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“El fotógrafo siempre tiene que poner el cuerpo”

Ilustración: Jung!
Ilustración: Jung!

Reportero gráfico y jefe directo de José Luis Cabezas en el momento del crimen, Hugo Ropero trabaja por mantener despierta la memoria sobre su compañero y amigo, aunque su teoría respecto del caso difiere de la versión judicial.

Hugo Ropero llegó del supermercado a su casa en la mañana del 25 de enero de 1997 y escuchó que sonaba el teléfono. El entonces editor fotográfico de la revista Noticias encontró del otro lado de la línea la voz del periodista Gabriel Michi, que lo llamaba desde Pinamar. José Luis Cabezas no había vuelto a su casa. Michi estaba en la comisaría, habían encontrado un auto prendido fuego en la ruta. “Se pegó un palo, pensé, pero entonces Michi me dijo que el cuerpo estaba esposado y tenía un tiro en la cabeza. Ahí me cayó la ficha: había sido un crimen tremendo, absolutamente mafioso”, cuenta Ropero a Caras y Caretas.

La relación entre Cabezas y quien fue su último editor empezó siendo laboral, pero no tardaron en volverse grandes amigos. “Era un tipo muy profesional, de primera. Siempre nos llevamos bien, nos divertíamos, nos reíamos mucho. Se tomaba muy en serio el laburo y al mismo tiempo jugaba”, relata el fotógrafo. Todavía se ríe al recordar algunas anécdotas: cuando Cabezas hizo disfrazar a Graciela Fernández Meijide de Carlos Gardel, cuando retrató a Ernesto Sabato con un fondo de playa pintada o cuando volvió de Canadá con unas botitas texanas, las mismas que permitieron a Ropero identificar el cuerpo de su amigo en la foto de los diarios.

–¿Cómo empezó la relación con Cabezas?

–José Luis se acercó como fotógrafo a la editorial Perfil trayendo una foto del ministro de Economía de [Carlos] Menem, [Miguel Ángel] Roig, que duró una semana en el cargo porque se murió. José Luis trabajaba con la Embajada de Francia y fue a hacer fotos un 14 de julio, el día que festejan la toma de la Bastilla. Ahí estaba Roig. Cuando el ministro se fue, José Luis le hizo un par de fotos, que fueron las últimas antes de su muerte. Con esa premisa vino a la editorial a ofrecernos las fotos. Eso nos gustó, el gesto periodístico del pibe, y empezó a trabajar como colaborador. Cuando armamos el staff específico para Noticias, lo convocamos.

–¿Cómo era él personalmente y como profesional?

–Era un pibe fantástico, con un humor increíble, se cagaba de risa haciendo chistes, y si te agarraba de punto, agarrate Catalina… Se movía bien, se preocupaba mucho por el trabajo, siempre buscaba distintos tipos de encuadre, era un fenómeno. Convencía a los entrevistados de hacer cualquier cosa, de disfrazarse, de colgarse de una ventana. Siempre traía las fotos más insólitas. Un día fue a retratar a Graciela Fernández Meijide antes de las elecciones. Si ganaba iba a ser como Gardel, decíamos, entonces lo mandamos a José Luis con un sombrero de Gardel y un poncho, ¡y se lo hizo poner! Otra vez tenía que hacerle fotos a Ernesto Sabato, que era muy serio. Lo hizo posar con el fondo de una playa, el mar y un sol dibujados, una foto que resultó muy graciosa. A [Oscar] Andreani –dueño de la empresa de correo– lo hizo disfrazarse de cartero. Vio que había un uniforme de cartero por ahí y se lo hizo poner. Era un tipo muy despierto, que miraba mucho y buscaba siempre hacer algo distinto.

–La amistad entre ustedes se dio naturalmente.

–Claro, la pasábamos bien en el laburo y después nos encontrábamos afuera y la pasábamos bien también. Una vez alquilamos dos quintas juntos, una al lado de la otra. Era un gran tipo, yo era su jefe inmediato, pero con él no hacía falta hacer de jefe, era muy profesional. Siempre nos llevamos bien, nos divertíamos, nos reíamos mucho. Se tomaba muy en serio el laburo. Él un poco jugaba, la pasaba bien y hacía muy bien el trabajo.

