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El folklore en la pantalla grande

Ilustración: Emiliano Raspante
Ilustración: Emiliano Raspante

Como autor, actor y compositor, Atahualpa Yupanqui participó de películas en las que la canción rural fue protagonista y que, con mayor o menor éxito, quedaron en la historia local del séptimo arte.

Cierta vez le preguntaron a Atahualpa Yupanqui cuál era su frase favorita, y sin dudarlo contestó: “Cuando hables, procura que tus palabras sean mejores que tu silencio”. De su silencio convertido en palabras nació una producción escrita que trajinó en paralelo a la composición musical. El libro Cerro Bayo fue el cuarto de su producción literaria –previamente había publicado El camino, elemento inspirador del campo (1939), Piedra sola (1940) y Aires indios (1945)–, pero el primero en llamar la atención del cine.

El texto que componía aquel volumen había nacido de la minuciosa observación de su entorno, del respeto incondicional por la vida rural y también, por qué no, de noches y más noches escuchando las historias que le contaba su padre mientras tocaba la guitarra. “Él tenía como riqueza tres caballos y tres cajones de libros”, lo describió el artista en los últimos años de su vida.

Hasta que un día de 1956, la prosa de Cerro Bayo se convirtió en imagen. Horizontes de piedra fue el nombre de la adaptación cinematográfica, y el debut de Atahualpa Yupanqui en la pantalla grande como autor, actor y compositor. Aquel virtuoso encuentro del cantor con un nuevo medio se dio en un contexto de crisis del cine argentino. Un año antes, la autodenominada Revolución Libertadora había cambiado las reglas del juego, y el horizonte se cubría de nubes negras que presagiaban temporal. Con los rodajes parados, la distribución echó mano a lo poco que se había logrado completar el año anterior. Lucas Demare aportó su mirada campera en El último perro, y Román Viñoly Barreto, que venía de cumplir con menos de lo justo en La niña gato (1953) y El abuelo (1954), hizo lo propio con el texto de Yupanqui.

Las dificultades de un rodaje con poco presupuesto colocaron el foco de Horizontes de piedra poesía del cantautor. Y como broche, la música: “Hice 32 pequeños preludios. Fue la única película del cine argentino totalmente musicada con guitarra”, le contaba orgulloso a su amigo Antonio Carrizo. Mario Lozano, Milagros de la Vega, Julia Sandoval y el propio Yupanqui pusieron cuerpo y alma a esa galería de personajes, hermanos de sangre de aquellos que protagonizan su prolífica colección de canciones.

De la emotiva banda sonora del film se destaca la vidala “Lloran las ramas del viento”, inspirada en un niño de nueve años que luego de enterrar a su madre “en la cumbre, donde él vivía” y quedar solo, bajó al pueblo en busca de su padrino. La sentida composición acompaña al viento, único testigo de la despedida de aquel chico a su mamá.

ZAFRA: DOS CONTINENTES Y UNA MISMA POLÉMICA

Cuatro años después del estreno de Horizontes de piedra llegó Zafra, con Atahualpa en su doble rol de actor y compositor, el guion en manos de Sixto Pondal Ríos y la dirección de Lucas Demare.

Nuevamente, la escena folklórica como marco, pero esta vez en un intento de sumarle una pátina de crítica social a las plantaciones azucareras y su perversa lógica de explotación del obrero por parte del dueño de la tierra. Alfredo Alcón, Graciela Borges, Luis Medina Castro y Enrique Fava conformaron el elenco de esta historia que llegó a presentarse en el Festival de Cannes.

Por su falta de matices, por su unidimensionalidad y por meterse con un tema divisor de aguas, la película provocó una grieta en la crítica, que no terminó de ponerse de acuerdo sobre sus méritos o su falta de ellos. De la “valiente denuncia” al “ejemplo de demagogia”, hubo opiniones para todos los gustos, tanto aquí como en Europa. Incluso su estreno agitó el terreno político en Jujuy, como también en los centros azucareros, que se enardecieron por la supuesta “inexactitud” de su denuncia, pidiéndole al gobierno que no fuera cómplice “de esas mentiras”.

Con destino de escenarios y bordona, las siguientes apariciones de Atahualpa Yupanqui en el cine fueron a través de sus canciones. Viaje de una noche de verano (1965) lo contó como parte de una sucesión de números musicales sin pies, cabeza o justificación; mechado con situaciones mínimas a cargo de Alberto Olmedo, Tato Bores y Luis Sandrini, entre otros. El segmento que protagoniza el cantautor, llamado “La salamanca”, fue dirigido por José Martínez Suárez. Años después, el realizador y hermano de Mirtha Legrand esbozaba una irónica autocrítica en diálogo con Mario Gallina: “¿Sabe qué pasa? Creo que ese ‘hijo’ fue concebido en una noche de alcohol, sexo, drogas, vértigo, peronismo y locura. Así fue como pagué esa culpa: tengo todo machucado el pecho. Fue la pelotudez más grande que hice en mi vida… ¡Y mire que hice, eh!”.

Del mismo año es Cosquín, amor y folklore (1965), una idea de Aníbal Uset llevada adelante por Delfor María Beccaglia. La historia mínima de una pareja compuesta por un acérrimo tanguero (Atilio Marinelli) y una fanática del folklore (Elsa Daniel) de luna de miel en Córdoba sobra como excusa para asistir a la trastienda del Festival de Cosquín. Como en el film anterior, Yupanqui es el paisano sabio que siempre tiene la palabra justa, que en este caso es coincidente con los versos de algunas de sus canciones.

En la década siguiente, el arte de Atahualpa encontró mejores vehículos, aun manteniendo la estructura de la sucesión de números musicales. El poeta abrió la película documental Argentinísima (1972, basada en el éxito televisivo del mismo nombre) con una sentida versión de “Tierra querida”, para enseguida hablarle a su público a modo de presentación. Promediando el largometraje, regresa para interpretar en vivo “El poeta”, y de paso agradecer el bautizo con su nombre del escenario de Cosquín.

Argentinísima II (1973) lo tuvo otra vez entre sus filas, esta vez en su epílogo, hablando con Julio Mahárbiz en torno al fogón crepitante e interpretando “Mi tierra te están cambiando”. Ambos títulos fueron dirigidos por Fernando Ayala y Héctor Olivera.

Atahualpa Yupanqui se despidió del cine con Mire qué lindo es mi país (1981), también con el Festival de Cosquín como marco, y siempre revalidando su arte, canto y poesía. Porque como dijo Eduardo Galeano en las palabras que le dedicó: “La historia del pobre se canta o se pierde”.

Escrito por
Guillermo Courau
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