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Bajo tu influencia

Ilustración: Andrea Toledo
Ilustración: Andrea Toledo

La obra del Cuchi Leguizamón se alimentó de artistas de los más diversos géneros. Pero también se proyecta en colegas tan disímiles como Luis Alberto Spinetta, León Gieco, Liliana Herrero, Guillermo Klein, Fito Páez y Gustavo Santaolalla, entre otros.

La obra del Cuchi Leguizamón no tiene fecha de vencimiento. Sus melodías, que cobraron la categoría de lo anónimo popular (la máxima expresión que puede alcanzar una pieza musical, según Yupanqui), forman parte de la identidad de la música de raíz folklórica argentina. Su música, amasada entre bagualas, la forma de hablar en los mercados, la admiración por Schönberg y sus andanzas por los Valles Calchaquíes junto al poeta Manuel J. Castilla, sigue en el aire.

De risa endiablada, enamorado de los cerros y ese cielo azul salteño, el Cuchi Leguizamón era un hombre inspirado en la naturaleza de su paisaje salteño, la contemplación del canto coral de los sapos rococos y los chalchaleros con los que entablaba diálogos y contrapuntos de silbidos. Era un escuchador nato de la música de Erik Satie, Duke Ellington, la bossa nova y la baguala, culto y libertario, admirador del Che Guevara y catador de amaneceres y vinos.

“El Cuchi, como cualquier músico, no nace de generación espontánea; tiene influencia o relación con otras músicas que nutrieron su vida misma”, dice Delfín Leguizamón, uno de sus cuatro hijos. “En términos de cómo el Cuchi pensaba la música uno se puede preguntar: ¿qué hubiera pasado si no hubiera escuchado a Schönberg?, ¿hubiera sido distinta su música? ¿Sin Béla Bartók se hubiera adentrado en la música en la que se adentró? ¿Tiene importancia eso? Solo sé que en el Cuchi podemos encontrar influencias quizás más de Bach que de Schönberg, o cosas más relacionadas con Béla Bartók por su cercanía folklórica, que es la música que le interesa al Cuchi. Tenía absoluta fascinación por Duke Ellington, pero su música no tiene que ver con el jazz. Hizo de la baguala una posición ética y filosófica. Mete la baguala en la zamba cuando eso no era de la tradición del folklore argentino. Después lo hacen todos. Eso lo inventó el Cuchi”, afirma su hijo.

En una entrevista con el periodista José Tcherkaski, publicada por la editorial Galerna en 1984, el Cuchi Leguizamón, dice sobre sus influencias musicales: “¿Vos sabés lo que me ha enseñado a mí Beethoven de desarrollo musical? Yo tengo una zamba beethoveniana. ¿Y lo que me ha enseñado Erik Satie, que ha huido de esta concepción tan formal de la música, él que se cagaba de risa y escribía sonatas en forma de pera? ¡Y el metejón que tenía con Ravel, que me duró diez años para conocerlo todo y gozar de esa música que me ha enseñado! A mí todo el mundo me ha enseñado y me siguen enseñando”.

En el álbum en vivo en Europa de 1991, el Cuchi Leguizamón cuenta anécdotas imperdibles sobre sus canciones, toca en su piano clásicos como “Maturana”, le dedica su “Zamba del espejo” a “ese viejo hermoso que queremos un grupo de salteños: Erik Satie” y revela su cercanía con otros géneros y pianistas referentes del jazz, como Enrique “Mono” Villegas, de quien era amigo y con el que compartió aquel ciclo emblemático llamado “Solo piano”, organizado por Manolo Juárez, y donde tocaban juntos Horacio Salgán, Mono Villegas y Cuchi Leguizamón.

