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El túnel y la bayoneta

En los sueños siempre regresaba a ese túnel. Y al despertar me parecía seguir oliendo un vapor ferroso que lo cubría todo y recordaba nítidamente que al final un obrero del subte –pero que tenía la cara de mi compañero de estudios en Ciencias Económicas y amigo Eduardo “el Fauno” Capello– me entregaba una bayoneta calada para que me defendiera. Los sueños tienen la propiedad de no dejarnos olvidar aquello que fue fundante en nuestra vida: la rebeldía de mi generación contra los crímenes de dictadores, el compañerismo, la amistad profunda y la reparación de tantos años de proscripción y arrasamiento de derechos. Ese sueño me ocurrió de manera recurrente a fines de los años 80, a casi veinte años de sucedidos los acontecimientos, mientras investigaba la historia de la guerrilla guevarista para escribir, tal vez, un libro. Lo cierto es que el sueño rememoraba lo ocurrido la noche del 23 de agosto de 1972, un día después de que fueran asesinados por la Marina, bajo el mando del capitán de corbeta Luis Emilio Sosa en la base naval Almirante Zar, 16 de los 19 guerrilleros que habían intentado fugarse de la cárcel de Rawson siete días antes. Ese 23 de agosto, cientos de estudiantes quisimos defender el derecho de tres guerrilleros a ser velados –Eduardo Capello, María Angélica Sabelli y Ana Villarreal de Santucho– en la sede del Partido Justicialista en avenida La Plata y Venezuela, en el barrio de Caballito. De permitir el velorio, el general Lanusse, entonces presidente de facto, sabía que miles de argentinos iban a inundar las calles de Buenos Aires el 25 de agosto, justo el día en que se cumplía la cláusula que prohibía –inútilmente– a Perón ser candidato para las elecciones previstas para marzo de 1973. El miedo a la furia popular lanzó a la policía, al mando del comisario Alberto Villar, con sus tanquetas a arrasar el local del PJ y secuestrar los cadáveres para evitar el velorio multitudinario, seguro tiro de plata para la dictadura lanussista. Esa noche, entre gases lacrimógenos y balas, corrimos a ocultarnos en el subte A, en la estación Río de Janeiro. Los trabajadores nos ayudaron a huir de la represión por las vías, en medio de la oscuridad, sumergidos en el vaho de humedad y el olor ferroso del túnel hasta llegar sanos y salvos a muchas cuadras de allí. Pero, ¿por qué soñaba además que Capello me daba una bayoneta? Recordé entonces que el 15 de agosto de 1972, solo seis jefes guerrilleros de ERP, FAR y Montoneros habían logrado tomar el avión que los llevaría al Chile aún gobernado por Salvador Allende, pero 19 de ellos no lo lograron y se entregaron ante la presencia de periodistas, jueces, médicos y abogados a las tropas de la Marina, bajo el mando del capitán de corbeta Luis Emilio Sosa. En el primer avión que llegó luego de que los guerrilleros se entregaran viajaba el abogado Amílcar Santucho –hermano del máximo jefe del ERP, Mario Roberto Santucho, fugado a Chile– y también el ex coronel Luis César Perlinger, que había comandado las tropas del golpe de Estado contra el presidente Arturo Illia y lo había echado a la rastra de la Casa Rosada la noche del 28 de junio de 1966. Pero ya para entonces, Perlinger era un hombre dedicado a actividades privadas y se había acercado a los movimientos de derechos humanos. Lo cierto es que el ex coronel presenció el momento en que los 19 guerrilleros se entregaron, entre ellos Ana Villarreal de Santucho, embarazada de siete meses, que había entregado, como los otros guerrilleros, su FAL con bayoneta calada. En medio de la confusión, Perlinger pudo acercarse a muchos de ellos al momento de entregarse a las tropas de Sosa. Y robó la bayoneta calada de su rifle y la guardó como un tesoro. En la primavera de 1989, Perlinger me mostró, como un trofeo, la bayoneta calada de la Sayito Santucho que tenía oculta en un cajón secreto en su casa de Palermo desde aquel 15 de agosto de 1972 cuando ella, junto con sus compañeros, entre ellos Capello, se rindieron en el aeropuerto de Trelew. Un día dejé de soñar con el túnel del subte, con el querido Fauno y con la bayoneta calada del fusil FAL de la Sayito. Fue cuando finalmente terminé de escribir mi libro Todo o nada, más que para contar la historia de una epopeya, para entender por qué mi generación estuvo dispuesta a usar las armas, que odiaba, para lograr una vida mejor.

Escrito por
Maria Seoane
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