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Caras y Caretas

           

El prócer deportado

José Artigas fue parte de la historia argentina, aunque una operación historiográfica lo confinó a Uruguay. El autor desanda los motivos y reivindica la figura del prócer.

José Artigas imaginó los ríos que hoy dividen nuestro rincón de América como puentes de una patria común y federal. Bajo esa causa reunió a los pueblos de Córdoba, Santa Fe, el Litoral y el actual Uruguay, en una lucha que de haber tenido éxito hubiera modificado las fronteras y el destino de la región de maneras inimaginables. Pero después de pelear por diez años contra las monarquías de España y Portugal, las tropas centralistas de Buenos Aires y la traición en sus propias filas, debió exiliarse en Paraguay para vivir sus últimos treinta años lejos de su patria natal.

El Río de la Plata, a cuyas orillas empezó esta historia en mayo de 1810, es hoy el separador entre dos relatos contrapuestos: en Uruguay, es el padre omnipresente de una nación que jamás concibió como un Estado independiente, mientras que en el lado que nos toca, es un prócer omitido, prácticamente deportado del relato oficial.

Porque si bien nació en Montevideo en 1764 y su lucha dio forma al pueblo que sería el uruguayo, durante la década en que fue el máximo líder de su territorio Artigas fue tan compatriota como José de San Martín, Martín Miguel de Güemes o Manuel Belgrano.

El historiador uruguayo Enrique Méndez Vives, autor de una biografía sobre el prócer rioplatense publicada en 2017, señala por qué Artigas es el prócer de una patria perdida: “Él defendió siempre la federación con la Banda Oriental como una provincia, como si fuera Santa Fe, Misiones o Entre Ríos. La idea la mantuvo siempre, siempre. No concibió el Uruguay independiente, no lo tuvo en cuenta”.

Pero las pistas de su gesta oscurecida se esconden a plena vista en el único monumento que le dedica la ciudad de Buenos Aires, base de sus enemigos más fervientes.

Artigas, el prócer deportado

La estatua de José Artigas se alza entre dos hileras de álamos plateados, parte del paisaje parquizado que flaquea la Avenida del Libertador. Al acercarse, su figura se agiganta, lo mismo que pasa cuando se buscan en el pasado las claves del presente de la Argentina.

Fue a esta ciudad donde llegó en el siglo XVII procedente de Aragón su abuelo, Juan Antonio Artigas, y donde nació su abuela, Ignacia Javiera Carrasco. En 1811, sería ante el Cabildo de la Plaza de Mayo que Artigas –militar díscolo de la Corona– se presentó para ponerse al servicio del gobierno revolucionario, que lo nombró jefe de los orientales con el grado de teniente general.

Y, sin embargo, para muchos argentinos, el sentido de Artigas está tan limitado como en este rincón de Recoleta, donde la estatua se alza en la Plaza República Oriental del Uruguay. La capital tiene una forma sutil de contar su versión de la historia.

No suele enseñarse en las escuelas argentinas que la primera gran victoria de la Revolución de Mayo fue en el actual Uruguay, en la localidad de Las Piedras, infligida a los realistas por el ejército de Artigas en 1811. Cuando las autoridades porteñas pactaron una tregua con el cabildo de Montevideo, leal a España, el caudillo acató la orden y se exilió con miles de orientales en Concepción del Uruguay. Desde nuestro país pergeñaría la campaña con la que logró unir un territorio mayor al que dominaba el Cabildo porteño, con un proyecto de país diametralmente opuesto.

En la Buenos Aires actual, el basamento diseñado por el arquitecto argentino Alejandro Bustillo para la obra del escultor uruguayo José Luis Zorrilla de San Martín recuerda los pilares intelectuales de esta iniciativa. Bajo la espalda del bronce aparecen impresas en granito rojo fragmentos de las instrucciones que el caudillo envió a la que sería denominada Asamblea del año XIII.

Recoleta todavía era un barrio marginal cuando el Cabildo convocó a este congreso con representantes de las nuevas provincias para redactar una constitución. Como frontera del antiguo virreinato con el Brasil portugués, la Provincia Oriental fue invitada a participar.

Los pasajes elegidos ilustran las bases del modelo artiguista que viajó con sus enviados: “Primeramente pedirá la declaración de independencia absoluta de estas colonias / No admitirá otro sistema que el de Confederación / La Constitución garantiza a las provincias unidas una forma de gobierno republicana”.

Independencia, República y Federación. Por sostener estas banderas, que hoy son tan indivisibles de la Argentina, el gobierno porteño lo declaró fuera de la ley y puso una recompensa de seis mil pesos por su captura, vivo o muerto. Por sostener estas banderas y experimentar la misma presión centralista de Buenos Aires, Córdoba, Santa Fe, Entre Ríos, Corrientes y lo que hoy es Misiones se unirían a su lucha.

El texto completo de las instrucciones del año XIII contiene además una serie de condiciones que eran indigeribles para el proyecto porteño. Entre ellas, la libre circulación de bienes a través de los ríos nacionales y el nombramiento de una nueva capital fuera de Buenos Aires, a la misma manera de Estados Unidos con la fundación de Washington D. C.

