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Caras y Caretas

           

La Patagonia rebelde

Hace 100 años, en pleno gobierno radical, una feroz represión fusiló a los obreros en huelga en el sur de nuestro país. Hoy, un proyecto de ley intenta convertirlo en delitos de lesa humanidad.

El festejo tuvo lugar a fines de 1921 en la Sociedad Rural de Río Gallegos. Su instante más emotivo fue cuando los presentes –estancieros ingleses y criollos, junto a muchachos de la Liga Patriótica– entonaron a viva voz un cántico muy simpático: “For he is a jelli good fellow” (“Porque eres un gran camarada”).

Al homenajeado se le humedecieron los ojos por la emoción. Se trataba del teniente coronel Héctor Benigno Varela, quien –al mando del Regimiento 10 de Caballería– acababa de fusilar a 1.500 obreros rurales.

         Tal faena se desató el 7 de diciembre de 1921 en la estancia La Anita, extendiéndose a campos aledaños durante varios días.

         Tal fue el epílogo de una huelga desatada meses antes, cuyo transcurso pareció tener un final feliz cuando el propio Varela –enviado desde Buenos Aires para descomprimir las hostilidades– hizo que las dos partes rubricaran un convenio colectivo de trabajo, el cual fue incumplido por los terratenientes, y el conflicto volvió a reverdecer. Ello hizo que  Varela regresara a Santa Cruz con su soldadesca. Esta vez tenía la orden de matar, firmada por el presidente Hipólito Irigoyen. Entonces, la sangre corrió allí en plano inclinado.

         Lo cierto es que aquella matanza quedó como una herida abierta en la historia del país. Tanto es así que, al cumplirse su centésimo aniversario, fue presentado un proyecto de ley –elaborado por Adolfo Pérez Esquivel, Esteban Bayer (el hijo de Osvaldo), la senadora Ana Ianni, y el secretario de Derechos Humanos, Horacio Pietragalla– para declarar lo sucedido como un crimen de lesa humanidad.

         Pero retornemos al tiempo inmediatamente posterior al asunto, signado por un trepidante intercambio de venganzas. Un mosaico de pasión y muerte que merece ser evocado.

El nacionalista enardecido

El primer signo visible de esta trama ocurrió el 27 de enero de 1923, cuando el teniente coronel Varela fue ajusticiado frente a la puerta de su casa, en la calle Fitz Roy 2461, de Palermo, por el anarquista alemán Karl Gustav Wilckens. Este era un hombre muy expeditivo: le arrojó una bomba al militar, antes de prodigarle cuatro balazos.

         Wilckens terminó alojado por ello en la Penitenciaría Nacional. Durante la madrugada del 15 de junio, fue asesinado a balazos en su celda por un tipo que había ingresado al penal disfrazado de guardiacárcel.

         El homicida fue inmediatamente detenido.

La siguiente escena transcurrió durante la mañana de ese viernes, en el despacho de un jefe policial apellidado Conti.

–He sido subalterno y pariente del comandante Varela. Acabo de vengar su muerte –declamó el hombre sentado frente a él.

Sobre la pechera del uniforme lucía una salpicadura de sangre ajena.

El comisario lo observaba con una expresión comprensiva.

Esa tarde, el diario Crítica salió con una tirada de 500 mil ejemplares y el siguiente titular: “Wilckens fue cobardemente asesinado”. La cobertura del hecho revelaba el nombre del asesino: Jorge Pérez Millán, de 26 años.

Era un muchacho de abolengo, muy católico y nacionalista. Ello lo llevó a enrolarse en la Liga Patriótica, el grupo de choque de ultraderecha que encabezaba Manuel Carlés. Desde sus filas, Pérez Millán participó con ahínco en la represión desatada durante la Semana Trágica de 1919. Luego se enroló en la policía para solicitar –en 1921– su traslado en comisión a la provincia de Santa Cruz. Y sería allí en donde actuó bajo las órdenes de Varela. Aunque no con demasiada fortuna: durante un enfrentamiento con los huelguistas resultó herido en una nalga. Tal percance le proporcionaría una módica celebridad, ya que el diario La Razón publicó una entrevista suya, donde relataba su martirio. De regreso en Buenos Aires, se incorporó otra vez en la Liga Patriótica.

Crítica, ya el 19 de junio, deslizó que la muerte de Wilckens, lejos de ser una iniciativa individual, había sido una operación gestada en las entrañas de la milicia encabezada por Carlés.

Un ejemplar ya amarillento de aquel diario llegó dos años después a la cárcel de Ushuaia, oculto entre las ropas del anarquista irlandés Lian Balsrik.

Su celda estaba junto a la de otro ácrata, cuyo estado físico era penoso: pese a tener 57 años, parecía un anciano y, debido a los castigos recibidos tras su detención, las piernas se le habían paralizado. Su nombre era Germán Boris Wladimirovich.

Este no disimuló su consternación ante la muerte de Wilckens, a quien había conocido años atrás. Tanto es así que solía leer una y otra vez la noticia de su asesinato publicado en el tabloide traído por Balsrik, quien, además, le relató la continuidad de la historia: las influencias de Pérez Millán, junto con una dudosa pericia psiquiátrica, le evitaron ser imputado; en vez de ello, logró que lo alojaran en el Hospicio de las Mercedes, porque allí estaba a salvo de un posible atentado contra su vida.

