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Santos del Abasto

Tuvo que ocurrir, tal vez, una loca sucesión de hechos para que finalmente entendiera porqué mi madre tuvo dos altares laicos: el de Gardel y el de Eva Perón. Pasó durante aquella madrugada del 28 de junio de 1969, cuando se cumplía un nuevo y violento aniversario de la dictadura del general Juan Carlos Onganía. La noche del 27, luego de días de preparación, y con la habitual conspiración y clandestinidad, el movimiento obrero y estudiantil planeó numerosos actos relámpago en distintos puntos de la ciudad para exigir el fin de la dictadura y repudiar la visita a la Argentina del gobernador del estado de Nueva York, Nelson Rockefeller, delegado del presidente Ronald Reagan, que personificaba todo lo que debía combatirse por ser considerado uno de los mentores del imperialismo impulsor y sostén de todas las dictaduras latinoamericanas. El encrespamiento de la oposición a la dictadura estaba precedido por el estallido de la sublevación popular del Cordobazo, ocurrida un mes antes. El mensaje era: la dictadura, que ya computaba miles de presos políticos, la prohibición de la actividad política y sindical y la persecución y el asesinato de estudiantes y obreros, debía terminar. Lo cierto es que ese 27 de junio, cerca de las 21, grupos de obreros y estudiantes comenzaron los actos con estruendos y bombas molotov para cortar avenida Rivadavia cerca de plaza Once. Al grupo de estudiantes de Economía y Medicina, con quienes estaba, le tocó cortar la avenida Pueyrredón a la altura de Tucumán. Pero la represión estaba esperando. Una lluvia de gases lacrimógenos comenzó a caer y de repente todo se oscureció. Ernesto, mi pareja de entonces, logró salvarme de una granada de gas al empujarme contra el piso. En ese momento, en medio de las sirenas de incendio, las alarmas de los coches y los gritos, escuchamos varios disparos en Tucumán y Anchorena, esquina iluminada con la luz mortecina del viejo alumbrado público, hacia donde nos habíamos dispersado para huir de la Guardia de Infantería. Escuchamos a lo lejos el grito en la oscuridad: “¡Le dieron a Emilio!”, mientras corríamos desesperados, esquivando las balas de quienes nos perseguían como si se tratara de huir de una guerra, porque a esa altura llovían los proyectiles y rebotaban en los árboles de esas largas cuadras que nos llevaron a ocultarnos, finalmente, en el Mercado del Abasto. De repente, jadeantes, agitados, respiramos el olor a tierra que se elevaba de miles de cajones de frutas y verduras. Nos detuvimos solo cuando entramos de prepo a un cuartucho tapizado con arpilleras, bolsas de papas y cajones de naranjas y calabazas, con una pared cubierta de recortes y fotos de Carlos Gardel. Y en una cómoda fabricada con cajones, estaba la imagen de Evita Capitana. Nos costó reponernos. Nos acurrucamos esperando que terminaran las razias afuera del mercado, temblando por el sonido de las sirenas policiales: la cacería de militantes continuaría hasta la madrugada. De repente, apareció Antonio, el dueño del cuartucho y uno de los pocos antiguos serenos del Abasto. Hizo el ademán de agarrar su machete, pero le dijimos la verdad a borbotones, le pedimos disculpas y tiempo para irnos. ¿Se apiadó de nosotros? ¿Conspiró a su manera contra el régimen que también odiaba? Antonio tenía unos 60 años. Y mucho camino recorrido. Mientras nos cebaba unos mates, nos dijo que era peronista “pero de Evita”; que había ido a su velorio con su madre; que había conocido a Gardel de chiquito, cuando ayudaba a su padre como changarín en esos corredores enormes y fríos, que había llorado su muerte con todo el mercado y que lo único que lo hacía sentir orgulloso era cuidar ese templo donde “Carlitos nos cantó”. Es más, tomó una pequeña guitarra del ropero viejo y destartalado y cantó a media voz, como si rezara, “Mi buenos Aires querido/ cuando yo te vuelva a ver/ no habrá más penas ni olvidos”. Eran las tres de la madrugada. Amagamos con irnos. Pero Antonio no nos dejó: “De acá salen de día”, dijo, y nos preparó más mates, y más bizcochos con grasa, y más picada con queso, pan y salame, y más historias que, cada tanto, acompañaba con el gesto de acariciar las fotos de “santa Evita” y de “san Carlitos”. Amanecía cuando salimos del mercado. En el viaje, escuchamos que habían detenido a muchos estudiantes en las inmediaciones del Abasto. Y que esa noche, efectivamente, habían asesinado a Emilio Jáuregui, periodista, líder sindical, dirigente del grupo revolucionario Vanguardia Comunista, simpatizante de la Revolución China liderada por Mao Tse-Tung. Emilio era uno de los hijos dilectos de la burguesía culta de la Argentina: había estudiado Ciencia Política en París. Recordé que lo había conocido en una charla clandestina que dio junto con otro revolucionario, Roberto Cristina –desaparecido en 1976–, al regresar ambos de un viaje a China. Era el invierno de 1968, la reunión fue en la Iglesia Metodista de Flores, cuando Ernesto y yo nos conocimos y nos enamoramos. Entonces no lo pensé. Pero más de medio siglo después lo sé: cada generación tiene sus ídolos, sus mártires y sus demonios. Aquella noche en el Abasto, se había sumado san Emilio.

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Maria Seoane
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