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Pino Solanas y una despedida a su altura

Tres en la deriva del acto creativo, la película póstuma del creador de La hora de los hornos y Sur, retrata su encuentro con el dramaturgo Tato Pavlovsky y el artista plástico Luis Felipe Noé en el que debaten el sentido del arte, la creación, la política y la vida.

En Políticas de amistad, el filósofo Jacques Derrida plantea que toda amistad que se precie de tal se funda sobre un pacto: “De dos amigos, uno de los dos morirá antes y el otro deberá recordarlo. Esa es la verdad presente desde el primer saludo, es algo que los amigos saben desde el momento en que se conocen”.  

Esa también podría ser la premisa de Tres en la deriva del acto creativo, la película póstuma de Fernando “Pino” Solanas seleccionada oficialmente para inaugurar el 36° Festival Internacional de Cine de Mar del Plata. Salvo que, en lugar de dos, se trata de tres amigos unidos no solo por ser de la misma generación y portar sendos apodos, sino por el compromiso político con la Argentina y su expresión en el lenguaje artístico que recurrentemente les valieron exilios forzosos para salvar el pellejo de dictaduras luciferinas.  

El punto de partida de Tres en la deriva del acto creativo es un encuentro entre el dramaturgo Eduardo “Tato” Pavlovsky, el artista plástico Luis Felipe “Yuyo” Noé y el cineasta “Pino” Solanas convocados por el último para dialogar acerca de los procesos creativos. En principio, la reunión es azarosa, pero la voz en off de Pino revela que, al momento de la reunión, Pavlovsky se hallaba gravemente enfermo.  Se trata de tres personajes nacidos en la década del treinta y al filo de los ochenta años en el momento de la producción. Quizás la película fuera concebida en principio como un homenaje al legado de “Tato”, pero a sabiendas de que a cualquiera podía tocar el incómodo papel del sobreviviente y la responsabilidad de cargar con el recuerdo del amigo muerto.      

En todo caso, el encuentro histórico entre estos próceres insoslayables de la cultura argentina, lejos de ser una película nostálgica, culmina en una obra que hace honor a sus protagonistas y sus épicas culturales: una verdadera celebración de la vida que se erige frente a la muerte. O como señala Pino, la de una generación de creadores que tuvo hasta el final la convicción de que “los proyectos son el remedio más efectivo y apasionante para no jubilarnos de la vida”.  

Reflexiones y vino

Como en el banquete platónico, cada uno con un vaso de vino, generalmente risueños e invariablemente entusiasmados, los artistas reflexionan sobre el arte, la política, la vida y el amor que, para ellos, bien pueden ser expresiones de la misma cosa.  

Entre tantos puntos en común coinciden en asumir la “poética del riesgo” como género y el caos como el principio de la obra artística. Noé lo explicita en las siguientes palabras: “Caos no es desorden. Caos es la vida misma. Creo que caos no tiene opuesto y si tiene opuesto es la muerte”. Palabras a las que Solanas agrega: “en todo el quilombo que es la vida, el arte capta un instante”.  

Pavlovsky, Noé y Solanas tuvieron existencias cifradas por las mismas preocupaciones, que fueron las de su época: la de la rebelión contra los autoritarismos y la posibilidad del peronismo como último reducto de la redención ante las injusticias sociales.  Por eso Noé llega a afirmar que “el pintor que más me influyó fue Perón… Sentí que con la eclosión del 17 de octubre algo se quebraba. Me maravillaba el espectáculo de las manifestaciones peronistas”. A su vez, Solanas dejó evidencia de su militancia en sus antológicos documentales de Perón en Puerta de Hierro que circulaban de manera clandestina entre los partidarios y en las obras que se cuentan entre las más representativas del cine político argentino: La hora de los hornos (1968) y Los hijos de Fierro (1972). Por su parte, Pavlovsky abrazó la causa socialista.  

