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Caras y Caretas

           

La juventud, una obsesión de la dictadura

Tanto el dictador Videla como los obispos se preocuparon por encauzar a los jóvenes, en la universidad y en los templos, para que no cayeran en las garras de la subversión.

“La reorganización nacional, asumida en plenitud por las Fuerzas Armadas, es una gran empresa para la recuperación de los valores morales y espirituales de la nacionalidad. No se persigue con ella la conformación de un conglomerado opulento pero sin alma. Se quiere alcanzar, por el contrario, un gran país, de hombre libres, con pleno sentido de la soberanía y honor republicano, capaces de hacer realidad a una auténtica democracia.” “El teniente general don Jorge Rafael Videla”, según la voz en off del locutor de la cadena nacional de radio y TV que lo presenta a dos meses del golpe, horas antes del 25 de mayo, termina la primera parte de su discurso. Después, diez segundos de silencio marcan una pausa incómoda, tras media hora de enlazar palabras: “demagogia”, “hiperinflación”, “caos”, “subversión”, “libertad”, “derechos humanos”, “justicia social”. Parece dudar, pero arranca: “Señores, señoras, jóvenes argentinos.” Se saca los anteojos con la mano derecha y mira a la cámara, a los televidentes. Por momentos, parece que busca en las hojas del discurso alguna guía, para no perderse. Y mantiene la mirada cara a cara. La silla giratoria apenas se mueve. Cada tanto, se rasca un costado de la nariz con una de las patillas de los anteojos o se la lleva a la frente. En un momento, amaga con volver a ponérselos.

El dictador ostenta poder vestido de militar. Dice que en ese tramo hará su “personal apreciación” de los antecedentes que desembocaron en el quiebre del gobierno constitucional. Dice que las Fuerzas Armadas actuaron con “prudencia” durante el gobierno peronista, que la causa de los males nacionales es la “demagogia”, que ocasiona “corrupción” y “subversión”, que debemos preservar el “ser argentino”, que hay que dejar de ser “anti” para ser “pro Argentina” y que el fin del Proceso es reimplantar la democracia.

Aquella apelación a los “jóvenes argentinos” en el comienzo de la segunda parte del discurso es premeditada. “¿Qué cauce se ofrecía a nuestra desconcertada juventud?”, se pregunta minutos antes al referirse al contexto previo al golpe de Estado. “La juventud, inicialmente halagada hasta el hartazgo, se veía totalmente soslayada de la escena nacional”, enfatiza.

Sus palabras anticipan el plan para la universidad: “La libertad académica tendrá vigencia de acuerdo con la natural universalidad del saber. Las altas casas de estudios estarán fundamentalmente abiertas a los nuevos vientos de renovación cultural y científicas del mundo contemporáneo. Habrá igualdad de oportunidades para estudiar y perfeccionarse en todos los niveles, pero no se permitirá el desorden, la demagogia, la prédica de ideologías disolventes o el dispendio de los recursos humanos y materiales”.

La irrupción de Videla por cadena nacional dejó a la audiencia sin poder ver la programación habitual. Aquel lunes 24 de mayo quedó interrumpida la emisión de la telenovela del 9 Crónica de un gran amor, con Marta González, Alberto Martín y Jorge Martínez; el musical del 11 Buenas noches, tango, conducido por Horacio Aiello, y Frac, humor para la noche, del 13, con Ana María Campoy y José Cibrián.

A las 21, hora en que empezó el discurso presidencial, estaba previsto el inicio de Momento de soluciones (2), con José Pedro Burgos, y la serie estadounidense Los novatos (7), con Michael Ontkean, Sam Melville y Georg Stanford Brown. Y media hora más tarde, Luminarias 76 (9), conducido por Leonardo Simons, con la serie La dama y el fantasma, protagonizada por Hope Lange; La casa, el teatro y usted (11), con la obra Nuestra soledad, encabezada por Lidia Lamaison, y Mi cuñado (13), con Osvaldo Miranda y Ernesto Bianco.

Menos templos y más escuelas (católicas)

En línea con las preocupaciones de Videla, los obispos multiplicaron las alusiones a los jóvenes en las homilías para celebrar el 25 de Mayo. El arzobispo de Santa Fe, Vicente Zaspe, trazó un caracterización: “La juventud argentina, la de hoy, [es] la que asiste a colegios y universidades, la que trabaja en las fábricas, la que maneja un tractor, la que votó por primera vez en 1973 y la que todavía no ha expresado su parecer político, la que hasta hace dos años daba señales de alta politización y que hoy parece derivar por otros canales su inquietud o indiferencia, la que recibió promesas de participación en la transformación del país y experimentó la frustración de sus esperanzas, la juventud de consumo que alentaron los medios de comunicación social y la que verificó azorada la mentira de slogans y de los dirigentes”.

Y hubo una “juventud confundida”, según Zaspe, por culpa de “una multitud de falsos profetas que le fabricaron una imagen mesiánica y después desertaron de sus responsabilidades personales y colectivas sin la contraseña de testimonios válidos y ejemplares”.

