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Bienvenidos a casa

No sé por qué estos días recordé los versos de Rubén Darío, escritos en 1904, en la “Oda a Roosevelt”: “Eres los Estados Unidos/ eres el futuro invasor/ de la América ingenua que tiene sangre indígena,/ que aún reza a Jesucristo y aún habla en español (…) Crees que la vida es incendio,/ que el progreso es erupción;/ en donde pones la bala/ el porvenir pones./ No”. ¿O sí sé? La memoria se reconstruye hurgando en los fragmentos del viaje eterno del yo al nosotros. El 11 de septiembre de 1973 teníamos apenas veinte años. Y los Estados Unidos habían decidido terminar con el gobierno socialista de Salvador Allende con desabastecimiento y caos, armando hasta los dientes a los esbirros chilenos –empresarios y militares– comandados por Augusto Pinochet. El imperio aún no había dotado al FMI del poder sofisticado de dominar nuestros territorios con la fina ingeniería de la deuda externa terminal. Recuerdo que nos lanzamos de a miles a recorrer las calles de la Argentina –que había salido chorreando sangre de 17 años de proscripción del peronismo y estrenaba una democracia bajo asedio con el gobierno popular de Héctor Cámpora primero y el seguro regreso de Perón a su tercera presidencia– luego de estremecernos con el bombardeo al Palacio de la Moneda, donde Allende pronunció las palabras más conmovedoras que se recuerden de un líder que va a morir, pero sabe que vivirá en la historia grande de América latina: “Sigan ustedes sabiendo que, mucho más temprano que tarde, se abrirán las grandes alamedas por donde pase el hombre libre para construir una sociedad mejor”. El ciclo salvaje de golpes militares amparados por Washington en Brasil, Bolivia, Uruguay y Chile se completó el 24 de marzo de 1976 en la Argentina. Desde entonces supimos que nuestros destinos latinoamericanos estaban sellados no sólo por ser protagonistas de nuestras rebeliones sino por tener un victimario común con aliados nativos que nunca dudaron en defender sus intereses económicos contra viento y marea. También supimos, en el exilio y con el regreso a la patria de miles de chilenos, argentinos, uruguayos, bolivianos, brasileños, en la incipiente recuperación de nuestras democracias acorraladas en los años 80, que, como dijo Allende, los pueblos resisten e insisten en volver por sus fueros de paz y mejor vida. Y porque, como decía Borges, “a la realidad le gustan las simetrías y los pequeños anacronismos”, recordé que 32 años después del bombardeo a la Moneda y la muerte de Allende, el 11 de septiembre de 2005, a poco de asumir como primera presidenta en la historia de Chile, Michelle Bachelet –exiliada, perseguida y torturada junto con su madre en la tenebrosa cueva de la DINA Villa Grimaldi– visitó Buenos Aires. Gobernaba Néstor Kirchner, se impulsaba la Unasur y Cristina Fernández de Kirchner estaba en campaña para ganar la provincia de Buenos Aires en las elecciones de medio término. La reunión ocurrió en el hotel Sheraton de Pilar y reunió a un centenar de intelectuales, artistas y periodistas, entre ellos, a los queridísimos Horacio González y José Pablo Feinmann, Noé Jitrik, Mario Rapoport y Telma Luzzani. Al finalizar el discurso de CFK y de Bachelet, en un descanso, el entonces jefe de Gabinete de Néstor, Alberto Fernández, nos presentó a Bachelet. Poco después, mientras volvía a mi mesa, sentí que una mano golpeaba mi espalda. Era ella: había atravesado un larguísimo salón para decirme que Alberto le había contado que yo era la autora del libro La noche de los lápices. Que quería agradecérmelo. Que ese libro había ayudado a la lucha por los derechos humanos y la memoria en su patria. Ahí estaba la futura presidenta de Chile conmoviéndome: “Chile siempre será tu casa”, dijo. Y nos abrazamos con un afecto antiguo, inamovible y, por supuesto, ni individual ni estrictamente personal. Ahora que Alberto es el presidente de los argentinos y sufrimos el embate de un destino miserable heredado del saqueo neoliberal; ahora, a punto de que comience el gobierno de Gabriel Boric, empujado por la rebelión de los jóvenes más prolongada en medio siglo, recordé entonces otra vez que Chile y la Argentina nos pertenecen, como dijeron Darío, Allende y Perón, y Néstor y Hugo Chávez en Mar del Plata en la Cumbre de las Américas, en aquel lejano 2005. Que esta patria latinoamericana es nuestra, carajo, y que la resistencia y la resiliencia son esas anchas alamedas por donde pasa la historia.

Escrito por
Maria Seoane
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