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Un costado difícil

Ilustración: Andrés Alvez
Ilustración: Andrés Alvez

Gardel fue amigo de caudillos conservadores, que le brindaban protección en la pesada zona del Abasto, y reivindicó el golpe contra Yrigoyen. Sin embargo, muchas de sus letras denuncian la pobreza, el hambre y la miseria de la Década Infame.

Es habitual que gran parte de los ídolos populares –del espectáculo, del deporte– se exhiban asépticos, neutrales, distantes o equidistantes del escenario público. Pero si en un recodo aparecen favoreciendo un color político, es también frecuente que lo hagan por derecha.

Así suele ser al menos por estos pagos y así fue con Carlos Gardel, del que se recuerdan el tango cuartelero “Viva la patria” como rápida banda de sonido del golpe de 1930, que derrocó a Hipólito Yrigoyen, o su foto con el padrino conservador Ruggierito, entre las imágenes nítidas que podrían describir una identidad o, según los perdonavidas, una interesada simpatía.

Por lo tanto, ¿sirven esos documentos fugaces para dictar una sentencia de pertenencia definitiva? ¿O acaso solo son funcionales a los prejuicios de quien ya tiene opinión tomada sobre las adhesiones del Zorzal?

Si en algo se esforzó el cantor fue en burilar una estampa donde nadie quedara fuera de la admiración embobada, una imagen donde la excelencia artística, indiscutible, se extendiera a todo lo que emanara de su pose porteña y estatuaria. Pero no hace falta tener mala fe para dar por cierta la frecuentación de Gardel con los caudillos conservadores y sus esbirros ya desde su adolescencia en las calles del Abasto. En la otra punta, en cambio, se repasa el cancionero que describe los retablos de pobreza suburbana, si lo que se pretende es subirlo al cielo púrpura de la reivindicación popular.

Pedro Orgambide asegura en su ensayo Gardel y la patria del mito que en los años de formación el cantor transita por una doble vía. Pero no desmiente que cantó en los comités conservadores de Constanzo Traverso y Pedro Cernadas, “punteros” del caudillo autonomista y ganadero Benito Villanueva. Corrían los tiempos en que el voto se dirimía con un matonismo que en los hechos era cruel y hasta criminal y luego, en la literatura, el teatro y las milongas, pintoresco.

En los años de la Buenos Aires brava, quien aspiraba a moverse en la esfera pública requería “protección”. Trotador de aquella Balvanera oeste dominada por el boliche de los Traverso, tributarios de los “conserva” –Barceló entre ellos–, Carlitos trajinó bajo ese manto, en un mundo donde la sede central era el comité de Anchorena y Tucumán. En este y en otros locales del mismo color, el plato fuerte de las tenidas para captar la atención popular estaba a cargo del dúo Gardel-Razzano.

¿Era esa la única posibilidad de gambetear las pendencias? No. Los radicales de entonces no eran flojos y también proveían seguridad con su red de funcionarios policiales o caudillos bravos. El merodeo por la vereda derecha es incuestionable, aunque el grado de sincero apoyo de Carlitos varía según la posición del biógrafo que la describa.

UN GESTO QUE NO HA DE LLEGAR

Orgambide prefiere salvarlo del conservadurismo sin matices y cuenta que Gardel oía con respeto a los intelectuales bohemios –letristas, saineteros– que simpatizaban con los idearios anarquistas y socialistas, y también que admiraba al dirigente Alfredo Palacios.

Pero la mancha indeleble de esta suerte de “apolítico oficialista” fue el encargo a Anselmo Aieta y Francisco García Jiménez del tema “Viva la patria”, cuyo registro fonográfico estuvo a cargo del sello Odeon a solo veinte días del 6 de septiembre de 1930, cuando José Félix Uriburu derrocó a Yrigoyen. Gardel cantaba allí y para siempre: “La niebla gris rasgó veloz del vuelo de un avión/ y fue el triunfal amanecer de la revolución”, entre otras lindezas que subrayaban con entusiasmo aquel golpe. El tango pasó sin gloria ante el gusto popular pero dejó un lamparón histórico.

Para algunos exégetas, al traspié se lo puede desafiar –o siquiera empardar– con las hiperrealistas letras de denuncia de un tango como “Acquaforte” (“Un viejo verde que gasta su dinero/ emborrachando a Lulú con su champán/ hoy, le negó el aumento a un pobre obrero/ que le pidió un poco más de pan”). O con el lamento de Celedonio Flores por el encarcelado que salió a robar pues “sus pibes se mueren de frío/ y lloran, hambrientos de pan”. El canto antibélico de entreguerras, el rotoso paisaje ciudadano de la Década Infame, la crítica moral al materialismo, la soledad urbana con la letrística discepoliana como proa, darían cuenta del costado progrehumanista.

Pero hay otras objeciones de tinte ideológico que no tienen que ver con manifestaciones expresas. Pasan por el gardeliano empeño en pulir un maniquí de criollo for export. Homero Manzi se quejó por esas pampas de cartón pintado fabricadas por la Paramount y filmadas en escenarios franceses y/o estadounidenses. También hay dardos contra la internacionalización canora con la entonación de fox-trot y canzonetas. Carlos de la Púa le arrojó un chirlo amable: “Carlitos, largá la gringada”.

Acaso demasiada carga pública para un muchacho que veía en el éxito la llave del cielo. Y que, al tocarlo con las manos de su voz, cualquier asunto se le convertía en objeto de disputa. Hasta su cuerpo calcinado y yerto al que el general Agustín P. Justo, presidente del fraude patriótico, no le había prestado atención. Pero Natalio Botana, el director de Crítica, le sopló al oído que diseñar un velorio multitudinario era la distracción morbosa que hacía falta en febrero de 1936, más de siete meses después de la muerte del ídolo, para que “la gente” se olvidara de los negociados liberales que aparecían con ímpetu protomacrista.

Escrito por
Vicente Muleiro
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