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De las vísceras del canto

Ilustración: Martín Fleischer
Ilustración: Martín Fleischer

El Dúo Salteño, compuesto por Néstor “Chacho” Echenique y Patricio Jiménez, fue la voz que necesitó la cadencia del Cuchi Leguizamón para completar una tríada de perfección.

Que Cuchi Leguizamón fue un extraordinario pianista es un axioma. Que tocado por la vara de vaya a saber qué forma de mandinga compuso las más bellas zambas del universo –si es que se puede graduar la intensidad del axioma– también. Y que supo rodearse de poetas a la altura, obvio, completa la tríada ontológica. La sola nominación de Manuel Castilla, Armando Tejada Gómez o Jaime Dávalos exime palabras superfluas. Ahora bien, el temita era cantar. Sí, verdad, era intenso escucharlo al Cuchi en ese plan. Su voz salía como de la tierra, como de un hechizo, pero no era (se notaba) su métier. Para completarse, lo sabía, necesitaba consumar su yunta estética con quienes lo hicieran bien. Y quienes lo hicieran bien tenían que ser producto suyo. Seguir al pie eso de las armonías, disonancias y melodías a las que jugaba el Cuchi mientras componía. Por supuesto que algunos y algunas cantaban lindo sus gemas. “Balderrama” en la voz de Mercedes Sosa o “Zamba de los mineros” en la de Jorge Cafrune, sin ir más lejos, fueron, son y serán elixir para las almas. Pero nadie como ellos. Ninguno como Néstor “Chacho” Echenique y Patricio Jiménez. Solo este agradable par pudo encontrarle un plus de musicalidad desde las vísceras del canto a la musicalidad que ya traían, intrínsecamente, las piezas del también historiador, abogado y diputado provincial.

VOZ Y MÚSICA

Lo del Dúo Salteño no era “cantar como los dioses” las letras de Castilla, Dávalos o Tejada a las que Leguizamón les había puesto música, sino “musicalizarlas” con todo lo que el canto tiene de música. Fina y sutil línea que por supuesto transformó al dúo en el principal vehículo material (de belleza material) de las obras del Cuchi.

En 1967, cuando el pianista rozaba los 50, fue el año cero. Él fue quien los forjó y los dirigió. Quien los modeló artísticamente, como si tuvieran que cantar por (o a través de) él. La fórmula inicial era singular, merced al eje puesto en el contrapunto entre el tono contratenor de Echenique, el barítono de su alter ego y un resultado armónico “a dos melodías” que tornó al tándem algo tan profundo como las zambas, chacareras y vidalas de su creador.

Dicen que el primer encuentro entre los tres fue durante un asado campero, regado con vino salteño. Que Leguizamón los escuchó en tren de zapada y, sin mediar protocolo, se los llevó a su casa a tocar. Jiménez rondaba entonces los 24 años e integraba el Quinteto Sombras, donde también militaba Amelita Baltar. Su par Echenique (Néstor Salim, para el DNI) era cuatro años mayor que Jiménez, y su pasado marcaba un promisorio trayecto como jugador de fútbol de primera. Había sido volante central de Juventud Antoniana, de Lanús e incluso de San Lorenzo, donde llegó tentado por el Toto Lorenzo, pero solo pudo jugar partidos amistosos debido a problemas contractuales.

No hubo bien que por mal no viniera, claro, porque Chacho, tal vez cansado de los manoseos dirigenciales, dejó el fútbol para dedicarse a la música y ahí nomás se fundió con Jiménez. El primer paso discográfico fue la grabación de un simple para la Philips que contenía dos clásicos del tándem Leguizamón-Castilla: la cueca “La arenosa” y “La pomeña”. Fue tal el resultado del disquito que 1969 los recibió con dos efectos clave.

El primero fue el debut en el Festival de Cosquín, donde, además de los temas del simple, Echenique y Jiménez interpretaron “El silbador”. Costaba entonces asimilar esas voces que subían y bajaban lúdicas, abismales, llenas de matices. Era extraña esa manera de manejar el dueto vocal en las músicas de proyección folklórica, en una época en la que los grupos corales (del Grupo Azul al Quinteto Tiempo, pasando por Los Santafesinos) esgrimían otras modalidades. Los tonos altos, bagualeros, y los falsetes de Echenique sumados a los complejos fraseos de Jiménez eran demasiado como para “entretener”. Sin embargo, pese a cierta extrañeza en el público, la revista Folklore dio su veredicto por la positiva, al igual que el jurado que lo eligió revelación: “El Dúo Salteño salió bien parado de la prueba de fuego del noveno festival. Esta nueva forma de cantar que procuran imponer fue muy bien recibida por unos y objetada por otros. El balance, sin embargo, los favorece”.

El segundo efecto del encuentro con Leguizamón fue el primer LP. En él, además de los tres temas citados, se nota el rigor estético con que el Cuchi formateaba a los muchachos. Las versiones de “Tristeza” y “Pastorcita perdida” contenidas en él dan cuenta de los primeros frutos de la innovadora alquimia, algo que se iría plasmando en el devenir discográfico. El puntal fue El canto de Salta, trabajo cuya novedad, además de la modalidad singular con que el dúo proyectaba sus ejecuciones, contó con la participación física, nodal, de don Leguizamón y su piano. Imposible no amar de tal las versiones de “Carnavalito del duende” y “Zamba de Vargas”.

Luego llegó la tríada Dúo Salteño II / El violín de Becho / Dúo Salteño III (los tres publicados entre 1973 y 1974, por Tonodisc) donde lo que trasluce y luce es el afianzamiento por parte del dúo en la ejecución de esas zambas y vidalas que fueron ablandando sensibilidades duras, refractarias a los cambios. Un todo sonoro, al cabo, puesto al servicio de armonías austeras, osados contrapuntos y arreglos compuestos a medida.

La tríada discográfica, en rigor, concentra parte de la (mejor) música de raíz de entonces, pero atravesada por tintes jazzeros e incluso riesgos dodecafónicos. De ese momento procede además el alba compositiva del ex 5 de Lanús y Antoniana (“Aquel hombre que va” es suya), que luego se consolidaría en gemas como “Doña Ubenza”, mágico kaluyo inspirado en una mujer de San Antonio de los Cobres; “Zamba del que anda solo”, cocompuesta con Tejada Gómez, y “Coplera de las cocinas”.

Tras el hiato obligado por la dictadura (que el dúo fue de las expresiones comprometidas es otro axioma), Echenique y Jiménez renacieron con la primavera, y en 1984 publicaron un disco formidable, cuyo nombre resulta tan sintomático como su contenido: Como quien entrega el alma. En efecto, el alma yace entregada en la bellísima ejecución de “Zamba de Juan panadero”; en una escalada sublime a las alturas (en todo sentido) que destila “Doña Ubenza”, summum compositivo del Chacho; en la desgarradora versión de “Zamba para la viuda”, y en un repertorio “extra-Cuchi”, encabezado por la “Merceditas” de Ramón Sixto Ríos.

Al intenso disco-regreso lo completaron Madurando sueños –escuchar de tal una, dos, mil veces “El tren de Alemania”, cuya música pertenece a Jiménez, y la altiplánica “Maíz de Viracocha”–, de 1986, y Vamos cambiando, el último de una bella e intermitente cosecha, editado por Melopea en 1991. Tras él, el dúo se disolvió largamente hasta 2005, cuando, durante los albores de la década ganada, cosecharon todo lo que habían sembrado. Cada sitio “visitado y cantado” del país lo recibía con un cartelito: “No hay más localidades”.

Escrito por
Cristian Vitale
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