En algunos tramos del filme, la comunidad se amplía con Nora Murphy (fallecida en 2012), Susy Evans y Ángela Correa, compañeras de vida de “Yuyo”, “Tato” y “Pino”, respectivamente, y con tres de los hijos de los artistas: Juan Solanas, Gaspar Noé y Martin Pavlovsky, también artistas y amigos, unidos indisolublemente por el lazo de hierro de ser “hijos del exilio”. Tal como expresa Gaspar: “El exilio es una marca de fuego, que te cambia la vida de un día para el otro de manera brutal”.  

Vidas de creadores  

A la postre, la película resulta excusa para evocar grandiosos momentos poéticos del mentado trío que, desde la década del sesenta, consumó el arte paradigmático de la vanguardia y la resistencia primero contra Onganía y sus secuaces, luego contra el terrorismo de Estado de los setenta y ochenta, más tarde contra los neoliberalismos y siempre a favor de los condenados de la tierra, los torturados, los pobres y los explotados. Así, entre las pinturas abstractas de Noé plenas de barroquismo sudamericano, se suceden fragmentos de esas obras de Pavlovsky como Potestad (1985) o Rojos globos rojos (1994) y se referencian otras como El señor Galíndez (1973) y Telarañas (1976), que inauguraron el psicodrama y, según Solanas, “captaron como nadie la naturaleza de los torturadores y los fascismos de las familias burguesas”.  

Por estar demasiado viva en la memoria colectiva la tristeza por su pérdida, la película encuentra las cúspides de la emocionalidad en el hecho de volver a ver Pino en la pantalla grande haciendo una verdadera retrospectiva de su obra con algunas reflexiones quizás destinadas a perdurar en una personalísima teoría del arte: “El cine consiste en sintetizar la realidad dentro de un rectángulo y poder moverla dentro del rectángulo, o mover el rectángulo, que es la cámara que se mueve”. O hablando sobre sus creaciones: “Sur son muchas películas. Es una película sobre el amor, pero también sobre la búsqueda del tiempo perdido que es el regreso.  El regreso siempre es una gran frustración porque nadie encuentra lo que dejó, porque todo ha cambiado y el propio protagonista ha cambiado”.  

A la vez que desgrana anécdotas personales, se suceden los detrás de escena y esas imágenes consumadas plenas de realismo poético de El exilio de Gardel (1985), Sur (1988) y El viaje (1992), pero también las más crudas de Los hijos de Fierro, que sirve de excusa a Pino para evocar la figura de Julio Troxler, sobreviviente de los fusilamientos de 1956, víctima de la Triple A y que frecuentemente se interpreta a sí mismo en el cine político de la época.    

Es solo hacia el final, cuando la película inédita de Solanas se torna melancólica frente a las imágenes de un Pavlovsky desahuciado. Sin embargo, frente a la desgarradora pregunta de Pino “¿Qué te pasa por la cabeza, Tato?”, el dramaturgo responde con un enérgico: “Vivir”. La película registra que la muerte lo halló concibiendo una obra que hacía dialogar a Stalin con Trotsky.  

“A pesar de su ausencia, Tato sigue presente en nuestra charla. recordábamos con Yuyo”, afirma Pino. Sin querer Pino cumplió con creces con la máxima derridiana de cargar con la responsabilidad de llevar el recuerdo del amigo y aún más. No solo llevó en sus espaldas el mundo singular y único de su amigo muerto, sino que también nos dejó el último legado de su propio mundo singular y único.  

Tres en la deriva del acto creativo

Estreno oficial: viernes 19 de noviembre en el Festival Internacional de Cine de Mar del Plata. Se podrá ver gratis en el sitio del festival. A su vez, habrá tres proyecciones en el CCK: los sábados 20 y 27 de noviembre y el 4 de diciembre, a partir de las 16. El estreno comercial en salas está programado para el 9 de diciembre.  

Escrito por
Adrián Melo
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