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El golpe que despertó al gigante occidental

Se cumplen 80 años del ataque japonés sobre la base naval de Pearl Harbor, que determinó la entrada de los Estados Unidos a la Segunda Guerra Mundial.

Pearl Harbor fue el primer 11-S del siglo XX para los Estados Unidos como punto de inflexión. Montado sobre una lógica belicista propia de la época y de la última guerra entre las potencias imperiales, por supuesto, pero con un poder de quiebre igual de disruptivo sobre el sentir y pensar del gigante dormido. Un azote que expuso en público la vulnerabilidad de la potencia occidental como el rey que, de pronto, se descubre desnudo, a sabiendas de que la presunta supremacía fundada en el privilegio de su geografía, muy lejos del mundo en guerra, no era más que una ilusión.

Porque si hasta ese momento la gran potencia americana hacía gala de su característico aislamiento revestido de excepcionalismo como regla de conducta exterior, la profunda herida que abrieron los japoneses aquel 7 de diciembre de 1941 con sus bombas y torpedos en el orgullo militar de Washington derivó en un grito de guerra y un giro copernicano. Arrastrado por un huracán de sangre y fuego de no más de noventa minutos, Estados Unidos ingresó al mayor conflicto bélico de la historia hace exactamente 80 años.

El entonces presidente Franklin Delano Roosevelt (FDR) lo denominó “una fecha que vivirá en la infamia”, de frente a ese mismo Congreso que le había negado la vía de las armas ya en años previos, infló los espíritus de propios y ajenos y rompió con la tradición de una potencia que no se involucraba en los conflictos “europeos”. A falta de uno, el país ingresó en los tiempos siguientes en dos frentes en simultáneo: el Pacífico y el Atlántico. Y hasta en esa escalada, acompañada tanto por republicanos como por demócratas, se percibe algún reflejo con 2001.

EL COMPLOT

En su libro Decisiones trascendentales. De Dunquerque a Pearl Harbor (1940-1941), el historiador Ian Kershaw enumera diez acciones que preconfiguraron al mundo por venir durante ese año trascendental, a modo de bisagra. La octava de esas decisiones es, en efecto, el ataque a la flota estadounidense anclada en la base del Pacífico. El porqué de esa temeridad no puede despegarse del contexto: según el autor, para los nipones se trataba de una cuestión de orgullo o, mejor dicho, de no subordinación, de no humillarse frente a los Estados Unidos.

¿Sabía la Casa Blanca que Japón iba a atacar Pearl Harbor y miró hacia otro lado? Las dudas respecto de cuánto conocían el presidente de los Estados Unidos y su círculo inmediato, y si dejaron hacer en busca de la excusa perfecta para su guerra, circularon durante muchos años. Siguen dando vueltas, de hecho. Los documentos revelados con posterioridad al conflicto prueban que las advertencias respecto de un posible ataque japonés existieron. También ciertos indicios de movimientos de la flota nipona que, acorde con los reportes de inteligencia de entonces, apuntaban en la misma dirección.

Hasta unas horas antes del ataque, el secretario de Estado estadounidense, Cordell Hull, mantenía abiertas sus tensas negociaciones con el embajador nipón Kichisaburō Nomura, respecto del equilibrio en el Pacífico. Todo parecía indicar que el horizonte de la guerra se aproximaba, aunque no había certezas sobre cuándo, dónde y con qué magnitud podía producirse esa ofensiva. Y si bien todas las guarniciones estadounidenses estaban en alerta, el golpe fue más osado de lo que muchos imaginaban.

Para entonces, la guerra ya llevaba casi tres años con un Reich nazi extendiéndose sobre gran parte de Europa, a punto de derrumbar el imperio soviético y amenazando con cruzar el Canal de la Mancha para conquistar la isla británica, reducto de la resistencia aliada. Hasta el premier Winston Churchill exhortaba una y otra vez a los estadounidenses a involucrarse de cuerpo y alma en la contienda y no sólo con sus dólares.

Pero del otro lado se alzaba aún un muro aislacionista erigido en el siglo XVIII sobre los cimientos del Capitolio y con su fuerte réplica en la opinión pública del país, a través de personajes notables como el aviador Charles Lindbergh. La realidad y pequeñas grandes conquistas políticas de FDR, no obstante, lo iban erosionando desde su base.

