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Caras y Caretas

           

Porsuigieco, la banda de los superamigos

Porsuigieco.

Raúl Porchetto, Sui Generis y León Gieco formaron esta banda de folk rock que se presentó una única vez en la ciudad de Buenos Aires, realizó una pequeña gira atlántica y grabó un disco. El año pasado, medio siglo después, sus
integrantes volvieron a reunirse.

La escena puede haber llamado apenas la atención de los apurados transeúntes del centro porteño. Sendos pares de veinteañeros melenudos, a ambos lados de esa calle Corrientes que corre en dirección al bajo, fijando a puro engrudo unos afiches que anunciaban a “Porsuigieco y su Banda de Avestruces Domadas”, un concierto de rock.

Se trataba de Charly García y Nito Mestre, por entonces la dupla central de Sui Generis, sumados a sus amigos y colegas León Gieco y Raúl Porchetto. A mediados de ese año 1974, podían ocurrir cosas semejantes y otras menos simpáticas en Buenos Aires, pero aquella anécdota pinta el carácter informal y artesanal de lo que se considera hoy un “supergrupo”.

Porsuigieco produjo apenas una única presentación en Capital, una minigira atlántica y un álbum tronchado por la censura, pero su legado simbólico es inmenso y se reconvierte en nuestros días, ahora que el material discográfico original fue recuperado y remasterizado por gestiones del Instituto Nacional de la Música (Inamu).

En la génesis de la historia no hubo un trasfondo creativo, sino de tipo legal. En verdad, los músicos estaban hartos de resignar sus derechos de autor a editoriales musicales que nunca les rendían cuentas y acariciaron el proyecto de crear su propia casa editora.

Una primera reunión informativa se llevó a cabo con un abogado. Las versiones difieren del lugar: pudo haber sido el departamento que compartían Charly y su pareja, la cantante María Rosa Yorio, que completaba el combo; la casa de Alicia Scherman, sempiterna pareja de León; o bien el domicilio de otro músico, hermano del asesor legal.

Al rato de escuchar los requerimientos estatutarios para encarrilar el emprendimiento, las intenciones primigenias comenzaron a languidecer, hasta que a ese alguien tocado por la varita mágica se le ocurrió una idea salvadora más afín a su espíritu artístico.

—¿Si hacemos un recital, mejor? —propuso Charly.

Fieles a la impronta autogestiva, se encargaron de la producción para una presentación exclusiva el 19 de junio en el Auditorio Kraft, una íntima sala en Florida al 600 con capacidad para unos trescientos espectadores. La llenaron y posiblemente haya quedado gente afuera.

Si el bautismo como Porsuigieco englobaba los nombres de los músicos, incluyendo a Yorio, que solía hacer coros en el primer Sui Generis, lo de la “Banda de Avestruces Domadas” fue una ocurrencia de Charly, inspirada en la “Banda de los Caballos Cansados” que acompañaba a León por esos días.

Se trató de un concierto despojado, completamente acústico, sin mayores pretensiones que compartir un núcleo de canciones, una reunión de amigos que ya eran músicos más o menos conocidos, y en el caso de Sui despegaban hacia una popularidad mayor que el resto de la movida.

El formato –una especie de Crosby, Stills, Nash y Young “a la criolla”– remitía a un encuentro celebrado un par de años atrás, bautizado justamente “Acusticazo”, donde habían asomado como solistas de la nueva generación Raúl y León, que dejó registrado su primer clásico, “Hombres de hierro”, en el disco homónimo grabado en vivo y editado por el sello Trova.

Nada hacía prever que esa presentación singular tuviese visos de continuidad.


RUTAS BONAERENSES

Un año después, en el enrarecido clima político de la época, Sui arrastraba el desgaste propio y el acoso de la censura, que había forzado suturas y cambios en el material de su tercer trabajo, Pequeñas anécdotas sobre las instituciones, mucho más ambicioso y sofisticado, ya desde la tapa diseñada por el artista plástico Juan Gatti.

