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Nenette, dígalo usté

Hace ya muchos años, muchos surcos y muchas lunas –lo digo como tal vez podría decirlo don Atahualpa Yupanqui al comenzar a contar una historia– que de las 325 canciones que el mayor músico de la historia del folklore argentino escribió, hay una trilogía cuyas letras me atraviesan el alma. Una es “Guitarra, dímelo tú”, escrita en 1957. Siempre la consideré una perfecta descripción de la complejidad del mundo, de la tensión humana en la búsqueda perpetua de la esperanza, de algo más que un momento de gloria o serenidad, si no de una revelación donde la guitarra, ese instrumento mágico que prolonga el cuerpo al abrazarla, alumbra el camino: “Y paso las madrugadas/ Buscando un rayo de luz/ Por qué la noche es tan larga/ Guitarra, dímelo tú”. O, también, “El arriero”: “Las penas son de nosotros/ las vaquitas son ajenas”. Una perfecta síntesis de la injusticia social de nuestra patria, frase que encabeza o define una conversación cotidiana sobre rebeliones posibles, sobre las desgracias sociales, escrita en 1944, cuando Atahualpa aún no se había alejado del comunismo vernáculo y seguía fiel a la denuncia de las condiciones malditas de la vida de los trabajadores rurales. También conmueve “La añera”: “Yo tengo una pena antigua/ Inútil botarla fuera/ Y como es pena que dura/ Yo la he llamado ‘la añera’/ Cuando se abandona el pago/ Y se empieza a repechar/ Tira el caballo adelante/ Y el alma tira pa’trái”, como una síntesis cabal del exilio inevitable o el desarraigo, escrita en 1946, cuando don Ata aún no era mal visto por el peronismo en ascenso por aquel malentendido histórico de que comunistas y peronistas eran bandos enfrentados y que lo obligará, finalmente, a un exilio en París a partir de 1949.

Tardé mucho tiempo en saber por qué eran esas letras las que más me conmovían hasta que me dediqué a leer, de puro amateur, la lista de zambas y vidalas que Atahualpa –a quien nadie llamó nunca más por su verdadero nombre, Héctor Roberto Chavero– escribió junto con otro hombre que no era otro hombre sino una mujer, que no era cualquier mujer sino su esposa francesa y argentina por opción. Ella se llamaba Antoinette Paule Pepin Fitzpatrick (1908-1990), más conocida como Nenette. Había nacido en la isla San Pedro y Miquelón, un territorio francés frente a la costa de Canadá. A los veinte años ya había emigrado con parte de su familia a Villa Ballester, provincia de Buenos Aires. Nenette estudió en el Conservatorio Nacional de Música con genios como Juan José Castro, y fue una destacada investigadora de las tradiciones folklóricas. Tan bella y tan joven, Nenette viajó sobre todo por el norte como concertista, y en 1942 ocurrió ese encuentro amoroso definitivo con Atahualpa en una peña en Tucumán. Se amaron inmediatamente: habían encontrado su alma gemela. No solo en la vida sino en el arte. Y a partir de 1948, cuando nació su único hijo, Roberto, Nenette no se separó más de don Ata, y contra viento y marea, contra persecuciones y exilios, vivieron en París y luego en Cerro Colorado, en Córdoba, su lugar en el mundo, y decidió ser su sombra creadora bajo el seudónimo de Pablo del Cerro. El machismo vernáculo había definido la necesidad de cambiar la identidad de género de una mujer para que fuera aceptada por la moral dominante como un par en la creación de la mayor obra folklórica de la historia argentina. Nunca me pareció más certero el refrán de que detrás de un gran hombre siempre hay una gran mujer. Porque Nenette fue una compositora, pianista y letrista extraordinaria que vivió su vida a la sombra de don Ata, que fue grande no solo por su talento sino porque esa mujer pudo extender su amor, esa entrega y ese anonimato creativo en más de sesenta canciones en las que se reconoce su marca genial, como “Luna tucumana”, “El arriero”, “El alazán”, “Indiecito dormido”, “Chacarera de las piedras”, “Vidalita tucumana”, “Zamba del otoño” y “Guitarra, dímelo tú”, entre otras tantas. Y confieso que este breve recuerdo de Nenette es no solo un homenaje a don Atahualpa porque la amó. Es mi grito vindicatorio por una mujer (una más entre tantas) que fue obligada a callar su identidad mientras le pedía a la guitarra que iluminara nuestra identidad de argentinos para siempre.

Escrito por
Maria Seoane
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