–¿Cómo surgió la cobertura de Yabrán en Pinamar?

–A José Luis no se le pidió específicamente que sacara fotos a Yabrán. Fue a la temporada y en temporada tenés que cubrir todo. Él no estaba siguiendo a Yabrán ni le interesaba particularmente, pero sí quería tener una foto del tipo porque sabía lo difícil que era fotografiarlo. Y sabía que Yabrán en Pinamar era un número cantado. Cuando Michi lo llevó al balneario, fueron a ver qué pasaba, no tenían ninguna garantía de nada. Tenían el dato de que a las cuatro de la tarde Yabrán siempre salía a caminar. Al otro día, Cabezas fue con su esposa y las amigas a la playa, alquilaron una carpa. Cuando Yabrán salió a caminar, José Luis hizo de cuenta que les sacaba fotos a ellas, cuando en realidad le estaba sacando fotos al otro, que venía caminando atrás. Una artimaña que le enseñé yo (risas), que había ido a hacer una nota al Caribe, unas fotos de [Armando] Cavalieri, y había hecho posar a la periodista que fue conmigo.

–Siempre fue muy crítico de la hipótesis de la responsabilidad de Yabrán en el asesinato.

–Sí. Creo que se lo entregaron a Yabrán para que lo fotografiara. Un tipo como Yabrán, que siempre se manejó en la oscuridad, no va a mandar a matar a un fotógrafo para que todo el mundo piense que fue él. Sabía que si lo mataban a José Luis, todo el mundo iba a apuntarle a él. No le pasaba nada a Yabrán con la foto, era una foto más. Lo peor es que nosotros un año antes ya lo habíamos fotografiado y había salido en tapa de Noticias; una foto clarísima, un primer plano de Yabrán. Y nadie amenazó al fotógrafo, no pasó nada.

–¿Cree que el crimen tuvo más que ver con una interna en la política?

–Dentro del escenario político estaban por licitar el Correo Argentino. Se lo querían quedar [Mauricio] Macri y Federal Express, entre varios otros, pero la licitación la iba a ganar Yabrán porque era amigo de Menem. Y había que sacárselo del medio. ¿Cómo? No le gustaba que le sacaran fotos, se jactaba de que no le sacaban fotos. Entonces se lo entregaron al fotógrafo y después fueron a buscarlo.

–¿Fue eso lo que lo llevó a dejar de participar tan activamente en las marchas?

–Al principio estuve muy metido con las movilizaciones. Fui el que armó la muestra de Cabezas, un mes después de la muerte. Busqué las fotos, seleccioné las mejores y armé la muestra, que fue la más visitada de la historia del Teatro San Martín. Cuando la armé pregunté por el salón, me ofrecieron el salón de fotografía, y les dije: “No, quiero el hall principal del teatro”. Al mes me mandaron una carta diciéndome que había sido la muestra más visitada en la historia del teatro. Toda la sociedad estaba comprometida con el caso, pero todos con la misma hipótesis: que lo había matado Yabrán. Para mí fueron [Domingo] Cavallo, [Eduardo] Duhalde, Macri, toda esa runfla. Pero me quedé solo gritando esas cosas. Últimamente, empecé a ir de nuevo a las movilizaciones porque, en definitiva, lo que me interesa es que se mantenga la memoria y el recuerdo de mi amigo.

–“Nuestra arma es la cámara y lo que tenemos que levantar cuando muere un compañero es la cámara”, dijo en una entrevista. ¿Qué generó el caso de Cabezas en el fotoperiodismo?

–Para nosotros, la cámara es el arma, entonces levantar la cámara es decir “acá estamos”. El fotógrafo está en la primera línea de fuego. Un periodista, un cronista, puede seguir una guerra tranquilamente desde la habitación de un hotel, con una buena radio (risas). El fotógrafo siempre tiene que estar ahí, poner el cuerpo.

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Juan Funes
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