“Los partidos políticos que prometieron la renovación del país contando con un ala juvenil, pero acusando a esa misma juventud de irresponsabilidad y utilizándola de coartada para justificar el fracaso de los compromisos”, reflexionaba el obispo que, sin nombrarlo, parecía señalar al expresidente Juan Domingo Perón. E insistía: “Se llegó a una inflación de los valores juveniles, a un culto a la juventud y a una demagogia de adulación de los jóvenes”.

Por su parte, el vicario del obispado de Bahía Blanca, Emilio Ogñenovich, veía un futuro prometedor forjado por el cambio de época: “Hoy, que vivimos una crisis de confianza, porque hemos sido defraudados por la fácil promesa, la demagogia y la inseguridad, ha llegado la hora de devolver a los argentinos su fe, para que surjan legiones de hombres y mujeres jóvenes que se brindarán bajo el lema de una Argentina grande, generosa, limpia; que retorne a Dios con la libertad que nos viene de Dios”.

Y el obispo de San Luis, Juan Rodolfo Laise, azuzaba a los fieles con un par de preguntas retóricas: “¿No habrá sido el indiferentismo amorfo que infectó el ideal de los próceres de mayo, una de las causas del tremendo drama de desorientación y confusión de generaciones formadas sin religión y sin Dios? ¿No será esta una de las causas de la guerrilla, en la que los jóvenes, en gran número universitarios, con caudal de conocimientos académicos –ojalá todos los tuvieran–, pero con un espantoso vaciamiento espiritual, creen equivocadamente construir una Argentina nueva por el camino del caos, la destrucción, la violencia y la muerte a mansalva?”.

Días antes de la fecha patria, el vicario de las Fuerzas Armadas y saliente titular de la Conferencia Episcopal Argentina, Adolfo Tortolo, se esperanzaba con que “mucha de nuestra juventud ignora la guerrilla, pero ha descubierto a Cristo y ha sentido el llamado a colaborar con Él para ‘crear’ un mundo nuevo”.

“Preferiríamos, si fuera el caso, tener menos templos y más escuelas, pero entendiendo que la formación de la escuela católica debe hacer hombres y mujeres tan firmes, tan auténticos, tan definidos, que cada uno de ellos sea en realidad un templo”, opinaba Tortolo en una entrevista publicada en la revista Siete Días.

El 17 de mayo, Videla había recibido en la Casa de Gobierno a Raúl Primatesta, Zaspe y Tortolo –los dos primeros, presidente y vice de la Conferencia Episcopal y el último, el titular saliente–. Dos días antes, los obispos habían difundido una Carta Pastoral que respaldaba la nueva situación institucional, aunque advertía sobre posibles “errores y pecados”. El tema de la juventud era abordado por los prelados. Se le reclamaba que, “sin demagogias ni frustraciones por parte de los adultos”, asumiera “sus deberes ciudadanos, laborales, estudiantiles, profesionales y efectivos con seriedad constructiva”.

Almorzando con el general

En esos días de mayo la dictadura intentaba ampliar sus bases de consenso con los sectores no militares de la sociedad. A la ya mencionada reunión con los obispos Primatesta, Zaspe y Tortolo, se sumaron los encuentros con los escritores Jorge Luis Borges, Ernesto Sabato, Leonardo Castellani y Horacio Ratti; el Premio Nobel de Química Luis F. Leloir; el cardiocirujano René Favaloro; los excancilleres Hipólito Jesús Paz –peronista– y Miguel Ángel Zavala Ortiz –radical–; entre otros.

Esa estrategia se extendió al cuerpo diplomático. En su afán por tender lazos hacia los partidos políticos –tiempo después llegaría el proyecto del Movimiento de Opinión Nacional (MON) para garantizar “la cría del Proceso”–, el régimen nombró embajadores civiles: el radical Héctor Hidalgo Solá, en Venezuela; el desarrollista Oscar Camilión, en Brasil; el socialista Américo Ghioldi, en Portugal; el bloquista sanjuanino Leopoldo Bravo, en la URSS, y el filósofo Víctor Massuh, en la Unesco.

“El camino a recorrer no es corto ni es fácil. Estamos, no obstante, dispuestos a recorrerlo con firmeza. Firmeza no es dureza ni es blandura”, dijo Videla sobre el final de aquel discurso a dos meses del golpe de Estado. Esa caracterización iba en sintonía con la “prudencia” que había señalado como actitud relevante de las Fuerzas Armadas antes del levantamiento.

El periodista Bernardo Neustadt, desde el mensuario Extra, reafirmaba esa idea construida desde que el general Videla fue conocido por la opinión pública en el tramo final del gobierno de Isabel Perón, ahora con el poder absoluto. “Este es un gobierno moderado. Ni blando. Ni duro. Con las ventajas y los inconvenientes de un gobierno tripartito [respeto las negritas del original]”, escribió en su editorial de la edición de mayo. La tarea de vocero de la dictadura la completaría al mes siguiente cuando recuperó su espacio televisivo con el programa Tiempo nuevo, levantado en la última etapa de la malograda gestión peronista.

Ese Operativo Moderación se pergeñó no solo para inventar un atributo presidencial, sino para que blindara a todo el régimen. Como parte de la maniobra, Extra publicó en una de sus notas que “algunos círculos íntimos” definían al Gobierno como la “Revolución Aburrida”.

Escrito por
Germán Ferrari
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