“Enrique Villegas fue un extraordinario músico argentino”, dice el Cuchi en ese recital europeo, como introducción de su “Balada para el Mono”. “Es el primer ejecutante de Ravel en el Teatro Colón. La música contemporánea lo encontraba entre uno de sus mejores oyentes y comentaristas. Fue además un gran amigo, un gran jazzista y un gran intérprete de zambas. Una vez estaba yo tocando el piano y se acercó despacio y dice: ‘¿Qué es eso tan lindo?’. Era una balada. Se la toqué pero no estaba terminada. A los dos meses se muere el pobre Mono. Los amigos me decían de escribir algo para él y pensé: ‘Tengo que terminar esta balada que le gustaba tanto’”, cuenta en una de las pocas grabaciones de su música recuperada por sus hijos.

“Al Cuchi le gustaba mucho escuchar música de otros: Stan Getz, Bill Evans, John Coltrane, Thelonious Monk, Dizzy Gillespie, Elis Regina, Toquinho, Vinícius de Moraes. Escribió algunas cosas de música clásica, pero sobre todo le gustaba la forma de esta de desarrollar una idea de distintas maneras. En la ‘Quinta’ de Beethoven, por ejemplo, el movimiento se va repitiendo y cambiando. Esa forma de escribir la música, el Cuchi la aplicó con un montón de zambas. Con esa idea, sacaba una segunda voz, una primera, y la seguía trabajando en otra pieza, que se transformaba en una zamba hermana. Pasó con “Zamba de la viuda” y “La Mulánima”, por ejemplo, o con muchas composiciones donde la idea original iba rotando y daba otras zambas, otros trabajos, y dentro de todo era la misma pregunta musical. Por eso le gustaba mucho la música clásica, y lo que escuchaba lo plasmaba”, dice Luis Leguizamón, el menor de sus hijos, que vive en Salta.

Las zambas metafísicas y existencialistas del Cuchi llegaron muy lejos y se impregnaron en la conciencia de una nueva generación de músicos de otros géneros. En 1984, una foto registró un momento histórico de la música popular argentina: el encuentro entre el Cuchi Leguizamón y Luis Alberto Spinetta en el festival de La Falda, en Córdoba. “Vengo a felicitarte por el magnífico recital que diste”, le dijo el Cuchi al Flaco, que había terminado de actuar con Spinetta Jade. El pianista salteño fue invitado al festival rockero como un acto de reivindicación porque nunca lo habían llevado al escenario de Cosquín. En ese festival tocó el piano junto a Litto Nebbia y hasta dio una conferencia en el hotel Edén donde asistieron Spinetta y Fito Páez. Mucho tiempo después, el músico rosarino canceló esa deuda y abrió su recital tocando al Cuchi Leguizamón en la plaza Próspero Molina de Cosquín 2020.

León Gieco y Gustavo Santaolalla también se fascinaron con el compositor salteño y fueron a grabarlo en su casa para dejar registrada una versión inolvidable de “Maturana” en el disco De Ushuaia a La Quiaca, editado en 1986.

Las zambas del Cuchi incluso llegaron a sonar en la mítica sala Village Vanguard de Nueva York. En ese club donde tocaron desde John Coltrane hasta Bill Evans, el músico argentino Guillermo Klein presentó el álbum Domador de huellas en 2010, un disco que recreaba las canciones folklóricas del Cuchi Leguizamón y que despertó los elogios de la crítica del The New York Times. “Sentí un montón de paralelismos con Duke Ellington, Monk, la música clásica de Debussy y esa punzada que tienen sus zambas”, reflexionaba Klein cuando editó el material, que fue presentado en Salta y recibió la bendición de la familia del Cuchi con un asado.

En el arte del disco aparecen las palabras de Delfín Leguizamón, que legitima a Guillermo Klein y define el legado que dejó la música del Cuchi: “Una huella es la marca que queda. La huella es una memoria que se guarda cifrada. Es necesario tocarla, meterse con ella, trabajarla para que nos arroje solo un poco de su verdad. Klein toca la huella del Cuchi. La interpreta, es decir, la descifra para volver a cifrar bajo los ritmos de su pluma, encontrando la cifra íntima que aquí nos entrega. El Cuchi era un tierno domador de huellas. Me lo imagino feliz: él sabría escuchar lo que aquí se cocina”.

Esa huella del Cuchi sigue allí, señalando un camino.

Escrito por
Gabriel Plaza
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