El paralelismo con la revolución norteamericana se refuerza a la izquierda del monumento a Artigas, donde un relieve en piedra con una figura femenina lleva inscripto el concepto “Federación”. Este sistema, entendido como una unión de provincias que conservan su autonomía bajo un gobierno nacional, fue la base de su visión política. Mientras en Buenos Aires y el Congreso de Tucumán los dirigentes buscaban la mejor manera de acomodarse a los sistemas monárquicos que dominaban el mundo, Artigas fue el más firme defensor de una idea que por entonces solo tenía como ejemplo funcional a los Estados Unidos.

Por eso, una proclama emitida por el cabildo de Córdoba en 1815, que Alfredo Castellanos recuerda en su biografía del caudillo rioplatense, lo destaca como “nuevo Washington, que hoy renueva la dulce memoria de aquel inmortal americano del Norte”.

Cuando el director general de las Provincias Unidas, Juan Martín de Pueyrredon, lo informó de la independencia proclamada el 9 de julio de 1816 en Tucumán, Artigas le achacó su demora: “Ha más de un año que la Banda Oriental enarboló su estandarte tricolor y juró su independencia absoluta y respectiva”.

Ilustración: Juan Manuel Blanes.

El primer paso para que la Argentina no fuera una monarquía fue la derrota de las tropas unitarias contra los federales en la primera batalla de Cepeda, el 1 de febrero de 1820. Al mismo tiempo, Artigas caía derrotado en Tacuarembó por los portugueses, que ocuparían la Banda Oriental hasta la guerra de 1825. Cuando quiso reorganizar su movimiento en el territorio nacional, se encontró con que sus dos más importantes caudillos argentinos, Estanislao López y Francisco Ramírez, habían acordado con Buenos Aires la continuidad del statu quo bajo un nuevo nombre y su remoción como líder, lo que lo condujo al exilio en Paraguay, donde murió en 1850.

Pero la crisis con Buenos Aires no estaba superada. Cincuenta años duraría la guerra civil en la Argentina que finalmente daría la victoria al federalismo, aunque solo en el nombre, y ya sin la Banda Oriental como parte de su territorio. En la práctica, el poder y rol de Buenos Aires todavía emula el de las propuestas centralistas.

Las fuentes clásicas de la historiografía liberal argentina –Bartolomé Mitre, Domingo Sarmiento y Vicente Fidel López– señalan que Artigas era poco más que una fuerza de la naturaleza, vital pero anárquica, que buscaba instigar el caos en el vacío generado por la revolución.

El historiador argentino Rubén Bourlat, miembro del Instituto Artigas de Entre Ríos –provincia en cuya bandera pervive la de Artigas–, antepone a esta versión la obra legislativa que Bustillo estampó en el monumento de Recoleta: “Las instrucciones del año 13, si uno las lee, son un proyecto alternativo, con muchas exigencias, pero que eran razonables y perfectamente aplicables”.

Confrontada con esta realidad, el relato porteño adquiere para el historiador entrerriano los contornos de una máscara que buscó ocultar prejuicios sociales e intereses económicos: “Más allá de la cuestión cultural, porque había una fuerte discriminación hacia lo que eran las provincias y los caudillos, también estaban en disputa cuestiones económicas concretas, como eran las rentas de la aduana. A lo largo de todo el siglo XIX, la gran discusión fue quién manejaba y se quedaba con las rentas aduaneras y quién pagaba por las producciones que se veían afectadas por la liberación del comercio exterior”.

Esta disputa determinará a su vez la separación de la Provincia Oriental del futuro territorio argentino, una operación realizada tras la Guerra del Brasil (1825-1828) en la que Enrique Méndez Vives cifra la mano de Inglaterra, el gran hegemón de la época: “Durante mucho tiempo Uruguay funcionó como un Estado tapón entre la Argentina y Brasil. Efectivamente, a Inglaterra esto le interesaba por la libertad comercial de los ríos. Tratándose de un único país, el Río Uruguay y sus afluentes eran ríos interiores. En cambio, al ser países distintos, uno en cada orilla, el paso se convirtió en internacional”.

Artigas será una de las primeras víctimas de una lucha que enfrentará a Buenos Aires con el resto del país por décadas. Solo la incorporación final de la provincia a la federación argentina en 1853 reivindicará la lucha artiguista, tres años después de la muerte de su impulsor.

Pero para entonces ya se había instalado el relato oficial sobre su figura, un balance injusto que en buena medida perdura hasta hoy. A lo largo de los años, distintos historiadores y pensadores como Emilio Ravignani, Jorge Abelardo Ramos y Oscar Bruschera buscaron rescatar su figura de la infamia. Antes que todos ellos, lo hizo el jurista federal Juan Bautista Alberdi, en sus escritos publicados póstumamente: “Se sabe que hay dos Artigas, el de la leyenda, creado por el odio, y el de la verdad histórica. Este último es un héroe”.

Escrito por
Franco Reposo
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