Wladimirovich blasfemó por lo bajo.

Lo cierto es que, a partir de entonces, su conducta cambió por completo: al principio, sólo fue un desequilibrio nervioso. Pero ello después derivaría en la locura más absoluta. Semejante cuadro impresionó a presos y carceleros por igual. Nadie llegó a imaginar que era el primer paso de un ajuste de cuentas.

El anarquista irreductible

Wladimirovich –al igual que Pérez Millán– era un muchacho de abolengo; había nacido en 1876 en el seno de una aristocrática familia rusa. Al cumplir los 20 años rompió con ésta al formar pareja con una obrera revolucionaria. Y completaría sus estudios de médico y biólogo. Pero, con la excepción de una cátedra dictada en Suiza, jamás ejerció su profesión. En cambio, se volcaría a la acción política, primero en las filas de la socialdemocracia. En 1904 fue uno de los delegados rusos en el Congreso Socialista de Ginebra. Allí llegó a polemizar con Lenin y Trotski. Ello, junto con el fracaso de la revolución de 1905, lo llevaría hacia el anarquismo. Por entonces ya era autor de tres libros de sociología, además de ser un agudo propagandista. Hablaba alemán, inglés, francés y español con suma fluidez. Años después, la muerte de su mujer lo sumió en una aguda depresión que solía mitigar con litros de vodka. Y luego de donar su casa de Ginebra a una organización anarquista local, llegó al país en 1909. Primero vivió en Santa Fe, antes de trasladarse al Chaco, en donde se dedicó exclusivamente a efectuar exploraciones geográficas del territorio. En 1919 arribó a Buenos Aires.

         En virtud de su prestigiosa trayectoria en los círculos revolucionarios europeos, los anarquistas del Río de la Plata lo recibieron como a un héroe. Y él volvió a lanzarse de lleno a la militancia. La Semana Trágica lo sorprendió mientras organizaba un comité de base en el barrio de Chacarita. Entonces, se puso al frente de la resistencia contra la represión. Pero el precario sentido de disciplina que evidenciaban los cuadros que él mismo había formado, le causó un desaliento. Y saltó de la política de masas al bandolerismo expropiador. En tal rubro fue un precursor.

         En mayo de 1919, Wladimirovich y dos compañeros –el ruso Andrei Babby y Luis Chelli– asaltaron a un tal Pedro Perazzo, quien regenteaba una próspera agencia de cambios, cuando descendía con su esposa de un tranvía en una calle de Belgrano. El repliegue de los anarcos fue desaforado y funesto; su saldo: un vecino herido y un vigilante muerto.

         Babby y Chelli cayeron en un conventillo de la avenida Corrientes. Y Wladimirovich fue detenido en la ciudad misionera de San Ignacio. Entonces se convirtió en un trofeo viviente, al punto de que el gobernador, sus ministros y el jefe de la policía provincial acudieron a su calabozo para fotografiarse con él. Luego, ya condenado a perpetuidad, se lo trasladó a la prisión de Ushuaia.

         Ahora, hecho un guiñapo, había encontrado su última razón para vivir. La presunta locura del recluso alarmaba cada vez más a las autoridades de la cárcel. Y luego de que los forenses certificaran el carácter irrecuperable de su dolencia psíquica, se dispuso su regreso a Buenos Aires para internarlo en él único manicomio que contaba con un pabellón penitenciario: el Hospicio de las Mercedes, más conocido como “El Vieytes”, por el nombre de su calle. La primera parte del plan de Wladimirovich había concluido con éxito.

         Pero su nuevo lugar de residencia lo impresionaba de sobremanera; en especial, una placa de bronce adosada en su pabellón: “Al Dr. Lucio López Lecube, fallecido el 7 de febrero de 1921 en el cumplimiento del deber”. Era un psiquiatra que murió degollado con el mango de una cuchara afilada por un paciente. El facultativo –según dicen– era muy duro con ellos.

Wladimirovich se fue integrando a ese medio con normalidad.     

Después logró que alguien desde afuera le trajera un revólver. Y no tardó en localizar el sector en el cual permanecía el asesino de Wilckens. Pero grande fue su desazón al saber que Pérez Millán se encontraba aislado del resto de los internos, en un coqueto departamento del primer piso. Aun así halló la manera de llegar a él: su llave fue Esteban Lucich, un loquito pequeño y jorobado que, por gozar de la estima del personal, tenía libre acceso a todos los sectores del hospicio. Boris, haciendo gala de su capacidad persuasiva, lo ganó para su causa. De esta manera, Lucich se convirtió en su brazo ejecutor.

El 9 de octubre de 1925, Millán leía una epístola enviada por su amigo Carlés. En aquel preciso instante, arma en mano, irrumpió su matador, al grito de “¡Esto te lo manda Wilckens!”.

Entonces retumbó entre los muros el inequívoco sonido de un disparo. Pérez Millán dejó de existir tras una breve agonía.

Wladimirovich pasó a mejor vida unos años después.

Había ganado su última batalla.

Escrito por
Ricardo Ragendorfer
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