/ expuestos como un cuadro./ ‘Este no es un perchero’,/ habría dicho Magritte/ si no fuera una momia,/ una nada hecha de polvo y misterio./ Pero qué puede decir el sin trabajo/ si desaparece de su ropa,/ si no es nadie en el amor del mundo”), la uruguaya Cristina Peri Rossi (“Tengo un dolor aquí,/ del lado de la patria”) constituyen esa ronda de referentes que desde una subjetividad participante sostuvieron –y en algunos casos sostienen aún– el compromiso con su época. Sin excepción, son poetas de primera línea que han agitado la lírica y antepuesto la razón poética sin que eso signifique desaccionar lo político.
“Y eso es el lenguaje en plenitud cuando calza –en esta integridad indestructible de sentidos– con la necesidad de la época y encuentra los medios técnicos para reproducirse. Tales medios son infinitos, si coinciden necesidad y libertad”, reflexiona con brillantez el poeta Jorge Aulicino, quien ha trabajado el tema desde perspectivas inesperadas en su magnífico libro de ensayos Poesía y política.
“En la lengua se refleja la reacción”, escribe Pier Paolo Pasolini, uno de aquellos genios que supo fundir en su palabra, y en la totalidad de su arte, las ignominias de su tiempo, esas que hoy se han profundizado.
Vayamos por este relicario. Pongamos el cuerpo de la palabra en nuestro cuerpo. Y a resistir.