La posibilidad de salir a la ruta para una serie de presentaciones en el interior de la provincia actuó como una liberación.

La revista Pelo, esa legendaria “biblia del rock”, subió a cronista y fotógrafo a un micro de 40 butacas, donde se distribuían los músicos, técnicos, asistentes y muchos colados de último momento, hasta el perro de una amiga de María Rosa, que respondía si lo llamaban Fidel.

Bahía Blanca, llave del sur, fue la primera escala de esa gira mágica y misteriosa.

“Llegamos a las tres de la tarde y se tocaba a la noche en el gimnasio del Club Olimpo. Desde ya, sabíamos que el sonido no iba a ser bueno, porque en esos estadios hay rebote. Para peor, pleno invierno, hacía un frío bárbaro. Se habían encendido apenas un rato antes unos radiadores que ni entibiaban el ambiente. No fue un buen show”, recuerda Rubén Andón, histórico fotógrafo del rock nacional, que conocía a los músicos de muchas veladas previas, pero que en esa odisea forjó un verdadero lazo de amistad.

“El sonidista Teddy Goldman había grabado en cinta el concierto y en el trayecto hacia el próximo destino, Tandil, hicimos un puente desde los cables de las luces del interior del micro a un parlante, y lo fuimos escuchando por el camino. Así de improvisado era todo. Entre bromas y comentarios, se fueron corrigiendo ciertas cosas”, apunta.

El ensamble mejoró algo en la fecha posterior en el Teatro Estrada, la sala emblemática de la ciudad serrana. Pero si algo prevalecía en todo momento era el clima de buen humor. Antes de salir a escena, surgió una alocada idea de disculpar la “ausencia” de Charly y presentar a su “reemplazo”, vestido con ropas de mujer de una de las amigas invitadas.

Finalmente, en Mar del Plata, los esperaban dos funciones en el Teatro Diagonal, un espacio contiguo y vinculado a la Biblioteca Juventud Moderna, de inspiración anarquista.

Periodista especializado en música popular con una veintena de libros publicados, Marcelo Gobello era por entonces un rockero apenas adolescente, que estuvo ahí para contarlo.

“Yo me caía varias horas antes para ser el primero en la fila y creo recordar que los vi llegando en micro a la puerta del teatro —reseña—. Era fan de Sui Generis en su formato eléctrico progresivo, y esa actuación acústica fue algo muy especial, completamente distinto, muy descontracturado. También era la primera vez que veía a León en vivo, e impresionaba, por su altura y por su melena. Era un verdadero león”.


ENCUENTRO EN EL ESTUDIO

Entre idas y vueltas y compromisos intercalados de todos, que pocas veces coincidieron en el estudio, se llegó a grabar el único disco del grupo, con el aporte de un verdadero seleccionado de músicos (Oscar Moro, José Luis Fernández y Gustavo Bazterrica, que iban a integrarse a La Máquina de Hacer Pájaros, entre tantos otros).

Aquella agrupación folk de sus conciertos legó un disco eléctrico y ecléctico por partes iguales, que deparó al menos un par de temas insignia de la pluma del león herbívoro: “La colina de la vida” y “La mamá de Jimmy”.

En tanto, “El fantasma de Canterville” (de Charly y cantado por León) sufrió un curioso ocultamiento, debido a su contenido considerado provocativo. Solo apareció en la primera edición, sin figurar en los créditos.

Medio siglo después, las manos mágicas de Gustavo Gauvry, a cargo del proceso de remasterización, lograron recuperar esa versión extraviada, de una cinta guardada por el propio intérprete.

“Fue sorprendente escuchar una grabación con las características de un estilo de época, que ganó en brillo como si estuviese grabada ayer, con todos los adelantos técnicos”, comenta Gauvry para cerrar el ciclo.

Escrito por
Oscar Muñoz
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