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En cinco años pasó de todo: final del gobierno de Mauricio Macri, mandato de Alberto Fernández, llegada de Javier Milei a la Casa de Gobierno. Al descalabro político, hay que sumarle la pandemia de covid-19 y una nueva crisis económica y social. Se pueden agregar otros factores que contribuyeron a debilitar la democracia y llegar a este presente desconcertante, con una ultraderecha envalentonada, justo cuando se cumplen cuarenta años de vida ininterrumpida en la legalidad constitucional. ¿Qué hubiera dicho Osvaldo Bayer de esta sucesión de calamidades? ¿Hubiera polemizado con Milei sobre el uso del término “libertario”? ¿Qué enlaces con el pasado hubiera trazado para analizar el regreso del neoliberalismo más extremo?
Un silencio aterrador. Quisiéramos que las palabras de ese socialista libertario que nunca se cayó resonaran en estos momentos de incertidumbre. Podemos imaginar su postura ante cada acontecimiento argentino, latinoamericano, del resto del mundo. Pero esa voz se apagó el 24 de diciembre de 2018 y la sociedad –al menos una parte de ella– quedó conmovida y huérfana de guía.
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“¡Ah, sí, el de La Patagonia rebelde!” A aquellos que no conocían a Bayer, su nombre les sonaba por ese legado que pasó de la investigación histórico-periodística al cine, un fenómeno cultural que le valió un reconocimiento amplio (a tener en cuenta: en 2024 se cumple medio siglo del estreno de ese film jaqueado por la censura).
Revisitar los cuatro tomos de Los vengadores de la Patagonia trágica y/o la película basada en parte de esa obra es un buen ejercicio para estos tiempos neofascistas.
Y, seguramente, una vez que nos reencontremos con esos trabajos surgirá la necesidad de recorrer las cientos de entrevistas que le realizaron a Osvaldo –con sus infaltables anécdotas–, sus notas en Página/12, su Severino, sus artículos en el periódico de las Madres, su libro con Juan Gelman sobre el exilio, sus poemas de juventud, sus escritos anarquistas, sus textos en Noticias Gráficas, sus crónicas sobre la Alemania de posguerra… Casi setenta años de transitar por redacciones y mostrar a quienes no suelen ser vistos.
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Bayer nació con clima de carnaval en 1927 y murió en las vísperas de la Nochebuena de 2018. Como a él le gustaba decir, una “fantasía de la realidad” propia de un pacifista que conjugaba rebeldía y esperanza, una bandera ácrata y una virtud teologal. Desde pequeño, Oswald –como le decían en la intimidad familiar– había transitado por ambos territorios: el socialismo de su padre y el catolicismo de su madre.
Alguna vez definió a la historia como “un camino hacia la búsqueda de un paraíso”, pero que “no se va a poder encontrar nunca”, porque solo puede existir “en su propia búsqueda”.
Para él, “la historia es la búsqueda humana de experiencia, de ahondamiento en la sabiduría acumulada de los pueblos. En el fondo soy una pesimista. Creo que el hombre no tiene la suficiente sabiduría –o no puede alcanzarla– para lograr esa utopía, ese paraíso en la tierra”.
Y en la persecución de esa utopía se volcó al periodismo y la investigación, a la defensa de los pueblos originarios, a las polémicas con quien se le pusiera enfrente (Ernesto Sabato, Mempo Giardinelli, Álvaro Abós…), a desarmar el mito de Julio Argentino Roca, a defender los derechos de sus colegas desde el Sindicato de Prensa, a batallar contra cualquier causa que considerara justa.

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A cuatro décadas del retorno a la vida democrática, es imprescindible (re)encontrarse con Cuarentena. Exilio y regreso, un documental de Carlos Echeverría que registra la vuelta de Bayer a la Argentina, días antes de las elecciones del 30 de octubre de 1983, después de más de siete años de destierro.
La idea soñadora de Echeverría, un estudiante de cine en Alemania Federal, se transformó en un documento ineludible para comprender la historia reciente. La vida de Bayer en el exilio, con sus convicciones, sus luchas y sus preocupaciones, se enlaza con el clima electoral argentino, efervescente y anhelante de dejar atrás la dictadura.
Luego, para completar el ejercicio de memoria, es necesario ver otro documental, Todo es ausencia (1984), dirigido por Rodolfo Kuhn y con guion de Bayer. Producido por la Radio y Televisión Española, recoge testimonios desgarradores de Madres y Abuelas de Plaza de Mayo sobre el secuestro y la desaparición de sus familiares.
¿Cómo recibimos hoy esas imágenes y esas voces? ¿Qué nos pasa por la cabeza y el corazón ante los logros conseguidos y las frustraciones acumuladas?
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Conocí a Bayer cuando estudiaba Periodismo en la Universidad Nacional de Lomas de Zamora durante los aciagos 90 del siglo pasado. Primero a través de sus notas periodísticas y después por sus libros. En una carpeta verde juntaba decenas de artículos, en especial los que publicaba en Página/12. Pasaron varios años hasta que lo conocí personalmente: yo, entrevistador; él, reporteado. Fui a “El Tugurio” –su casa del barrio porteño de Belgrano– en busca de su testimonio para el libro en el que trabajaba en ese momento, Raúl González Tuñón periodista. Bayer había sido compañero de González Tuñón en Clarín entre fines de los 50 y la década del 60. “A lo mejor, no sé, me hubiera gustado escribirlo a mí el libro”, susurró Bayer al presentar la obra en 2007.
Luego quedamos en contacto. Le tenía respeto y admiración. Rechazaba el tan molesto cholulaje intelectual al que algunos solían someterlo. El destino quiso que coincidiéramos en un encuentro en La Pampa con escritores locales, entre ellos, el investigador Jorge Etchenique, autor del valioso Pampa Libre. Anarquistas en La Pampa argentina, que lleva prólogo de Bayer.
Su generosidad y su paciencia eran inmensas, del mismo tamaño sideral que su interés por conocer las actividades de los jóvenes rebeldes de la zona. No había distancias ni inconvenientes que hicieran mermar sus ganas de participar.

Varios años después, en 2016, me acerqué nuevamente hasta El Tugurio para comentarle mi deseo (sospecho que el joven Echeverría habrá pasado por una ebullición de sentimientos similar cuando le propuso hacer Cuarentena): escribir su biografía. Después de una larga exposición sobre lo necesario que consideraba emprender la tarea, él se limitó a preguntarme: “¿Le parece?” ¡¿Cómo no me iba a perecer necesario rescatar su historia de vida?! Osvaldo Bayer. El rebelde esperanzado salió en mayo de 2018. El día que se lo llevé no se encontraba bien de salud. Poco después, falleció.
El espíritu bayereano es expansivo y activa la urgencia de fortalecer la memoria. La lectura del libro movilizó a dos personas que querían conocer el vínculo que habían mantenido sus abuelos con el luchador. Uno, nieto de Braulio Salgado, trabajador de Clarín, que se encargó de llevar a la familia de Bayer el dinero de una colecta entre los colegas del diario, durante su encarcelamiento junto con la conducción del Sindicato de Prensa, en tiempos de José María Guido; otro, nieto de Héctor “Cholo” Charrelli, un viejo anarquista que conseguía fondos en acciones expropiadoras para financiar la publicación de La Protesta –en la que Osvaldo escribía, pero sin firmar– durante las dictaduras del general Juan Carlos Onganía y sus acólitos.
Nada es ausencia.
