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Lo que se cifra en el nombre

Cuando lo vi correr por la pista del sector militar del aeroparque de Acapulco para detener el avión Hércules del gobierno de José López Portillo que debía regresarnos a la ciudad de México, todavía no sabía quién era Jorge Timossi. Era flaco, alto, pálido, de gestos delicados, ojos soñadores y una sonrisa plena que mostraba sus dientes en paletas prominentes, con un indisimulado acento porteño con ritmo cubano. Corría octubre de 1982, y un grupo de periodistas de distintos países africanos, europeos y latinoamericanos fuimos invitados para asistir al Congreso Mundial de Turismo que presidía, entonces, la ministra Rosa Luz Alegría y tenía como invitada especial a la impenetrable Madre Teresa de Calcuta, ya fuera por el idioma, ya fuera por esos gestos piadosos mezclados con no tan piadosos: solía limpiarse la cara luego de cada beso de los fieles. La mayoría de los argentinos invitados al evento éramos exiliados que trabajábamos para medios de prensa mexicanos o, en mi caso, colaboraba por entonces con la agencia italiana ANSA, gracias a los buenos oficios de su director, Riccardo Benozzo. Mi especialidad era contar la reconstrucción del Templo Mayor en el Distrito Federal –enterrado debajo de la Catedral por los conquistadores españoles– en notas que firmaba con el seudónimo de María Verne en los despachos a Buenos Aires: la dictadura aún no había caído a pesar de que estaba herida de muerte luego de la derrota en la guerra de Malvinas. En el grupo de Acapulco estaba también Lilia Ferreyra, la compañera de Rodolfo Walsh. Timossi la conocía bien. Y Lilia solía llamarlo “Felipe”. Una tarde, en una recorrida a orillas del mar, le pregunté por qué Lilia lo llamaba así. Lo escuché contarme la historia de ese nombre, mientras mirábamos ese mar azul intenso: “Paco Urondo solía decirme que tenía el rugido intenso del león”, dijo. “¿En serio conociste a Paco, a Pirí Lugones, a David Viñas, a Walsh, a Jorge Masetti? ¿En serio Quino se inspiró en vos para crear a Felipe?” Timossi recordó que solían reunirse, allá por los años 60, en el bar La Paz, o en la casa de Pirí Lugones o Poupée Blanchard, por entonces pareja de Walsh. Que Quino, al que aún conocían por Joaquín Salvador Lavado, también era de la partida. Que recién en 1962, cuando le piden a Quino que haga una publicidad de electrodomésticos para la empresa Siam Di Tella, pero usando la letra “M”, él crea el nombre Mafalda, inspirándose en el de una niña de la película Dar la cara, basada en la novela homónima de Viñas, donde se da cuenta de la decepción de los intelectuales de izquierda o nacionalistas –como Walsh y Masetti, e incluso él mismo– que apoyaron a Frondizi en 1958 pero habían fracasado. Lo cierto es que Mafalda comenzó a publicarse en septiembre de 1964 en la revista Primera Plana. Primero apareció la mamá de Mafalda. Pero recién en enero de 1965, Timossi hace la entrada triunfal a la tira como “Felipe”, el mejor amigo de Mafalda: un personaje de pelos duros y rubios y unas paletas dentales enormes, un soñador, enemigo de las tareas escolares, admirador de los héroes de las historietas y eterno enamorado de sus maestras. O sea, el bautismo del personaje más popular de la clase media argentina, que se veía a sí misma contestataria y humanista, surgió de una novela que inició la autocrítica de una generación antiperonista que tomaría el camino de la revolución para reivindicarse. Porque Timossi se radicó en Cuba justamente luego de esos encuentros, poco antes de que Mafalda naciera. Su historia es la de un poeta, periodista y revolucionario que recaló en La Habana y en Prensa Latina recomendado por Walsh, que fue amigo del Che Guevara y Fidel Castro y corresponsal en las zonas más calientes del planeta. Pero, además, el entrañable Felipe de Quino. Volví a ver a Timossi en mi casa de Coyoacán en 1983, junto con Lilia Ferreyra, poco antes de regresar a la Argentina. Esa noche, luego de despedirnos prometiéndonos encuentros futuros, pensé en Borges, cuando escribió la “Milonga de Jacinto Chiclana”, que musicalizó Astor Piazzolla. Borges la escribió en 1965, poco después de que Quino creara a Felipe. “Solo Dios puede saber/ La laya fiel de aquel hombre/ Señores, yo estoy cantando/ Lo que se cifra en el nombre.” Es que dentro de ese nombre se cifraba también la historia de una generación inolvidable de la Argentina.

Escrito por
Maria Seoane
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