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Sin tregua

Ocurrió una tarde en que la temporada de lluvias se había anticipado para parir el invierno en la Ciudad de México. Era abril de 1982, a pocos días del comienzo de la guerra lanzada por la dictadura para recuperar nuestras islas Malvinas. El dictador Leopoldo Galtieri tardaría poco, entre whisky y whisky, en vociferar y mentir una vez más que estábamos ganando esa batalla en el Atlántico Sur contra el ejército inglés de la neoliberal Margaret Thatcher y sus aliados de la OTAN. Llegué desesperada con un texto urgente a la redacción del diario UnomásUno, donde ya trabajaba como otros exiliados argentinos, pero en el departamento de corrección, por lo que nunca había publicado una columna de opinión, que ese día llevaba urgente como un tesoro de 80 líneas, firmada como Laura Avellaneda. El seudónimo obedecía a dos cosas: una, no violar las normas legales de México: los extranjeros no podíamos mezclarnos con la política interna o en política en general; otra, porque era un homenaje a La tregua, la gran novela de Mario Benedetti. Nada más parecido a una tregua que el exilio. En la sala de espera del jefe de editoriales, Miguel Ángel Granados Chapa, escuché por primera vez el vozarrón sentencioso de David Viñas, desesperado como yo en dejar sentada su oposición furiosa contra la guerra de los dictadores. “Los años que vivimos en peligro no fueron los de la lucha revolucionaria; son los de la derrota”, dijo Viñas, como una sentencia bíblica (era la manera en que solía encarar las definiciones históricas, contundentes como la invención de Dios), mientras esperábamos en una antesala del diario. Era la primera vez que lo veía. Y no sé si por la fascinación de su estampa, de sus certezas, de mi recuerdo, del amor por su obra, coincidimos en oponernos juntos en los debates dentro de la colonia argentina a esa guerra que considerábamos hija de la derrota de nuestra generación y de los intentos de perpetuación de la dictadura. Nunca nos pondríamos del lado del “nacionalismo berreta y tardío”, como bautizó David la pulsión de parte del exilio argentino en apoyar esa guerra de los dictadores. En mi texto, titulado “Separar la aguja del pajar”, sostenía que, si bien la reivindicación de nuestra soberanía en las islas era innegociable, la guerra hecha por dictadores no era una gesta anticolonial sino una manera soez de habilitar el desembarco de la OTAN en el sur, además del intento de perpetuarse en el poder, acorralados por la crisis económica y por las denuncias de violaciones a los derechos humanos. La publicación del artículo tuvo caminos extraños. Aquella tarde no solo había ganado la amistad de David –a quien admiraba desde mi adolescencia, después de leer Dar la cara (1962)– sino también, sorpresivamente, el primer elogio en mi carrera de periodista por parte del gran Gregorio Selser, también exiliado en México por entonces, que me llamó por teléfono para saber quién era yo. Y aunque había comenzado dos años antes este oficio de luz y tinieblas en una revista de poca tirada, pero como corresponsal en Nicaragua –por tanto, poco conocida en Ciudad de México–, fue don Gregorio quien, visto a la distancia, bendijo mi carrera como periodista. Antes de que todo el exilio argentino se agitara y dividiera en apoyar o no la guerra –en México la posición mayoritaria que triunfó, encabezada por Noé Jitrik y otros que nos agrupábamos en la Casa Argentina de Solidaridad (CAS), fue rechazar el apoyo a la guerra–, recordé la frase de David porque nunca, nunca, si no hubiéramos estado transidos por la derrota exilar, por tantas muertes y tragedias, podíamos haber aceptado siquiera discutir con los enviados de la dictadura, como ocurrió con Vicente Saadi, de la posibilidad de que la diáspora más política y numerosa de los argentinos en el exterior pudiera apoyar esa guerra maldita a cambio de un regreso seguro, prometían, a la patria. Y desde ya, meses después, ante la confirmación de la segura derrota en Malvinas, pudimos también confirmar que la tregua era una ficción, como la novela. Como lo fue para nuestros hombres y mujeres que pelearon en las islas heladas del sur, como lo fue para nuestro pueblo cuando tuvo que contar los muertos y soportar el peso material de esa aventura trágica. Como lo fue para un puñado de mujeres heroicas que además de ser hostigadas fueron invisibilizadas y olvidadas.

Escrito por
Maria Seoane
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