Un ejemplo de esto último lo constituyó la posibilidad de financiar a las naciones que enfrentaban a Alemania e Italia a través de la Ley para Promover la Defensa de los Estados Unidos, o ley de Préstamos y Arriendos (Lend-Lease), de 1941, proveyendo a los socios en guerra alimentos, petróleo y recursos bélicos. La normativa abrió una grieta en las prohibiciones de las llamadas leyes de neutralidad de años previos ya que, hasta entonces, el credo rezaba que los únicos lazos permanentes que Estados Unidos debía cultivar con Europa eran los comerciales.

La imagen del Guernica hawaiano disolvió cualquier prudencia luego en un estrepitoso clamor de venganza.

CONSPIRACIONES 

Quienes sostienen con mayor ahínco la historia de la conspiración –otro punto de contacto con el ataque que ocurriría exactamente 60 años después de mano de un enemigo muy diferente–, refieren a las evidencias documentales que dan cuenta de las advertencias desoídas. Quizá la más impactante de todas la constituye el mensaje del embajador en Tokio, Joseph Grew, el 27 de enero de ese mismo año.

El entonces representante ante el imperio japonés citaba un rumor sobre un posible golpe contra Pearl Harbor en caso de fracasar las negociaciones diplomáticas. Los que descreen de la idea de un laissez-faire bélico aseveran que semejante ataque no era creíble por razones de logística: una enorme flota debía trasladarse desde Asia hasta la isla en el Pacífico para ejecutarlo, tal como ocurrió.

En el medio, las agendas políticas de halcones y moderados en ambos gobiernos abonaron para llegar al peor desenlace. Porque, así como hubo actores que apostaron por un acercamiento dialogado como el premier nipón Fumimaro Konoe, responsable también del Pacto de Neutralidad con la URSS de abril de ese año, hubo otros, como el militar Hideki Tōjō, que se inclinaron por la opción de las armas. Y esto pese a que, en noviembre de 1941, ambos países parecían haberse aproximado a un principio de entendimiento con el pacto de Modus Vivendi, sin que la tensión se apagara del todo.

En rigor, la expansión militar japonesa por el Asia continental da un marco para interpretar aquella jornada del 7 de diciembre de 1941 a la luz de un objetivo mucho mayor.

EXPANSIÓN 

El ataque japonés del 7 de diciembre no se circunscribió únicamente a la isla de Honolulu sino que formó parte de una ofensiva más importante que arrasó, en sólo días, todo punto de resistencia occidental en las islas pacíficas de Guam y Wake hasta alcanzar Tailandia, Hong Kong y Singapur. Filipinas cayó recién en 1942. Según declaraciones a las BBC de Mark Roehrs, profesor de Historia en el Lincoln Land Community College, el gran objetivo de Japón era asegurarse el control marítimo para afianzar su expansión en busca de colonias y recursos.

Desde la invasión a Manchuria, en 1937, Tokio libraba su conflicto con China por la influencia regional. Como imperio circunscripto a un archipiélago, Japón anhelaba su autonomía en materia de petróleo y demás minerales que sólo podía encontrar en el continente y otras islas del centro y el sur del Pacífico. Su camino lo llevaba hasta Indonesia y las armas estadounidenses y británicas eran las únicas que se interponían.

De hecho, allí no quedaba la ofensiva. A las pocas semanas de concluido el ataque a la flota en Hawaii, Japón diseñó un nuevo plan igual de audaz: la destrucción del Canal de Panamá mediante el bombardeo de las Esclusas de Gatún, el lago cuyas aguas servían para elevar o bajar el nivel de flotación durante el tránsito de los buques por el pasaje. Tal golpe, que hubiera significado un duro revés económico, se truncó por la demora en la construcción de los submarinos I-400 que debían transportar a los aviones en un hangar en su interior.

El devenir de la guerra puso coto a esas aspiraciones. Y lo que siguió ya es historia: la venganza de Estados Unidos contra los principales responsables militares de Pearl Harbor y la lluvia nuclear sobre Japón y su ocupación posterior. Así y todo, la jornada del 7 de diciembre marcó para siempre la crónica de los años por venir, sobre todo en lo que respecta a la presencia occidental en la región. A tal punto fue significativo que, aun en pleno auge de la Pax Americana, las tensiones colonialistas nunca se apagaron del todo en aquella parte del mundo.

Escrito por
Mariano Beldyk
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